EL DÍA QUE SOÑÉ CON ÉL
Hace algún tiempo soñé con él. Estábamos los dos solos, en
una playa desierta y paradisíaca. Como en mis mejores paseos, aquel día,
aquella mañana recién nacida, soplaba una suave y cálida brisa procedente, esta
vez sí distinta a las otras, del norte. Aquello me inquietaba, no estaba en mi
tierra, no me encontraba al abrigo de mi mar protector, mi Mare Nostrum.
Estaba a mucha distancia de mi hogar de niño. Y curiosamente estaba tranquilo,
con él, en un ambiente que parecía mi hogar desde mucho tiempo, en esa extraña
armonía con la naturaleza que raramente se consigue. Y con él conmigo. Miré
hacia abajo y descubrí mis pies descalzos bañados por una cristalina ola que no
tardó en retirarse. El agua estaba fría, más fría de lo que recordaba en un mar
cerrado. Era el océano, cuál lo ignoro, pero era un mar abierto, enorme, y al
mismo tiempo acogedor y protector como sólo las grandes aguas saben serlo. Me
sentí totalmente a gusto allí. Una sensación de placidez reconfortante invadió
todo mi cuerpo.
El sol cálido y tenue, de un
color anaranjado y rosáceo asomaba tímidamente sobre las nubes por encima del
horizonte, no sobre el mar, sino sobre una línea de verdes árboles que quedaba
a mi izquierda, a lo lejos, más allá de las dunas de blanquecina arena. Allí
todo era distinto, al menos de todo cuanto yo había visto y experimentado.
Aquellos lejanos árboles parecían palmeras extrañas, de un verde muy vivo,
agitadas sus grandes hojas por el moderado viento. Había otros grandes árboles,
de maderas suaves, perfiladas en bordes lisos y redondeados, también de
verdísimas hojas brillantes, muy brillantes, como salpicadas por el rocío de la
mañana. Y mientras contemplaba aquel espectáculo las nubes se levantaban por
encima de la línea de árboles, con el sol a su espalda, algo más anaranjado.
Formaban borreguillos blancos y cambiantes. Se movían sin prisas por el cielo
azul, mucho más azul de lo que estaba acostumbrado a ver. Parecía un mar
flotante y las nubes sus olas de espuma.
Por un dulce momento me dejé
cautivar por aquel paisaje de ensueño. Me dejé llevar por el vaivén de las olas
cristalinas sobre los cantos rodados de un gris antracita, sobre las
blancas arenas de restos de miles de conchas y corales. Yo tenía el pelo corto,
el viento me rozaba levemente la cabeza y el cuello. Un suave aroma a mar
llegaba a mis cansados pulmones para revitalizarlos en cada bocanada de aire
que tomaba. De fondo se escuchaban pájaros exóticos, entre las ramas de
aquellos extraños árboles. Durante todo ese tiempo no me di cuenta de que no
estaba solo en aquella playa, había alguien más conmigo, alguien muy especial.
De pronto posó su pequeña mano
sobre mi cabeza, suavemente, dándome unos ligeros golpecitos de advertencia.
Giré el cuello hacia atrás y le miré a los ojos. Allí, sentado sobre mis
hombros, con las piernecitas colgando sobre mi pecho y rodeándome el
cuello, aquel niño me miraba con una inusitada dulzura en la vista. Tenía unos
ojos verdeazulados, como las aguas del mar. Su cabello era negro como la
noche, suavemente ondulado hasta la altura de los hombros. Se parecía mucho a
las fotografías que recordaba de mí mismo cuando era pequeño. A simple vista le
calculé unos seis años, muy delgado, de piel tersa y blanquecina, lo que le
hacía contrastar contra la mía, más broncínea en aquel momento. Descendió sus
manitas hacia mi cara y me palpó como a un peluche. Intuí por el roce que
producían las manos al moverse y por su sincera sonrisa que aquello era un
ruego de que me afeitase en breve. Debía tener una barba de varios días, de
esas que producen un ligero cosquilleo al rozar. Sin embargo era más tupida de
lo normal. Me llevé mi mano derecha a la cara para tocarla yo también. Algo
había cambiado, la barba era más espesa, y mi mano… mis manos estaban más
nudosas que antes, más musculosas, como si hubiese crecido. Me miré a mí mismo
y me vi cambiado, diferente, más adulto, más musculoso. Debían haber pasado
unos diez años desde la última vez que me fijé en mi cuerpo, así que en aquel
momento debía rondar los 30, año arriba año abajo. Curiosamente en mi antebrazo
derecho aparecía un tatuaje negro que simulaba unas rayas crípticas, como los
dibujos de un animal de la espesa jungla, enmarcando unos signos arcanos cuyo
significado desconocía. Un ligero movimiento de mi joven acompañante me hizo
intuir que buscaba una mano amiga. Rápidamente la extendí hacia arriba sin
mirar y se tropezó con la suya, mucho más pequeña. En un abrir y cerrar de ojos
ambas se entrelazaron fuertemente, como si formasen una cadena indisoluble, y
supe que esa era la señal para seguir caminando.
Retomé la marcha justo en la
línea de mar donde rompen las olas sobre la arena, playa arriba, en dirección
al sol naciente. Aquel niño me daba fuerzas, no sé muy bien cómo explicarlo
pero me llenaba de vida, una sensación extraña que jamás antes había
experimentado. Al ver esos ojos de color aguamarina lo primero que me vino a la
cabeza fue que la madre de aquella criatura debía ser sin duda una diosa de las
profundidades del océano. Me fascinaron esos ojos mágicos. No pronuncié palabra
alguna, haciéndome cómplice de su divertido silencio a juzgar por sus sonrisas.
