Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


20.-Ríos de Nostalgia


RÍOS DE NOSTALGIA



Hace algún tiempo amé a una persona como no he amado a nadie. Hace tiempo quise a alguien por encima de mi propia vida, por encima del precio de vender mi alma por ella. Como al final de los tiempos entre nosotros ella misma me dijo, no se lo merecía. Pero he dejado correr ríos de tinta enfadados, heridos, tremendamente dolidos por lo que esa persona hizo… no he escrito nada sobre otras cosas que hicimos juntos. No creo que sea justo dejar pasar eso por alto como si nunca hubiese ocurrido, nada justo.

       

        Todo lo contado aquí y mil historietas más han sucedido realmente. En su momento, todas ellas fueron bellas y me aportaron gran felicidad y calma. Como dijo una profesora mía una vez, ni si quiera un diamante es para siempre. Pero como digo yo: hay recuerdos que pueden ser eternos. De esos los cuento por miles.


        Por todo aquello que te debo, por todos los momentos de felicidad y paz que me diste, en honor al recuerdo que con afecto guardo en lo más profundo de mi corazón a salvo de mis iras, a ti, a quien decidí olvidar amargamente te dedico este último regalo, ojalá tuviera la certeza de que tú viviste cada segundo conmigo como yo lo hice contigo. Recuerda que, hace algún tiempo, te quise más que a mi vida:


        Una vez me llevé a un grupo de amigos y amigas a casa, entre ellos estaba ella. Hacía casi un año que habíamos roto pero por aquel entonces estábamos en proceso de reencontrarnos. Pasamos toda la noche a base de cafés, tés e infusiones preparadas con las hierbas de mi propio jardín, recogidas con amor por sus manos y las mías, entre abrazos y besos dulces como la miel en los labios. Aunque a la mañana siguiente nos esperaba el duro encuentro con la realidad académica de la universidad estábamos tranquilos. El examen era sobre una de mis especialidades, los hongos, por lo que me deleité haciendo de anfitrión y solucionando dudas sobre los más variopintos temas. Siempre me ha encantado estar rodeado de mis amigos y, en aquella noche tan rara, además la tenía a ella a mi lado. Hacía mucho tiempo que no venía a mi casa, mucho que no veía a mi familia, la cama en la que dormimos tantas y tantas noches abrazados, en la que hicimos tantas veces el amor en silencio ahogado, los jardines por los que paseábamos, las rosaledas de las que cada día le intentaba llevar una rosa a su cuarto. Realmente aquella noche fue muy rara. Yo no sentía ningún miedo por el examen, al contrario, estaba totalmente confiado. Mis amigos, en cambio, no lo veían con demasiado optimismo, pero entre todos hicimos de aquellos ratos de estudio más un pasatiempo afortunado que un mar de lamentación y llanto. Por fin decidimos retirarnos en los brazos de Morfeo y mientras mis amigas se acostaron en mi cama, otro de mis amigos, ella y yo optamos por quedarnos estudiando un poco más en los sofás del salón, al amparo de mantas y una luz tenue de lamparilla victoriana que nos daba la bienvenida. Mi amigo Víctor fue el primero en caer en un estado letárgico. Nosotros dos nos quedamos un rato más, esperando, viendo la reacción del otro, como si deseásemos que pasara algo imposible. En este punto hay que decir que yo por aquel entonces había pasado una época de sueños premonitorios, sí, con ella, con quién si no. Y el contenido de aquellos sueños me atraía y me inquietaba por igual. Finalmente decidimos apagar las luces. Cada uno eligió un sofá distinto y nos tapamos con una manta de lana. Oscuridad. Silencio…


        -Mmmm.

        -¿Estás bien? –dije yo ante el leve gemido que profirió- ¿quieres que te traiga algo?

        -Hace un poco de frío –me comentó ella.


