TODO EVOLUCIONA, ya lo dijo Darwin
Sí, así es,
ya lo dijo el mismísimo Darwin, allá por el año 1859, cuando, todo hay que
decirlo, yo aún no había nacido. Todo evoluciona, él se basó en estudios sobre
especies animales y yo ahora me baso en relaciones, porque estas también
evolucionan. Y aún hay gente que se empeña en decir lo contrario, si no miren
a Lysenko la que montó, pero bueno, vamos a dejar al margen estos
contratiempos históricos y nos ceñimos a la bonita historia. Al contrario que
la mayoría de animales, los seres humanos evolucionamos casi siempre por malos
caminos evolutivos. En ese aspecto los animales son más inteligentes, el más
fuerte sobrevive, transmite su herencia genética y su existencia está a salvo,
así de fácil, así de complicado. El tiempo juega un papel fundamental, la
evolución es proporcional al tiempo que pase, y dentro de ese tiempo, ocurren
cosas, que también condicionan la evolución de la especie, en este caso, de las
relaciones. Si llegamos a entender esto quizás la vida fuera más fácil, llena
de ciclos, de evoluciones, aunque un poco más fría. A veces nos gusta soñar, o
como conseguir y perseguir un sueño, o pensar que cierta chica está interesada
por nosotros, o que una relación muy bonita siempre permanecerá igual. Eso es
lo que nos gustaría, pero realmente no es así. La historia que voy a contar a
continuación es real, me pasó a mí mismo, y aunque larga, merece la pena leerla
y el esfuerzo de escribirla y describirla lo mejor posible. Llena de
sentimientos, sucesos, emociones y mucho más.
Abril,
2000. Era mi último año en el instituto, a lo mejor habría gente que ya no
vería tan a menudo, gente que se va a otras universidades, distintas carreras.
Y por supuesto, el último viaje de fin de curso. Nada más y nada menos, nuestro
destino sería Italia. Venecia, Florencia, Roma, el Coliseo, un montón de sitios
nuevos que visitar, museos, iglesias, un nuevo idioma y moneda. Emocionante.
Así que cogimos el autobús y nos pusimos a hacer kilómetros, sin mucha suerte
que digamos, porque el autobús se rompió en Mónaco. Cuando lo pudieron arreglar
el aire acondicionado no iba muy bien, la situación era un tanto incómoda,
además recuerdo que hacía calor. Me estoy acordando ahora mismo de una anécdota
de la rotura del autobús. Cuando todo esto pasó estábamos en un
parking de un centro comercial de allí de Mónaco. Isaac se había comprado una
pelotita que botaba mucho. Recuerdo que todos estábamos desesperados, como
cualquiera que se encuentre en esa situación, supongo. Había hambre y calor.
Isaac sacó su pelota y se puso a jugar, a lo que todos nos unimos, le pegábamos cada patadón a la pelota, botaba de un lado para otro en el vacío
parking, hasta que se rompió, por lo que empezamos a jugar con unas cajas de
cartón que había allí tiradas. Cuando nos quisimos dar cuenta el autobús estaba
arreglado. De no ser por la pelota el conductor habría sufrido las
consecuencias. La pelota consiguió aliviarnos e intentar “disfrutar” de
aquellos momentos. El otro día estuve hablando con Isaac de esto, y la verdad
es que lo recordamos con mucho cariño y humor. Jejejejeje.
El
viaje prosiguió (sin aire acondicionado), visitamos, la torre de Pisa, Roma,
Florencia, museos, comimos pizza, pasta, en Italia, increíble ¿verdad? Por
aquel entonces tenía un teléfono móvil que me regaló mi tío que me llevé
básicamente por la preocupación de mi madre y mi abuela. Mis padres estaban de
viaje y me comunicaba con ellos por mensajes de texto, porque no activé el
Roaming para hacer llamadas internacionales. A veces el móvil era más un incordio
que otra cosa. En museos, iglesias y demás lo tenías que tener lógicamente en
silencio.