En su compañía me sentía poderoso, como ya he dicho, la sensación era
indescriptible. La sensación de estar junto a su presencia era como estar al
lado de un dios antiguo, de una mente arcana y mística, parecía, a pesar de su
juventud, una criatura misteriosa cuyo plano de consciencia estaba
muy por encima del mío. Esa sensación me sobrecogió y me puso el corazón en un
puño. Estar con alguien tan importante, tan poderoso, y a la vez tan frágil… Un
gran instinto de protección se apoderó de mi alma y apreté con firmeza su mano,
asegurándome de que no cayese al suelo bajo ningún concepto. En aquel momento
ni el mismo diablo me lo hubiese podido arrebatar de las manos. Con su otra
mano tocó mi hombro y se inclinó sobre mi cabeza, riendo y enseñando aquellos
blancos dientes de niño. Su pelo largo colgaba boca abajo a modo de cortina
frente a mis ojos. Sonreí. Me miró fijamente a los ojos con la confianza que
sólo tiene un hijo con sus padres y, sin hablar ni gesticular un ápice, sin un
solo susurro, entre miradas aquello me resultó meridianamente claro: “papá, no
pasa nada, no te preocupes”. Tras aquella mirada mi espíritu se quedó en
blanco, suspendido en el limbo de mis pensamientos. Las pupilas se me dilataron
y abrí los ojos en la vida real, sobresaltado, con el corazón encogido y todos
los músculos tensos.
Me incorporé en mi cama en medio
de aquella oscuridad propia de la noche. Miré el reloj: las 4:07. Despacio, me
tumbé de nuevo entre las sábanas y mantas para dejar de sentir aquel frío
intenso de una noche de invierno. Ya al amparo de mi cálido refugio volví a
cerrar los ojos, incapaz de pensar nada coherente… di unos pasos sobre la arena
húmeda. Me detuve de nuevo y miré a mi alrededor.
El sol seguía su lento trazo por
la cúpula celeste, entre nubes y suaves vientos cálidos. Y allí estaba él, sobre
mis hombros, abrazándome y yo sosteniéndolo con celo en vilo sobre mi cabeza.
Ambos seguimos andando por la playa al abrigo de las palmeras, entre islotes de
roca que quedaban dentro de las aguas a nuestra derecha. Su risa sonaba clara
en el aire, era preciosa. En ese momento supe distinguir el sentimiento que
crecía en mí. Era amor, pero un amor perfecto, no el amor que siente un hombre
por una mujer, sino el que nace de la necesidad de proteger algo querido más
que a tu propia alma, algo nacido de tu mismo ser, alguien que ha venido al
mundo porque tú has puesto toda la ilusión y todas tus fuerzas en ello. Aquel
instante fui la persona más poderosa de la Tierra, me sentí como un gigante
caminando entre altas montañas, custodiando el futuro del universo como el
titán Atlas sostenía el mundo sobre sus hombros. Sentí que debía proteger a
aquel niño a toda costa, aun por encima de mi vida, aun por encima de todo
cuanto conocía, de mis ideales, de cualquier cosa. Sentí que aquel ser era
mucho más importante que todo cuanto conocía, era importante para el futuro,
era mi propio hijo. Y lo mejor es que me sentí capaz de aquella empresa sin
dudarlo, sin ningún miedo, sin angustia ni dolor. Por primera vez en mi vida
pude experimentar un sentimiento que realmente merecía la pena, un sentimiento
que fluía dentro de mi propia sangre y era incapaz de ser apagado por nada ni
nadie, algo que me llenaba más allá de todo lo que necesitaba. Aquel recuerdo
me acompañaría siempre a partir de entonces, siempre conmigo dondequiera que
fuera, incapaz de ser destruido, incapaz de no ser recordado y amado, de no ser
esperado con anhelo e impaciencia. Fue la primera vez que me sentí grande por
algo que no llegaba a comprender, por poseer una magia que no emanaba de la mía
ni de los elementos que me rodeaban, aquel niño parecía darme la fuerza de las
estrellas.
El día que conocí a mi hijo fui
realmente feliz. Esa felicidad que conseguí por unos breves segundos era
perfecta, infinita. Esa sensación nunca pensé que existiera. ¿Nunca habéis
soñado con algo que pasará? Y ese algo, ¿se ha cumplido con el tiempo?
Curiosamente creo que hay cosas que no son sueños, más bien parecen visitas de
nuestro yo del futuro a nosotros mismos. Como si un ataque de nostalgia nos
hiciera volver atrás para enseñarnos cosas que necesitamos ver para seguir
nuestro camino. Durante los años que recuerdo desde que tengo consciencia he
luchado por muchos ideales que he considerado buenos, cosas que he intentado e
intento que perduren, cosas que intento hacer llegar más allá de mí mismo.
Algunas, muchas, se han derrumbado en el camino, otras parece que consiguen
sobrevivir. Por una noche, por unos breves minutos de paz, descubrí ese motivo
que me hará luchar por encima de todos los demás, el motivo último de mi
existencia.
Dado que ni yo mismo soy capaz
de comprender la magnitud de ese sueño y de la sensación que lo acompaña, no
voy a pretender que vosotros lo entendáis, al menos no todo. Simplemente quería
compartir con vosotros el momento más especial y agradable de mi vida. Ojalá
todos pudiésemos tener al menos un minuto como este que os describo a lo largo
de nuestras vidas. Luchad siempre por un mundo mejor. Luchad por otros más
importantes que vosotros, os aseguro que merece la pena no rendirse jamás.
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