Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


16.-El Día que Soñé con Él


EL DÍA QUE SOÑÉ CON ÉL



Hace algún tiempo soñé con él. Estábamos los dos solos, en una playa desierta y paradisíaca. Como en mis mejores paseos, aquel día, aquella mañana recién nacida, soplaba una suave y cálida brisa procedente, esta vez sí distinta a las otras, del norte. Aquello me inquietaba, no estaba en mi tierra, no me encontraba al abrigo de mi mar protector, mi Mare Nostrum. Estaba a mucha distancia de mi hogar de niño. Y curiosamente estaba tranquilo, con él, en un ambiente que parecía mi hogar desde mucho tiempo, en esa extraña armonía con la naturaleza que raramente se consigue. Y con él conmigo. Miré hacia abajo y descubrí mis pies descalzos bañados por una cristalina ola que no tardó en retirarse. El agua estaba fría, más fría de lo que recordaba en un mar cerrado. Era el océano, cuál lo ignoro, pero era un mar abierto, enorme, y al mismo tiempo acogedor y protector como sólo las grandes aguas saben serlo. Me sentí totalmente a gusto allí. Una sensación de placidez reconfortante invadió todo mi cuerpo.
       
El sol cálido y tenue, de un color anaranjado y rosáceo asomaba tímidamente sobre las nubes por encima del horizonte, no sobre el mar, sino sobre una línea de verdes árboles que quedaba a mi izquierda, a lo lejos, más allá de las dunas de blanquecina arena. Allí todo era distinto, al menos de todo cuanto yo había visto y experimentado. Aquellos lejanos árboles parecían palmeras extrañas, de un verde muy vivo, agitadas sus grandes hojas por el moderado viento. Había otros grandes árboles, de maderas suaves, perfiladas en bordes lisos y redondeados, también de verdísimas hojas brillantes, muy brillantes, como salpicadas por el rocío de la mañana. Y mientras contemplaba aquel espectáculo las nubes se levantaban por encima de la línea de árboles, con el sol a su espalda, algo más anaranjado. Formaban borreguillos blancos y cambiantes. Se movían sin prisas por el cielo azul, mucho más azul de lo que estaba acostumbrado a ver. Parecía un mar flotante y las nubes sus olas de espuma.
       
Por un dulce momento me dejé cautivar por aquel paisaje de ensueño. Me dejé llevar por el vaivén de las olas cristalinas sobre los cantos rodados de un gris antracita, sobre las blancas arenas de restos de miles de conchas y corales. Yo tenía el pelo corto, el viento me rozaba levemente la cabeza y el cuello. Un suave aroma a mar llegaba a mis cansados pulmones para revitalizarlos en cada bocanada de aire que tomaba. De fondo se escuchaban pájaros exóticos, entre las ramas de aquellos extraños árboles. Durante todo ese tiempo no me di cuenta de que no estaba solo en aquella playa, había alguien más conmigo, alguien muy especial.
       
De pronto posó su pequeña mano sobre mi cabeza, suavemente, dándome unos ligeros golpecitos de advertencia. Giré el cuello hacia atrás y le miré a los ojos. Allí, sentado sobre mis hombros, con las piernecitas colgando sobre mi pecho y rodeándome el cuello, aquel niño me miraba con una inusitada dulzura en la vista. Tenía unos ojos verdeazulados, como las aguas del mar. Su cabello era negro como la noche, suavemente ondulado hasta la altura de los hombros. Se parecía mucho a las fotografías que recordaba de mí mismo cuando era pequeño. A simple vista le calculé unos seis años, muy delgado, de piel tersa y blanquecina, lo que le hacía contrastar contra la mía, más broncínea en aquel momento. Descendió sus manitas hacia mi cara y me palpó como a un peluche. Intuí por el roce que producían las manos al moverse y por su sincera sonrisa que aquello era un ruego de que me afeitase en breve. Debía tener una barba de varios días, de esas que producen un ligero cosquilleo al rozar. Sin embargo era más tupida de lo normal. Me llevé mi mano derecha a la cara para tocarla yo también. Algo había cambiado, la barba era más espesa, y mi mano… mis manos estaban más nudosas que antes, más musculosas, como si hubiese crecido. Me miré a mí mismo y me vi cambiado, diferente, más adulto, más musculoso. Debían haber pasado unos diez años desde la última vez que me fijé en mi cuerpo, así que en aquel momento debía rondar los 30, año arriba año abajo. Curiosamente en mi antebrazo derecho aparecía un tatuaje negro que simulaba unas rayas crípticas, como los dibujos de un animal de la espesa jungla, enmarcando unos signos arcanos cuyo significado desconocía. Un ligero movimiento de mi joven acompañante me hizo intuir que buscaba una mano amiga. Rápidamente la extendí hacia arriba sin mirar y se tropezó con la suya, mucho más pequeña. En un abrir y cerrar de ojos ambas se entrelazaron fuertemente, como si formasen una cadena indisoluble, y supe que esa era la señal para seguir caminando.
       