Recuerdo
también que uno de los últimos días estuvimos hospedados en una especie de
apartahoteles. Era un sitio alejado de la ciudad y muy tranquilo, estábamos
casi solos. Casi sin darnos cuenta, hicimos una guerra de pastillas de
jabón… sí, no me he equivocado, cogíamos pastillas de jabón, o casi todo lo que
nos encontramos y nos los tirábamos desde una casa a la otra. Afortunadamente
no hubo bajas que lamentar, y nos lo pasamos muy bien. Después jugamos a las
cartas, matamos el tiempo como pudimos.
Uno
de los días parece que nos propusimos batir algún tipo de récord: visitar el
máximo número de iglesias. Una tras otra, el guía nos explicaba cosas, y cómo
no, los alumnos de letras que habían estudiado arte, nos llenaban la cabeza de
datos y técnicas arquitectónicas, de las que no me acuerdo de ninguna ahora
mismo… Cada vez que tenías que entrar en una iglesia: pon tú móvil en silencio,
que si no la que se podía montar era gorda. Ese día, como todos, no se había
podido dormir mucho, como siempre pasa en los viajes de fin de curso. Una tras
otra, iglesia tras iglesia, el cansancio se iba acumulando. En una de las iglesias
decidí ir por mi cuenta y riesgo, sin guía, yo solo. La verdad es que no tenía
ya ganas de ver otra más, pero bajé del autobús. Había antes de entrar una
especie de jardín con esculturas de ángeles muy bonitas a las que les eché
algunas fotos. Me guardé la cámara y seguí. Conforme entro veo que la iglesia
era amplísima, en el centro los bancos, su altar, y pasillos enormes, tanto que
dentro había una especie de procesión con tres monaguillos y todo. Doy unos
pasos más y… PIPIPI PIIIIPI PIPIPI PIPIPI PIIIIPI PIPIPI.
De mi bolsillo del vaquero suena este código Morse. El móvil me indicó, con
increíble estruendo, que había recibido un mensaje. Obviamente se me había
olvidado ponerlo en silencio. El eco de la iglesia, de la amplia iglesia,
aumentó si cabe el efecto de aquella catástrofe sonora. Todo el mundo que me
tenía en su campo visual me miró con cara de pocos amigos, todo hay que
decirlo, incluso los monaguillos. Siguiendo mis pasos y a pocos metros de la
entrada, me abstuve de ver el resto de iglesia y salí por donde había entrado,
de nuevo estaba en el jardín. Una vez allí y asegurándome que nadie me seguía
para matarme, saqué el endemoniado aparato del bolsillo y miré con intriga el
mensaje. Era poco probable que fuera de mis padres, porque hacía pocas horas
que había hablado con ellos, así que… el remitente era un número que
desconocía, memorizo casi todo lo que cae en mis manos, y de aquel número no
tenía constancia. El mensaje tampoco era muy aclaratorio, más o menos cito lo
que ponía:
-Me
han robado el móvil, tengo otro, dale el número a Sara-.
Lo
volví a leer, pero no saqué nada en claro, pero hice deducciones, que más tarde
me daría cuenta de que eran incorrectas. Pensé que era de una chica del viaje,
que le habían robado el móvil en Italia y que le diera este número a Sara, esto
supondría que si íbamos siempre en grupos, ella se había perdido al igual que
se habría comprado un móvil nuevo allí en Italia. Sin pensármelo mucho fui a
las dos Saras que habían venido al viaje y se lo comenté. No sabían nada,
lógicamente. Como la curiosidad mató al gato, me dispuse a llegar al fondo
de la cuestión. Mediante mensajes cortos le pregunté que quién era, si se había
equivocado y todas las pesquisas de costumbre en estos casos. Descubrí muchas
cosas tras varios mensajes: era una chica de Marbella, Lucía, que le habían
robado el móvil en una feria de su pueblo. Tenía una amiga que se llama Sara y
otra que tenía un número muy parecido al mío. Tiene la misma edad que yo y era
muy simpática. La cosa terminó ahí. No volvimos a mandar más mensajes.