        Sin mediar palabra me levanté con una sonrisa en la cara que ocultaba la oscuridad del salón aliada en mi favor. Cogí una manta más grande y suave de detrás del sofá y se la eché con amor por encima de su cuerpo encogido como el de un bebé. Me agaché sobre ella como si pudiese presentir que cerraba los ojos bajo el peso de la manta y le besé la frente deseándole buenas noches. Me incorporé y con un suave gesto le retiré uno de sus rubios mechones de la frente y volví a sonreír. Cuando volví a estar tapado noté un golpecito en la mano: era la suya buscándome. Nos cogimos y permanecimos así unos minutos que se hicieron eternos. Fuera de la manta hacía frío pero el solo hecho de poder rozar su piel merecía con creces pagar ese tributo insignificante. Finalmente le dije que se durmiera, que yo estaba a su lado, mañana había que madrugar y demostrar nuestros conocimientos. Ambos retiramos las manos y nos dormimos.

       

       A las ocho de la mañana pude oír cómo mis abuelos salían de casa para llevar a mi hermana al colegio. Estábamos los cinco solos en casa, mis amigos y yo: Rebeca y Alba en mi cama, Víctor y Aurora en el salón conmigo. No me dio tiempo de entreabrir un ojo cuando noté su cálido cuerpo pegado al mío, bajo la manta que hacía escasos segundos sólo me cubría a mí. Se colocó dándome la espalda, su posición preferida, se giró y me dio un beso en la mejilla, me cogió de la mano derecha y la pasó por encima de su espalda colocándola finalmente en frente de su pecho. Hizo un gesto para que le pasara la otra mano por debajo de ella y la rodease así con los dos brazos; lo hice… Permanecimos abrazados una hora en esa posición, casi sin respirar, esperando a que los segundos pasaran más despacio, rezando porque tuviesen la osadía de desafiar a su señor y detenerse. No lo hicieron, pero la intensidad de ese momento aún inunda mis mejores sueños. El olor de su pelo después de tanto tiempo, la suavidad de su cuello bajo mi barbilla, bajo el roce de mis labios furtivos, descarados que ella tan a gusto consentía… Jamás lo olvidaré, gracias por aquel momento Aurora, recuerda que ese día te quise más que nunca.

       

       Dos meses después estábamos en Sevilla. Íbamos a un curso internacional sobre Micología aplicada a la agricultura (como ya he dicho, una de mis especialidades). Un mes antes la había convencido para que se sentase conmigo en el viaje de ida y para compartir habitación con la excusa de que estaba más tranquilo con ella que con nadie más y que de ese modo me aseguraba descansar bien después de las jornadas agotadoras que constituían el curso, todo en inglés científico demasiado denso para almas de 21 años. Finalmente aceptó mi proposición. El día que salimos de viaje fui realmente feliz sólo de pensar en mis esperanzas, en nuestro futuro, en lo bien que lo íbamos a pasar, en pensar en esos más de quinientos kilómetros sentado a su lado. Ese día te habría cultivado un jardín de rosas sólo para ti.

       

       Cuando llegamos a Sevilla ella se puso enferma durante el segundo día de  curso. En todo momento la acompañé y no la dejé ni a sol ni a sombra. La saqué de la sala de grados y pedí las llaves de una sala más pequeña a las azafatas del curso. Una vez allí la hice tumbarse sobre unos sillones para que descansara, le di unas pastillas y me quedé a su lado con las luces bajas, las persianas entornadas y mirándola, atento a cada movimiento suyo, a cada respiración que me pareciese anormal. Finalmente cuando llegamos al hotel en la capital andaluza ya estaba mucho mejor. Decidimos ducharnos y dormir la siesta para reponer fuerzas. Hay que decir que la noche anterior no pude dormir nada. Estaba intranquilo, salimos por la zona de pubs de Sevilla y no paraba de fijarme en ella. La deseaba, necesitaba tocarla, acariciarla, besarla no como un amigo sino como un amante apasionado. La sangre me ardía de verla tan cerca y tan lejos de mí. Hacía poco menos de un año que habíamos cortado y las fechas tampoco me ayudaban demasiado, me traían tantos y tantos recuerdos… Esa noche había intentado hablar con ella, pedirle que me diera otra oportunidad para demostrarle que había cambiado, que ya nunca más le haría daño de ninguna forma, que respetará todos sus puntos de vista, sus tradiciones, sus más mínimos defectos. Pero ella no confiaba en mí y me dijo que aquello no podía ser, que le había hecho demasiado daño… realmente reconozco que la cosa fue así, desgraciadamente. Esa noche no dormí, me quedé mirándola en su cama, a pocos centímetros de la mía, llorando en silencio, lleno de amargura y de odio hacia mí mismo por haberla perdido un año atrás. Esa noche, querida Aurora, habría matado para demostrarte mi fidelidad, habría sido tu esclavo para que me perdonaras todo el daño que te hice.


