Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


3.-Todo Evoluciona, ya lo dijo Darwin


TODO EVOLUCIONA, ya lo dijo Darwin



        Sí, así es, ya lo dijo el mismísimo Darwin, allá por el año 1859, cuando, todo hay que decirlo, yo aún no había nacido. Todo evoluciona, él se basó en estudios sobre especies animales y yo ahora me baso en relaciones, porque estas también evolucionan. Y aún hay gente que se empeña en decir lo contrario, si no miren a Lysenko la que montó, pero bueno, vamos a dejar al margen estos contratiempos históricos y nos ceñimos a la bonita historia. Al contrario que la mayoría de animales, los seres humanos evolucionamos casi siempre por malos caminos evolutivos. En ese aspecto los animales son más inteligentes, el más fuerte sobrevive, transmite su herencia genética y su existencia está a salvo, así de fácil, así de complicado. El tiempo juega un papel fundamental, la evolución es proporcional al tiempo que pase, y dentro de ese tiempo, ocurren cosas, que también condicionan la evolución de la especie, en este caso, de las relaciones. Si llegamos a entender esto quizás la vida fuera más fácil, llena de ciclos, de evoluciones, aunque un poco más fría. A veces nos gusta soñar, o como conseguir y perseguir un sueño, o pensar que cierta chica está interesada por nosotros, o que una relación muy bonita siempre permanecerá igual. Eso es lo que nos gustaría, pero realmente no es así. La historia que voy a contar a continuación es real, me pasó a mí mismo, y aunque larga, merece la pena leerla y el esfuerzo de escribirla y describirla lo mejor posible. Llena de sentimientos, sucesos, emociones y mucho más.

        Abril, 2000. Era mi último año en el instituto, a lo mejor habría gente que ya no vería tan a menudo, gente que se va a otras universidades, distintas carreras. Y por supuesto, el último viaje de fin de curso. Nada más y nada menos, nuestro destino sería Italia. Venecia, Florencia, Roma, el Coliseo, un montón de sitios nuevos que visitar, museos, iglesias, un nuevo idioma y moneda. Emocionante. Así que cogimos el autobús y nos pusimos a hacer kilómetros, sin mucha suerte que digamos, porque el autobús se rompió en Mónaco. Cuando lo pudieron arreglar el aire acondicionado no iba muy bien, la situación era un tanto incómoda, además recuerdo que hacía calor. Me estoy acordando ahora mismo de una anécdota de la rotura del autobús.  Cuando todo esto pasó estábamos en un parking de un centro comercial de allí de Mónaco. Isaac se había comprado una pelotita que botaba mucho. Recuerdo que todos estábamos desesperados, como cualquiera que se encuentre en esa situación, supongo. Había hambre y calor. Isaac sacó su pelota y se puso a jugar, a lo que todos nos unimos, le pegábamos cada patadón a la pelota, botaba de un lado para otro en el vacío parking, hasta que se rompió, por lo que empezamos a jugar con unas cajas de cartón que había allí tiradas. Cuando nos quisimos dar cuenta el autobús estaba arreglado. De no ser por la pelota el conductor habría sufrido las consecuencias. La pelota consiguió aliviarnos e intentar “disfrutar” de aquellos momentos. El otro día estuve hablando con Isaac de esto, y la verdad es que lo recordamos con mucho cariño y humor. Jejejejeje.

         El viaje prosiguió (sin aire acondicionado), visitamos, la torre de Pisa, Roma, Florencia, museos, comimos pizza, pasta, en Italia, increíble ¿verdad? Por aquel entonces tenía un teléfono móvil que me regaló mi tío que me llevé básicamente por la preocupación de mi madre y mi abuela. Mis padres estaban de viaje y me comunicaba con ellos por mensajes de texto, porque no activé el Roaming para hacer llamadas internacionales. A veces el móvil era más un incordio que otra cosa. En museos, iglesias y demás lo tenías que tener lógicamente en silencio.

        Recuerdo también que uno de los últimos días estuvimos hospedados en una especie de apartahoteles. Era un sitio alejado de la ciudad y muy tranquilo, estábamos casi solos. Casi sin darnos cuenta, hicimos una guerra de pastillas de jabón… sí, no me he equivocado, cogíamos pastillas de jabón, o casi todo lo que nos encontramos y nos los tirábamos desde una casa a la otra. Afortunadamente no hubo bajas que lamentar, y nos lo pasamos muy bien. Después jugamos a las cartas, matamos el tiempo como pudimos.

          Uno de los días parece que nos propusimos batir algún tipo de récord: visitar el máximo número de iglesias. Una tras otra, el guía nos explicaba cosas, y cómo no, los alumnos de letras que habían estudiado arte, nos llenaban la cabeza de datos y técnicas arquitectónicas, de las que no me acuerdo de ninguna ahora mismo… Cada vez que tenías que entrar en una iglesia: pon tú móvil en silencio, que si no la que se podía montar era gorda. Ese día, como todos, no se había podido dormir mucho, como siempre pasa en los viajes de fin de curso. Una tras otra, iglesia tras iglesia, el cansancio se iba acumulando. En una de las iglesias decidí ir por mi cuenta y riesgo, sin guía, yo solo. La verdad es que no tenía ya ganas de ver otra más, pero bajé del autobús. Había antes de entrar una especie de jardín con esculturas de ángeles muy bonitas a las que les eché algunas fotos. Me guardé la cámara y seguí. Conforme entro veo que la iglesia era amplísima, en el centro los bancos, su altar, y pasillos enormes, tanto que dentro había una especie de procesión con tres monaguillos y todo. Doy unos pasos más y… PIPIPI PIIIIPI    PIPIPI   PIPIPI     PIIIIPI  PIPIPI. De mi bolsillo del vaquero suena este código Morse. El móvil me indicó, con increíble estruendo, que había recibido un mensaje. Obviamente se me había olvidado ponerlo en silencio. El eco de la iglesia, de la amplia iglesia, aumentó si cabe el efecto de aquella catástrofe sonora. Todo el mundo que me tenía en su campo visual me miró con cara de pocos amigos, todo hay que decirlo, incluso los monaguillos. Siguiendo mis pasos y a pocos metros de la entrada, me abstuve de ver el resto de iglesia y salí por donde había entrado, de nuevo estaba en el jardín. Una vez allí y asegurándome que nadie me seguía para matarme, saqué el endemoniado aparato del bolsillo y miré con intriga el mensaje. Era poco probable que fuera de mis padres, porque hacía pocas horas que había hablado con ellos, así que… el remitente era un número que desconocía, memorizo casi todo lo que cae en mis manos, y de aquel número no tenía constancia. El mensaje tampoco era muy aclaratorio, más o menos cito lo que ponía:

                             -Me han robado el móvil, tengo otro, dale el número a Sara-.

           Lo volví a leer, pero no saqué nada en claro, pero hice deducciones, que más tarde me daría cuenta de que eran incorrectas. Pensé que era de una chica del viaje, que le habían robado el móvil en Italia y que le diera este número a Sara, esto supondría que si íbamos siempre en grupos, ella se había perdido al igual que se habría comprado un móvil nuevo allí en Italia. Sin pensármelo mucho fui a las dos Saras que habían venido al viaje y se lo comenté. No sabían nada, lógicamente. Como la curiosidad mató al gato, me dispuse a llegar al fondo de la cuestión. Mediante mensajes cortos le pregunté que quién era, si se había equivocado y todas las pesquisas de costumbre en estos casos. Descubrí muchas cosas tras varios mensajes: era una chica de Marbella, Lucía, que le habían robado el móvil en una feria de su pueblo. Tenía una amiga que se llama Sara y otra que tenía un número muy parecido al mío. Tiene la misma edad que yo y era muy simpática. La cosa terminó ahí. No volvimos a mandar más mensajes.

        Por fin quedaba poco para terminar el viaje, nuestras camas nos esperaban, nuestras familias, nuestras casas, de nuevo la comodidad de tu hogar. A los pocos días, todo ya era normal, la familia sabía que estaba aquí, las maletas deshechas, las fotos reveladas, y la rutina que suele asediar todos los días se hacía presente. Lo que no me esperaba es que mientras estaba fregando los platos (yo ayudo en casa, poco, pero ayudo) me sonara el teléfono que se encontraba en la mesa de la salita de mi antigua casa. Me sequé las manos como pude y lo cogí, de nuevo un número que desconocía.

-¿Sí? –contesté.
-¿Antonio? Soy Lucía. ¿Te acuerdas de mí?
-Claro, la chica de Marbella…
(. . . )

         Efectivamente era ella, me sorprendió mucho que me llamara, no había escuchado su voz, era muy bonita, estuvimos un poco más de media hora, conociéndonos un poco más, incluso nos dimos nuestras direcciones para mandarnos correos. Fue genial, me había llamado desde Marbella, me hizo mucha ilusión.

        Poco a poco, las cartas fueron de Alicante hasta Marbella y viceversa, cada vez nos escribíamos más por el móvil y por carta, y cuando nos apetecía hacíamos una llamada. Era genial. Pasaron muchos meses así. Tenía una amiga en Marbella y cuando se lo contaba a mis amigos, lo hacía con mucha ilusión, no es algo que te pasa todos los días.

         Un buen día pasó algo que hizo que cambiara todo. Recibí una de sus cartas. En ella me contaba algo que le pasó que no fue muy bueno. Estuvo varios meses en el hospital y fueron esos meses los que me escribió. Yo estuve a su lado como pude sin saberlo, porque ella no me lo dijo hasta el final y al final me puso que yo era como su ángel de la guarda. Recuerdo el momento exacto de cuando leí esas palabras y me acordaré como si fuera hoy, como también recuerdo que solté dos lágrimas, una por cada ojo que leyó esa carta.

         A partir de ese día el movimiento de cartas era menor, pero seguíamos en contacto. De todas formas sentí que algo había perdido, pero sabía que era por algo bueno, ella ya no estaba en el hospital y ahora estaba más ocupada, por eso no me escribía tanto.


      Las cosas fueron muy bien, nos llamábamos a menudo, nos contábamos cosas, buenas y malas, y aunque no podía, sí que hubiera querido ir a verla. Hubo un intento donde ella podría venir a Alicante, pero no salió bien por varios motivos y aunque por foto la he visto, ignoro cómo es en persona. Algún día espero verla.



     Ahora cada vez hablamos menos por teléfono, pero podemos hablar con mensajería instantánea o mandarnos mails. Ella ha hecho su vida un poco más lejos desde que la conocí, más kilómetros nos separan. Las cosas han cambiado mucho desde aquel abril del 2000. De ahí el título del capítulo, como veis ha evolucionado, ella y yo, ambos por separado, dos vidas que se cruzaron en un punto y después han vuelto a separarse por mucho que yo lo quisiera o deseara, no lo he podido evitar. Me hubiera gustado que viviera más cerca, poder vernos, llamarnos mucho más, porque si os hubiera pasado a vosotros, sabríais lo increíble que es como amiga y lo mucho que podríais perder. La distancia una vez más hace estragos. Acabo de caer en la cuenta de que la distancia no sería un mal tema para hablar, a fin de cuentas es en lo que se han basado casi todas mis relaciones. Para otro capítulo quizás…

               

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