Retomé la marcha justo en la línea de mar donde rompen las olas sobre la arena, playa arriba, en dirección al sol naciente. Aquel niño me daba fuerzas, no sé muy bien cómo explicarlo pero me llenaba de vida, una sensación extraña que jamás antes había experimentado. Al ver esos ojos de color aguamarina lo primero que me vino a la cabeza fue que la madre de aquella criatura debía ser sin duda una diosa de las profundidades del océano. Me fascinaron esos ojos mágicos. No pronuncié palabra alguna, haciéndome cómplice de su divertido silencio a juzgar por sus sonrisas. En su compañía me sentía poderoso, como ya he dicho, la sensación era indescriptible. La sensación de estar junto a su presencia era como estar al lado de un dios antiguo, de una mente arcana y mística, parecía, a pesar de su juventud, una criatura misteriosa cuyo plano de consciencia estaba muy por encima del mío. Esa sensación me sobrecogió y me puso el corazón en un puño. Estar con alguien tan importante, tan poderoso, y a la vez tan frágil… Un gran instinto de protección se apoderó de mi alma y apreté con firmeza su mano, asegurándome de que no cayese al suelo bajo ningún concepto. En aquel momento ni el mismo diablo me lo hubiese podido arrebatar de las manos. Con su otra mano tocó mi hombro y se inclinó sobre mi cabeza, riendo y enseñando aquellos blancos dientes de niño. Su pelo largo colgaba boca abajo a modo de cortina frente a mis ojos. Sonreí. Me miró fijamente a los ojos con la confianza que sólo tiene un hijo con sus padres y, sin hablar ni gesticular un ápice, sin un solo susurro, entre miradas aquello me resultó meridianamente claro: “papá, no pasa nada, no te preocupes”. Tras aquella mirada mi espíritu se quedó en blanco, suspendido en el limbo de mis pensamientos. Las pupilas se me dilataron y abrí los ojos en la vida real, sobresaltado, con el corazón encogido y todos los músculos tensos.

Me incorporé en mi cama en medio de aquella oscuridad propia de la noche. Miré el reloj: las 4:07. Despacio, me tumbé de nuevo entre las sábanas y mantas para dejar de sentir aquel frío intenso de una noche de invierno. Ya al amparo de mi cálido refugio volví a cerrar los ojos, incapaz de pensar nada coherente… di unos pasos sobre la arena húmeda. Me detuve de nuevo y miré a mi alrededor.
       
El sol seguía su lento trazo por la cúpula celeste, entre nubes y suaves vientos cálidos. Y allí estaba él, sobre mis hombros, abrazándome y yo sosteniéndolo con celo en vilo sobre mi cabeza. Ambos seguimos andando por la playa al abrigo de las palmeras, entre islotes de roca que quedaban dentro de las aguas a nuestra derecha. Su risa sonaba clara en el aire, era preciosa. En ese momento supe distinguir el sentimiento que crecía en mí. Era amor, pero un amor perfecto, no el amor que siente un hombre por una mujer, sino el que nace de la necesidad de proteger algo querido más que a tu propia alma, algo nacido de tu mismo ser, alguien que ha venido al mundo porque tú has puesto toda la ilusión y todas tus fuerzas en ello. Aquel instante fui la persona más poderosa de la Tierra, me sentí como un gigante caminando entre altas montañas, custodiando el futuro del universo como el titán Atlas sostenía el mundo sobre sus hombros. Sentí que debía proteger a aquel niño a toda costa, aun por encima de mi vida, aun por encima de todo cuanto conocía, de mis ideales, de cualquier cosa. Sentí que aquel ser era mucho más importante que todo cuanto conocía, era importante para el futuro, era mi propio hijo. Y lo mejor es que me sentí capaz de aquella empresa sin dudarlo, sin ningún miedo, sin angustia ni dolor. Por primera vez en mi vida pude experimentar un sentimiento que realmente merecía la pena, un sentimiento que fluía dentro de mi propia sangre y era incapaz de ser apagado por nada ni nadie, algo que me llenaba más allá de todo lo que necesitaba. Aquel recuerdo me acompañaría siempre a partir de entonces, siempre conmigo dondequiera que fuera, incapaz de ser destruido, incapaz de no ser recordado y amado, de no ser esperado con anhelo e impaciencia. Fue la primera vez que me sentí grande por algo que no llegaba a comprender, por poseer una magia que no emanaba de la mía ni de los elementos que me rodeaban, aquel niño parecía darme la fuerza de las estrellas.
       
El día que conocí a mi hijo fui realmente feliz. Esa felicidad que conseguí por unos breves segundos era perfecta, infinita. Esa sensación nunca pensé que existiera. ¿Nunca habéis soñado con algo que pasará? Y ese algo, ¿se ha cumplido con el tiempo? Curiosamente creo que hay cosas que no son sueños, más bien parecen visitas de nuestro yo del futuro a nosotros mismos. Como si un ataque de nostalgia nos hiciera volver atrás para enseñarnos cosas que necesitamos ver para seguir nuestro camino. Durante los años que recuerdo desde que tengo consciencia he luchado por muchos ideales que he considerado buenos, cosas que he intentado e intento que perduren, cosas que intento hacer llegar más allá de mí mismo. Algunas, muchas, se han derrumbado en el camino, otras parece que consiguen sobrevivir. Por una noche, por unos breves minutos de paz, descubrí ese motivo que me hará luchar por encima de todos los demás, el motivo último de mi existencia.
       
Dado que ni yo mismo soy capaz de comprender la magnitud de ese sueño y de la sensación que lo acompaña, no voy a pretender que vosotros lo entendáis, al menos no todo. Simplemente quería compartir con vosotros el momento más especial y agradable de mi vida. Ojalá todos pudiésemos tener al menos un minuto como este que os describo a lo largo de nuestras vidas. Luchad siempre por un mundo mejor. Luchad por otros más importantes que vosotros, os aseguro que merece la pena no rendirse jamás.

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