       Pero al día siguiente, durante la siesta ocurrió algo. Cuando salí de la ducha ella estaba en mi cama, haciéndose la dormida. Me acosté a su lado, abrazándola por la espalda, como a los dos nos gustaba, pero ella se giró y se quedó mirándome en medio de aquella tenue oscuridad. El azul de sus ojos se hizo casi negro. Su silencio habló por ella, sus movimientos sutiles de los músculos lo expresaban todo mejor que las palabras: nostalgia, miedo, deseo, ira, llanto contenido, recuerdos a flor de piel. La cogí de los brazos y acerqué mi cara a la suya, nos besamos, nos seguimos besando, nos abrazamos, inseguros, temblorosos los dos, llenos de miedo y de magia. Mientras duraba aquello nos íbamos quitando la ropa lentamente, sin ninguna prisa. Ese día sí se detuvo el tiempo, se hizo la noche en medio de la tarde de marzo. Juntos, como hacía más de un año, qué digo, como nunca antes, hicimos el amor durante casi dos horas que parecieron dos años. En dos horas recuperamos el fuego de todo un año sin vernos como pareja. Fue maravilloso. En las culturas precristianas el acto de hacer el amor era un medio para acercarse y ver a la deidad creadora. Yo aquella tarde vi a todo el panteón sobre la bóveda celeste, augurando tiempos de felicidad y plenitud. Esa tarde yo vi a la Diosa, estuve en la misma cama en la que su cuerpo reposaba, fue inigualable, creo que, sin mucho miedo a equivocarme, la mejor experiencia de mi vida. Aurora, gracias por ese instante eterno que llevo siempre conmigo, esa tarde habría bajado a las estrellas del firmamento para que se postrasen ante ti a adorarte. Esa noche en pleno día yo habría dado mi vida por ti.


       Cuando llegamos a Alicante tres días después nos dimos un último apretón de manos, un abrazo y un beso a escondidas en el autobús. Habíamos hablado, no nos arrepentíamos de nada, éramos dos personas nuevas, más maduras, más fuertes pero más jóvenes de espíritu. En el aire quedaron una pregunta y una respuesta que aún me revolotean por los oídos: “¿Y ahora         qué?”, “Ahora a ver qué pasa, a empezar de nuevo…”. Y así fue, y, durante algunos meses fue maravilloso, mucho más que en todo el año anterior, mucho más que con nadie que haya estado. Al bajar del autobús y verte marchar, querida Aurora, sentí que te convertías en la estrella de mi mañana, sentí que tu luz me protegía. Aquel día yo habría pintado las calles de colores por ti, habría llenado las fachadas de todos los edificios de Alicante de poesía y cuento para ti.


