RÍOS DE NOSTALGIA
Hace algún tiempo amé a una persona como no he amado a
nadie. Hace tiempo quise a alguien por encima de mi propia vida, por encima del
precio de vender mi alma por ella. Como al final de los tiempos entre nosotros
ella misma me dijo, no se lo merecía. Pero he dejado correr ríos de tinta
enfadados, heridos, tremendamente dolidos por lo que esa persona hizo… no he
escrito nada sobre otras cosas que hicimos juntos. No creo que sea justo dejar
pasar eso por alto como si nunca hubiese ocurrido, nada justo.
Todo lo
contado aquí y mil historietas más han sucedido realmente. En su momento, todas
ellas fueron bellas y me aportaron gran felicidad y calma. Como dijo una
profesora mía una vez, ni si quiera un diamante es para siempre. Pero como digo
yo: hay recuerdos que pueden ser eternos. De esos los cuento por miles.
Por todo
aquello que te debo, por todos los momentos de felicidad y paz que me diste, en
honor al recuerdo que con afecto guardo en lo más profundo de mi corazón a
salvo de mis iras, a ti, a quien decidí olvidar amargamente te dedico este
último regalo, ojalá tuviera la certeza de que tú viviste cada segundo conmigo
como yo lo hice contigo. Recuerda que, hace algún tiempo, te quise más que a mi
vida:
Una vez me
llevé a un grupo de amigos y amigas a casa, entre ellos estaba ella. Hacía casi
un año que habíamos roto pero por aquel entonces estábamos en proceso de
reencontrarnos. Pasamos toda la noche a base de cafés, tés e
infusiones preparadas con las hierbas de mi propio jardín, recogidas con amor
por sus manos y las mías, entre abrazos y besos dulces como la miel en los
labios. Aunque a la mañana siguiente nos esperaba el duro encuentro con la
realidad académica de la universidad estábamos tranquilos. El examen era sobre
una de mis especialidades, los hongos, por lo que me deleité haciendo de
anfitrión y solucionando dudas sobre los más variopintos temas. Siempre me ha
encantado estar rodeado de mis amigos y, en aquella noche tan rara, además la
tenía a ella a mi lado. Hacía mucho tiempo que no venía a mi casa, mucho que no
veía a mi familia, la cama en la que dormimos tantas y tantas
noches abrazados, en la que hicimos tantas veces el amor en silencio
ahogado, los jardines por los que paseábamos, las rosaledas de las que cada día
le intentaba llevar una rosa a su cuarto. Realmente aquella noche fue muy rara.
Yo no sentía ningún miedo por el examen, al contrario, estaba totalmente
confiado. Mis amigos, en cambio, no lo veían con demasiado optimismo, pero
entre todos hicimos de aquellos ratos de estudio más un pasatiempo afortunado
que un mar de lamentación y llanto. Por fin decidimos retirarnos en los brazos
de Morfeo y mientras mis amigas se acostaron en mi cama, otro de mis amigos,
ella y yo optamos por quedarnos estudiando un poco más en los sofás del salón,
al amparo de mantas y una luz tenue de lamparilla victoriana que nos daba la
bienvenida. Mi amigo Víctor fue el primero en caer en un estado letárgico.
Nosotros dos nos quedamos un rato más, esperando, viendo la reacción del otro,
como si deseásemos que pasara algo imposible. En este punto hay que decir que
yo por aquel entonces había pasado una época de sueños premonitorios, sí, con
ella, con quién si no. Y el contenido de aquellos sueños me atraía y me
inquietaba por igual. Finalmente decidimos apagar las luces. Cada uno eligió un
sofá distinto y nos tapamos con una manta de lana. Oscuridad. Silencio…
-Mmmm.
-¿Estás
bien? –dije yo ante el leve gemido que profirió- ¿quieres que te traiga
algo?
-Hace un
poco de frío –me comentó ella.
