LA VIDA BOHEMIA
Esta tarde estuve en la playa. Postiguet, corazón
estival de Alicante, rondando las seis sobre las dunas del reloj y sin reloj de
ninguna clase. El cielo era rosa pálido con leves matices azules, grises y
amarillentos. Era precioso. Soplaba un viento templado del este que
arremolinaba las olas a unos cincuenta metros de la costa. Visto desde lejos,
de la blanca espuma surgía una cortina horizontal que impregnaba todo cuanto
quedaba a su paso. Las numerosas gaviotas argénteas formaban bandadas
sobrevolando el Castillo de Santa Bárbara, en las alturas, oteando el inmenso y
profundo horizonte azul de nuestro hermoso mar. Su vuelo curvo y audaz sobre
las cornisas de roca las asemejaba a pequeños dragones venidos de otros mundos,
asaltando la fortificación de un malvado brujo de la Edad Media. Débiles
sonidos de las alturas se filtraban hasta mis oídos, llevándome lejos de aquel
lugar, a alguna remota y perdida costa del sur de Argentina… o algún lugar
similar, sin gente, sin ruidos, sin tiempo para perder o ser malgastado en
prisas.
Al principio entré con
paso firme sobre la arena, con mi mochila sobre el hombro derecho, chaqueta de
cuero desgastada y mi pelo despeinado por la dulce brisa. Al llegar
al borde del agua clara y espumosa, un impulso incontrolable me hizo quitarme
los fardos y arrojarlos sobre la arena gris. Me arrodillé y, sin pensarlo,
deslicé las cordoneras de las zapatillas, liberando mis cansados pies, y me dispuse
a recorrer aquella línea móvil y sinuosa que formaban las olas al romper
suavemente en aquella granulosa textura que invitaba a pisarla. Empecé sin
prisas a andar por aquella línea, esa línea cambiante, líquida y fría. La
sensación de pisar descalzo sobre la arena mojada es indescriptible para
alguien que no lo ha experimentado en pleno invierno. Es algo casi mágico. Los
movimientos del agua te traen recuerdos, sueños. Las hojas de las palmeras
ladeadas ligeramente por la brisa se balanceaban con parsimoniosa lentitud.
Una mezcla
de sensaciones increíble sacudía mi cuerpo: mis manos estaban frías,
entrelazados mis dedos entre los cordones de las zapatillas y mi diestra presa
bajo las cinchas de la mochila; los pies casi insensibles por el agua cortante
y clara, mucho más limpia que cuando el calor aprieta, totalmente transparente,
dejando ver las microscópicas partículas que formaban la arena. Hice un alto y
liberé mi mano para tocar esas aguas seductoras. Fría, encantadora, hermosa
como el alma de una mujer audaz. Desde pequeño la mar me tiene conquistado, me
encanta, mi amante cuando me abandono en sus profundidades durante el día, el
guardián de mis temores en la noche cerrada. Es el único elemento que me
inspira admiración y respeto, el mar es nuestro hogar arcano, en nuestros
sueños, él es quien nos guía hacia nuestros mundos secretos, quien nos inspira
nuestros versos susurrados en noches cálidas, quien nos confunde en el letargo
de las hojas caídas sobre su cara cuando sopla el viento. El mar es todo un
sueño.
Anduve por
aquella orilla por más de una hora, desaprovechando cada segundo al máximo,
saboreando cada minuto mal perdido en aquel no pensar profundo. Me dediqué a
pisar sin fuerza, a mantener un pulso débil ya vencido desde casa a aquel
paisaje. Fui con ganas de abandonarme, y así lo hice. Fui con intención de
liberarme, de dejarme fluir, de respirar el universo líquido de aquella tarde,
y así lo hice. Los barcos estaban dentro de las bocanas del puerto, dos veleros
lejanos, blancas velas diminutas en la lejanía. Al fondo, varado al frente de
la playa, un viejo carguero con años de travesía a su espalda contemplaba
privilegiado la cara del imponente castillo, invulnerable desde su posición
altiva y su cuerpo de roca madre. La nube de pequeños dragones de plata comenzó
a dirigirse mar adentro en pequeños grupos atrevidos, remontando las térmicas
de la montaña fortaleza antes de partir. Me detuve unos minutos para contemplar
el paisaje. El viento cálido se arremolinaba en mi pecho, entrando por los
resquicios de la chaqueta, recorriendo mi cara y mi cuello, pasando por debajo
del pelo en la nuca y acariciándome como ninguna mujer ni sueño han sabido
hacerlo hasta ahora. Qué tremenda infelicidad acaba atormentando a un alma
perfecta encerrada en los placeres de la materia terrenal. Quién fuera piedra…
o mar.
Cuando
llegué al espigón rocoso me encontré con un viejo pescador lanzando su caña a
las ya oscuras aguas. Hacía rato que la luz de las férreas farolas alumbraba el
paseo de peatones. Las siete es la hora en la que los deportistas invaden las
calles, los lugares donde merece la pena correr, pedalear o simplemente
ejercitar el espíritu con algo de lectura u observación de la vida que nos
rodea. No paré mi atención por mucho tiempo en este hecho y giré sobre mis
talones. La parte baja de los vaqueros azules se había vuelto anaranjada, de un
naranja húmedo y frío, un naranja pesado por el agua contenida. Ese roce con
los tobillos de la arena impregnada de cristal fundido me produjo escalofríos.
Ese tipo de pequeñas cosas son las reales grandes cosas que deberían mover el
mundo. Con aquella placentera sensación me alejé unos metros de la costa, hacia
arena seca, bajo la aún distante luz de la ciudad. Me dispuse a rehacer el
camino de vuelta desde otra perspectiva, tranquilo, igual de pausado que había
llegado hasta allí. Los pies se me hundían en aquella superficie sinuosa.