Por
fin quedaba poco para terminar el viaje, nuestras camas nos esperaban, nuestras
familias, nuestras casas, de nuevo la comodidad de tu hogar. A los pocos días,
todo ya era normal, la familia sabía que estaba aquí, las maletas deshechas,
las fotos reveladas, y la rutina que suele asediar todos los días se hacía
presente. Lo que no me esperaba es que mientras estaba fregando los platos (yo
ayudo en casa, poco, pero ayudo) me sonara el teléfono que se encontraba en la
mesa de la salita de mi antigua casa. Me sequé las manos como pude y lo cogí,
de nuevo un número que desconocía.
-¿Sí? –contesté.
-¿Antonio? Soy Lucía. ¿Te acuerdas de mí?
-Claro, la chica de Marbella…
(. . . )
Efectivamente
era ella, me sorprendió mucho que me llamara, no había escuchado su voz, era
muy bonita, estuvimos un poco más de media hora, conociéndonos un poco más,
incluso nos dimos nuestras direcciones para mandarnos correos. Fue genial, me
había llamado desde Marbella, me hizo mucha ilusión.
Poco
a poco, las cartas fueron de Alicante hasta Marbella y viceversa, cada vez nos
escribíamos más por el móvil y por carta, y cuando nos apetecía hacíamos una
llamada. Era genial. Pasaron muchos meses así. Tenía una amiga en Marbella y
cuando se lo contaba a mis amigos, lo hacía con mucha ilusión, no es algo que
te pasa todos los días.
Un
buen día pasó algo que hizo que cambiara todo. Recibí una de sus cartas. En
ella me contaba algo que le pasó que no fue muy bueno. Estuvo varios meses en
el hospital y fueron esos meses los que me escribió. Yo estuve a su lado como
pude sin saberlo, porque ella no me lo dijo hasta el final y al final me puso
que yo era como su ángel de la guarda. Recuerdo el momento exacto de cuando leí
esas palabras y me acordaré como si fuera hoy, como también recuerdo que solté
dos lágrimas, una por cada ojo que leyó esa carta.
A
partir de ese día el movimiento de cartas era menor, pero seguíamos en
contacto. De todas formas sentí que algo había perdido, pero sabía que era por
algo bueno, ella ya no estaba en el hospital y ahora estaba más ocupada, por
eso no me escribía tanto.
Las cosas fueron muy bien, nos llamábamos a menudo, nos contábamos cosas, buenas y malas, y aunque no podía, sí que hubiera querido ir a verla. Hubo un intento donde ella podría venir a Alicante, pero no salió bien por varios motivos y aunque por foto la he visto, ignoro cómo es en persona. Algún día espero verla.
Las cosas fueron muy bien, nos llamábamos a menudo, nos contábamos cosas, buenas y malas, y aunque no podía, sí que hubiera querido ir a verla. Hubo un intento donde ella podría venir a Alicante, pero no salió bien por varios motivos y aunque por foto la he visto, ignoro cómo es en persona. Algún día espero verla.
Ahora
cada vez hablamos menos por teléfono, pero podemos hablar con mensajería
instantánea o mandarnos mails. Ella ha hecho su vida un poco más lejos desde
que la conocí, más kilómetros nos separan. Las cosas han cambiado mucho desde
aquel abril del 2000. De ahí el título del capítulo, como veis ha evolucionado,
ella y yo, ambos por separado, dos vidas que se cruzaron en un punto y después
han vuelto a separarse por mucho que yo lo quisiera o deseara, no lo he podido
evitar. Me hubiera gustado que viviera más cerca, poder vernos, llamarnos mucho
más, porque si os hubiera pasado a vosotros, sabríais lo increíble que es como
amiga y lo mucho que podríais perder. La distancia una vez más hace estragos.
Acabo de caer en la cuenta de que la distancia no sería un mal tema para
hablar, a fin de cuentas es en lo
que se han basado casi todas mis relaciones. Para otro capítulo quizás…
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