Sin mediar
palabra me levanté con una sonrisa en la cara que ocultaba la oscuridad del
salón aliada en mi favor. Cogí una manta más grande y suave de detrás del sofá
y se la eché con amor por encima de su cuerpo encogido como el de un bebé. Me
agaché sobre ella como si pudiese presentir que cerraba los ojos bajo el peso
de la manta y le besé la frente deseándole buenas noches. Me incorporé y con un
suave gesto le retiré uno de sus rubios mechones de la frente y volví a
sonreír. Cuando volví a estar tapado noté un golpecito en la mano: era la suya
buscándome. Nos cogimos y permanecimos así unos minutos que se hicieron
eternos. Fuera de la manta hacía frío pero el solo hecho de poder rozar su piel
merecía con creces pagar ese tributo insignificante. Finalmente le dije que se
durmiera, que yo estaba a su lado, mañana había que madrugar y demostrar
nuestros conocimientos. Ambos retiramos las manos y nos dormimos.
A las ocho de la
mañana pude oír cómo mis abuelos salían de casa para llevar a mi hermana al
colegio. Estábamos los cinco solos en casa, mis amigos y yo: Rebeca y Alba en
mi cama, Víctor y Aurora en el salón conmigo. No me dio tiempo de entreabrir un
ojo cuando noté su cálido cuerpo pegado al mío, bajo la manta que hacía escasos
segundos sólo me cubría a mí. Se colocó dándome la espalda, su posición
preferida, se giró y me dio un beso en la mejilla, me cogió de la mano derecha
y la pasó por encima de su espalda colocándola finalmente en frente de su
pecho. Hizo un gesto para que le pasara la otra mano por debajo de ella y la
rodease así con los dos brazos; lo hice… Permanecimos abrazados una hora en esa
posición, casi sin respirar, esperando a que los segundos pasaran más despacio,
rezando porque tuviesen la osadía de desafiar a su señor y detenerse. No lo
hicieron, pero la intensidad de ese momento aún inunda mis mejores sueños. El
olor de su pelo después de tanto tiempo, la suavidad de su cuello bajo mi
barbilla, bajo el roce de mis labios furtivos, descarados que ella tan a gusto
consentía… Jamás lo olvidaré, gracias por aquel momento Aurora, recuerda que
ese día te quise más que nunca.
Dos meses después
estábamos en Sevilla. Íbamos a un curso internacional sobre Micología aplicada
a la agricultura (como ya he dicho, una de mis especialidades). Un mes antes la
había convencido para que se sentase conmigo en el viaje de ida y para
compartir habitación con la excusa de que estaba más tranquilo con ella que con
nadie más y que de ese modo me aseguraba descansar bien después de las jornadas
agotadoras que constituían el curso, todo en inglés científico demasiado denso
para almas de 21 años. Finalmente aceptó mi proposición. El día que salimos de
viaje fui realmente feliz sólo de pensar en mis esperanzas, en nuestro futuro,
en lo bien que lo íbamos a pasar, en pensar en esos más de quinientos
kilómetros sentado a su lado. Ese día te habría cultivado un jardín de rosas
sólo para ti.
Cuando llegamos a
Sevilla ella se puso enferma durante el segundo día de curso. En
todo momento la acompañé y no la dejé ni a sol ni a sombra. La saqué de la sala
de grados y pedí las llaves de una sala más pequeña a las azafatas del curso.
Una vez allí la hice tumbarse sobre unos sillones para que descansara, le di
unas pastillas y me quedé a su lado con las luces bajas, las persianas
entornadas y mirándola, atento a cada movimiento suyo, a cada respiración que
me pareciese anormal. Finalmente cuando llegamos al hotel en la capital
andaluza ya estaba mucho mejor. Decidimos ducharnos y dormir la siesta para
reponer fuerzas. Hay que decir que la noche anterior no pude dormir nada.