        Un mes más tarde ella tuvo que pasar la mayor parte del día en la universidad trabajando. Yo la noche anterior me había quedado a dormir con ella en su piso, a cenar con ella, a ver la tele abrazado junto a ella. Estar tan cerca suyo me daba de respirar, me alimentaba. Cuando se fue yo me quedé durmiendo en su cama un rato más. Al cabo de unas horas me levanté y limpié la cocina, me puse a estudiar y me hice la comida. Como sabía que ella vendría tarde y yo quizá ya no estaría en su casa decidí prepararle una sorpresa. Antes de comer cogí las llaves del piso y me fui a una floristería que conocía. Compré dos rosas en tallo largo: una blanca y otra roja. Las entrelacé y las uní con una cinta verde. Cuando llegué de nuevo a su piso se las coloqué sobre la cama y encendí el quemador con esencias para que notara la fragancia nada más entrar a su cuarto. Al llegar estaba agotada así que le preparé una infusión y yo me hice otra igual que la suya. La tomamos los dos en el sofá de su salón viendo (o haciendo que veíamos) un programa en la tele. En realidad pasábamos más tiempo dándonos besitos y abrazos que mirando la caja tonta. Llegado el momento hice el amago de ponerme la chaqueta y de irme hacia la puerta. Le di un beso en los labios y me despedí. Ella fue corriendo a su cuarto para coger algo antes de que me fuese. Yo ya estaba en el umbral cuando oí, mientras sonreía, unos pasitos alocados por el pasillo y de pronto la vi aparecer en medio de las sombras con su reluciente sonrisa en la cara. Me pareció la persona más dulce de la Tierra en ese momento. Sin darme tiempo de salir de mi ensimismamiento se abalanzó sobre mí y me dio el beso más largo que me han dado nunca. Por el recuerdo de ese beso, Aurora, no te hubiera dado más que mi alma imperfecta. Por el recuerdo de ese beso, sólo por eso, te deseo que algún día seas feliz. Porque no es justo que crea para siempre que no me diste nada, porque sí me diste, me diste más de lo que esperabas darme y eso, querida Aurora, es algo que ni el paso de las vidas que me queden por pasar podrá quitar de mi conciencia. Por estas pequeñas cosas y por muchas más que no me veo con fuerzas de escribir te deseo que seas feliz. Si alguna vez lees esto quiero que sepas una cosa más…


       Una vez te forjé un anillo. De plata y platino mandé que lo hicieran porque es el símbolo del espíritu y de la magia en su estado puro. Sobre ese anillo que mandé forjar sólo para ti, para nadie más, hice grabar un símbolo. Como bien sabes es tu nombre en una lengua muy, muy antigua que a todos nos trasciende, es la lengua de la primera magia que cruzó el mundo en sus orígenes. Tu nombre, querida Ojos de Tempestad, es el que está grabado en ese anillo y sólo a ti puede pertenecer, a nadie más. Una vez hecho el anillo, durante tres días y tres noches, bajo el sol de mediodía y la luna llena, infundí en él una magia igual de antigua que los símbolos que se dibujan sobre su superficie. El anillo es capaz de hacer tres cosas: te hace soñar con mundos lejanos, con cosas que sucederán, con aquello que deseas y añoras; el anillo te hace ver la naturaleza en todo su esplendor y todos sus habitantes deben respetarte; y por último y más importante, el anillo te lleva a la magia y hace que todos los guardianes te protejan de todo mal si realmente lo deseas, si realmente crees. Como bien sabes la mitología y la magia son dos de mis pasiones… no creo que haya un objeto igual de poderoso en el mundo porque nació de mi amor hacia ti, nació de mi deseo de fidelidad eterna, de protegerte y darte todo cuanto yo era. En un metal puro dejé grabados todos mis buenos deseos, mis buenas intenciones y todo aquello que represento para que siempre te acompañara y nunca te sintieras sola. No te engaño, ese anillo no contiene ningún doble juego, no te ata cual cadena a nada que yo sea, no te produce ningún mal sino que lo aleja de ti, te protege incluso de mí porque lo que representa es más fuerte que yo, el anillo es tuyo y sólo tuyo, y como a su dueña te protege hasta el final de los días. Si no quieres llevarlo déjalo abandonado en una caja o lánzalo al mar para que vuelva al lugar de donde salió su poder pero no lo regales a nadie, no pertenece a nadie nada más que a ti. Una vez me preguntaste que por qué no había mandado grabar nuestros dos nombres junto a la fecha de dentro. La respuesta es sencilla: sabía que tú y yo no acabaríamos juntos. ¿Recuerdas que en la nota que puse junto al anillo el día de Navidad ponía que si te querrías casar conmigo algún día? Ojalá pudieses ver mi sonrisa amarga en este momento mientras lo recuerdo, mientras recuerdo tu cara de felicidad al ver al pequeño Mofly con un lacito rojo dentro de una caja de zapatos. Aun a sabiendas de cómo terminaríamos te escribí eso, porque realmente te quería. Quise darte la opción de que lo conservaras aun sabiendo que la fecha que encierra es la del día que nos conocimos como pareja oficialmente pero no quería que apareciese ningún nombre en él salvo el tuyo.