Sorprendentemente el sílice diminuto estaba algo caliente, su tacto
sobre las plantas de los pies era reconfortante, daban ganas de sentarse y
hundir enteramente las piernas cansadas o, por otra parte, seguir caminando
sobre aquel blanco edredón hasta perder de vista todo indicio de la
civilización. Opté por un término medio y me dirigí al punto de partida,
esperando poder coger el autobús que me dejase cerca de casa. En ese camino
encontré a varias chicas sentadas en la arena, apoyado su cuerpo sobre el
tronco de alguna vieja palmera, hojeando libros de mano que se antojaban
idílicos en aquellas circunstancias. De haber tenido un libro en mi mano creo
que a estas horas aún estaría allí sentado, acompañado de mi fiel soledad y mis
gafas, esperando sin saber qué esperar. Esa tarde confirmé una hipótesis que me
rondaba la cabeza: no me hace falta nada para ser feliz, ya lo soy. La soledad puede
ser una pesada carga, si tú lo quieres así, o puede ser tu compañera de viajes
temporal, la que te abre los ojos y te muestra las pequeñas cosas que todos se
pierden y que a cada segundo pasan por su alrededor como las olas del mar
alrededor de las rocas. Creo que desde pequeño he estado solo, y nunca más solo
que cuando he estado acompañado, pues, en mi anhelo por encontrar paz y hombro,
nunca he encontrado hombro que me diese paz verdadera. Nunca hallé paz en donde
puse mis ojos, ni calor verdadero donde posé mi mano. En cambio, el viento del
este me dio calor en los labios, en la nuca, en mi hundido pecho cansado. El
agua del mar refrescó mis manos y la suave arena me impulsó a seguir caminando.
Juntos me devolvieron las ganas de escribir, de leer, de dibujar y pintar. En
una sola tarde de dos horas al viento me trajeron de nuevo mi vida bohemia. La
tranquilidad espiritual no está en quienes nos rodean, porque muy pocos saben
hallar esa tranquilidad en lo que nos alimenta, en el mismo origen de las estrellas
y la vida.
…
Al final de
mis pasos me derrumbé en el suelo acogedor y cerré los ojos: si alguna vez
abriese un pub o un café, sería… sería… no sé… sería algo para no
olvidar, o algo para olvidar para que la próxima vez pudiese ser distinto. A la
entrada colgaría un cartel en madera basta de roble, sujeto por dos gruesas
cadenas de acero oscuro, gravado al fuego con letra negra y trazo gótico
punteado: El Árbol de la Vida. La entrada serían columnas de madera y
ramas también oscuras retorcidas por el crecimiento de los siglos,
con hojas verdes simulando la espesura al adentrarse en un profundo bosque
centenario sobre las cabezas de los valientes que entrasen. Nada más cruzar el
umbral se toparían con una estructura cupular, con una sola columna en el
centro de la sala y una escalera de caracol alrededor suya que condujese a la
segunda planta. Dicha columna tendría la forma de un inmenso tronco de árbol y
tras ella una pulcra barra con un cartel que indicase cosas como “toda clase de
infusiones y tés”, “tableros de ajedrez y barajas de cartas en la barra” y
cosas así de sencillas para que la gente se sintiese cómoda. Un ligero aroma a
incienso o a esencia de sándalo y rosa inundaría la estancia. La luz sería
tenue, un punto de luz verde y azul por cada mesa, que saliese de algún lugar
de la pared, engastadas las mesas, sillas y sofás en dichas paredes a modo de
cuevas de duendes. Y por todas esas paredes estanterías de madera como las de
una cabaña, con montones de libros ajados por una sincera lectura. Los
parroquianos podrían disfrutar del relajante sonido de una fuentecilla con
plantas de verdad y un agua clara que deslizase desde alguna
pared semiescondida en la estancia. A la luz distinta de un rincón
especial se encontraría un pequeño y acogedor escenario rodeado de sofás. Las
noches en las que no sonase la melodía de algún compacto
de new age o pop suave, invitaríamos a cuartetos de jazz,
violinistas, literatos y poetisas noveles o cuentacuentos noctámbulos
que amenizaran las largas veladas al calor de un buen café o un vodka negro con
naranja. Y en una zona más apartada, en la “azotea”, un grupo de alfombras
rojas y marrones con cómodos y mullidos cojines invitarían a los habituales a
sentarse como niños y relajarse contemplando el azul del mar por la terraza,
escuchando el sonido de las gaviotas al pasar en su descansado viaje a las
inmensidades celestes. Durante el día la luz sería natural, la justa que se
filtrase por los grandes ventanales, la misma que daría alimento a las múltiples
plantas con flores que se colocarían por los rincones y paredes, bajo las
fotografías enmarcadas de paisajes distantes y maravillosos como
la Patagonia o los bosques de Canadá; y en la negrura de la noche se
escucharía el remor de las cálidas aguas del Mediterráneo meciendo la
mente de los que escuchasen. Desde la barandilla se podría asomar y ver las
aguas arremolinarse sobre los vientos del sur, invitando a los melancólicos y
soñadores a dar un paseo hasta las orillas y dejar vagar su mente por mundos lejanos…
si alguna vez tuviese un café intentaría destruir el negocio para levantar el
sueño. Si alguna vez todos se planteasen cosas como ésta, el mundo se parecería
más a los sueños por los que nos obcecamos y tanto sufrimos al no alcanzar.
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