Estaba intranquilo, salimos por la zona de pubs de Sevilla y no
paraba de fijarme en ella. La deseaba, necesitaba tocarla, acariciarla, besarla
no como un amigo sino como un amante apasionado. La sangre me ardía de verla
tan cerca y tan lejos de mí. Hacía poco menos de un año que habíamos cortado y las
fechas tampoco me ayudaban demasiado, me traían tantos y tantos recuerdos… Esa
noche había intentado hablar con ella, pedirle que me diera otra oportunidad
para demostrarle que había cambiado, que ya nunca más le haría daño de ninguna
forma, que respetará todos sus puntos de vista, sus tradiciones, sus más
mínimos defectos. Pero ella no confiaba en mí y me dijo que aquello no podía
ser, que le había hecho demasiado daño… realmente reconozco que la cosa fue
así, desgraciadamente. Esa noche no dormí, me quedé mirándola en su cama, a
pocos centímetros de la mía, llorando en silencio, lleno de amargura y de odio
hacia mí mismo por haberla perdido un año atrás. Esa noche, querida Aurora,
habría matado para demostrarte mi fidelidad, habría sido tu esclavo para que me
perdonaras todo el daño que te hice.
Pero al día
siguiente, durante la siesta ocurrió algo. Cuando salí de la ducha ella estaba
en mi cama, haciéndose la dormida. Me acosté a su lado, abrazándola por la
espalda, como a los dos nos gustaba, pero ella se giró y se quedó mirándome en
medio de aquella tenue oscuridad. El azul de sus ojos se hizo casi negro. Su
silencio habló por ella, sus movimientos sutiles de los músculos lo expresaban
todo mejor que las palabras: nostalgia, miedo, deseo, ira, llanto contenido,
recuerdos a flor de piel. La cogí de los brazos y acerqué mi cara a la suya,
nos besamos, nos seguimos besando, nos abrazamos, inseguros, temblorosos los
dos, llenos de miedo y de magia. Mientras duraba aquello nos íbamos quitando la
ropa lentamente, sin ninguna prisa. Ese día sí se detuvo el tiempo, se hizo la
noche en medio de la tarde de marzo. Juntos, como hacía más de un año, qué
digo, como nunca antes, hicimos el amor durante casi dos horas que parecieron
dos años. En dos horas recuperamos el fuego de todo un año sin vernos como
pareja. Fue maravilloso. En las culturas precristianas el acto de
hacer el amor era un medio para acercarse y ver a la deidad creadora. Yo
aquella tarde vi a todo el panteón sobre la bóveda celeste, augurando
tiempos de felicidad y plenitud. Esa tarde yo vi a la Diosa, estuve
en la misma cama en la que su cuerpo reposaba, fue inigualable, creo que, sin
mucho miedo a equivocarme, la mejor experiencia de mi vida. Aurora, gracias por
ese instante eterno que llevo siempre conmigo, esa tarde habría bajado a las
estrellas del firmamento para que se postrasen ante ti a adorarte. Esa noche en
pleno día yo habría dado mi vida por ti.
Cuando llegamos a
Alicante tres días después nos dimos un último apretón de manos, un abrazo y un
beso a escondidas en el autobús. Habíamos hablado, no nos arrepentíamos de
nada, éramos dos personas nuevas, más maduras, más fuertes pero más jóvenes de
espíritu. En el aire quedaron una pregunta y una respuesta que aún me revolotean
por los oídos: “¿Y
ahora qué?”, “Ahora a ver
qué pasa, a empezar de nuevo…”. Y así fue, y, durante algunos meses fue
maravilloso, mucho más que en todo el año anterior, mucho más que con nadie que
haya estado. Al bajar del autobús y verte marchar, querida Aurora, sentí que te
convertías en la estrella de mi mañana, sentí que tu luz me protegía. Aquel día
yo habría pintado las calles de colores por ti, habría llenado las fachadas de
todos los edificios de Alicante de poesía y cuento para ti.
Un mes más
tarde ella tuvo que pasar la mayor parte del día en la universidad trabajando.