        Quizá ahora lo entiendas, quizá no, de todas formas el secreto ya está confesado. Quizá nunca leas esto, da lo mismo. Yo hace mucho tiempo que hice las paces conmigo mismo. Y ahora creo que ya te he dicho todo cuanto tenía que decirte. Mi dulce Mei’dawäh, tú fuiste la luz de mis ojos, por eso siempre tendrás un lugar especial en mi corazón, por mucho que llegue a odiarte por todo el mal que me hiciste, debes saber que yo te quise y que con palabras no podré expresar todo lo que sentí por ti en su día. Ahora, por desgracia, te has convertido en una bruma en mi recuerdo, cada día que pasa los momentos que pasé contigo se van esfumando, pierden detalle y realismo, parecen un sueño difuso y me causa dolor. Pero como te digo me hice muy fuerte con todo esto y aprendí a convivir con el dolor y a no verlo como tal. Me has ayudado tanto en la felicidad como en el sufrimiento, no sabes cuánto. A veces me gustaría pensar que yo a ti te pude ayudar tanto, que pude acercarme a eso que tú significaste para mí. Lamentablemente no hay nada que me haga pensar eso, de lo contrario muchas de las cosas que ocurrieron al final no tendrían ningún sentido. Es una pena que aún hoy tengo que arrastrar y convivir con ella día tras día.


       Conservo todas tus fotos, no he quemado ninguna ni me he deshecho de ellas. Las de cuando fuimos con un trineo improvisado a la nieve. ¿Recuerdas esas caídas por al lado de la carretera sobre la bolsa de basura, mientras mi hermana nos tiraba bolas de nieve y mis padres nos grababan en vídeo? Hace unos meses vi la cinta, casi lloro. Nos caíamos al suelo entre la nieve y nos quedábamos abrazados sin importarnos el frío, riéndonos a carcajada limpia. Qué bonito era aquello. Muchas gracias por todos los momentos en tu casa con tu familia, llegué a quererlos como a la mía propia, a ellos también les deseo lo mejor. En realidad te escribo esto continuando con un capítulo que tenía aparcado desde hace varios meses. Que un amigo mío haya encontrado por fin un rincón de felicidad con otra de mis amigas me ha hecho acordarme de que el amor existe y que, aunque la estabilidad no sea tan sólida, siempre hay esperanza de encontrar algo que nos llene, algo que nos aporte cosas buenas. He querido recordar esto porque hasta la fecha tú has sido, con todo, una de las personas que más me ha aportado en la vida y, aunque triste por cómo hemos acabado, debo reconocer que te estoy agradecido por muchas cosas. Decir lo siguiente quitará un gran peso de mi alma:


       Hasta siempre na serín Mei’dawäh, que la tormenta de tus ojos nunca se apague, aunque a veces deje de brillar por un momento, recuerda que los rayos que cruzan tus ojos fueron lo que me hizo enamorarme de ti como un niño. Ya no te guardo ningún rencor, pero también he decidido olvidarte. Lo siento, cada día recuerdo menos cosas de ti y así debe ser. Busca la felicidad, no te des por vencida, espero que algún día encuentres a ese jinete que una vez te dije y que a su lado no necesites nada más. Que mi último abrazo vaya contigo. En da kirash Mei’dawäh. Adiós.

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