Yo la noche anterior me había quedado a dormir con ella en su piso, a cenar con
ella, a ver la tele abrazado junto a ella. Estar tan cerca suyo me
daba de respirar, me alimentaba. Cuando se fue yo me quedé durmiendo en su cama
un rato más. Al cabo de unas horas me levanté y limpié la cocina, me puse a
estudiar y me hice la comida. Como sabía que ella vendría tarde y yo quizá ya
no estaría en su casa decidí prepararle una sorpresa. Antes de comer cogí las
llaves del piso y me fui a una floristería que conocía. Compré dos rosas en
tallo largo: una blanca y otra roja. Las entrelacé y las uní con una cinta
verde. Cuando llegué de nuevo a su piso se las coloqué sobre la cama y encendí
el quemador con esencias para que notara la fragancia nada más entrar a su
cuarto. Al llegar estaba agotada así que le preparé una infusión y yo me hice
otra igual que la suya. La tomamos los dos en el sofá de su salón viendo (o
haciendo que veíamos) un programa en la tele. En realidad pasábamos más tiempo
dándonos besitos y abrazos que mirando la caja tonta. Llegado el momento hice
el amago de ponerme la chaqueta y de irme hacia la puerta. Le di un beso en los
labios y me despedí. Ella fue corriendo a su cuarto para coger algo antes de
que me fuese. Yo ya estaba en el umbral cuando oí, mientras sonreía, unos
pasitos alocados por el pasillo y de pronto la vi aparecer en medio
de las sombras con su reluciente sonrisa en la cara. Me pareció la persona más
dulce de la Tierra en ese momento. Sin darme tiempo de salir de mi
ensimismamiento se abalanzó sobre mí y me dio el beso más largo que me han dado
nunca. Por el recuerdo de ese beso, Aurora, no te hubiera dado más que mi alma
imperfecta. Por el recuerdo de ese beso, sólo por eso, te deseo que algún día
seas feliz. Porque no es justo que crea para siempre que no me diste nada,
porque sí me diste, me diste más de lo que esperabas darme y eso, querida
Aurora, es algo que ni el paso de las vidas que me queden por pasar podrá
quitar de mi conciencia. Por estas pequeñas cosas y por muchas más que no me
veo con fuerzas de escribir te deseo que seas feliz. Si alguna vez lees esto
quiero que sepas una cosa más…
Una vez te forjé
un anillo. De plata y platino mandé que lo hicieran porque es el símbolo del
espíritu y de la magia en su estado puro. Sobre ese anillo que mandé forjar
sólo para ti, para nadie más, hice grabar un símbolo. Como bien sabes es tu
nombre en una lengua muy, muy antigua que a todos nos trasciende, es la lengua
de la primera magia que cruzó el mundo en sus orígenes. Tu nombre, querida Ojos
de Tempestad, es el que está grabado en ese anillo y sólo a ti puede
pertenecer, a nadie más. Una vez hecho el anillo, durante tres días y tres noches,
bajo el sol de mediodía y la luna llena, infundí en él una magia igual de
antigua que los símbolos que se dibujan sobre su superficie. El anillo es capaz
de hacer tres cosas: te hace soñar con mundos lejanos, con cosas que sucederán,
con aquello que deseas y añoras; el anillo te hace ver la naturaleza en todo su
esplendor y todos sus habitantes deben respetarte; y por último y más
importante, el anillo te lleva a la magia y hace que todos los guardianes te
protejan de todo mal si realmente lo deseas, si realmente crees. Como bien
sabes la mitología y la magia son dos de mis pasiones… no creo que haya un
objeto igual de poderoso en el mundo porque nació de mi amor hacia ti, nació de
mi deseo de fidelidad eterna, de protegerte y darte todo cuanto yo era. En un
metal puro dejé grabados todos mis buenos deseos, mis buenas intenciones y todo
aquello que represento para que siempre te acompañara y nunca te sintieras
sola. No te engaño, ese anillo no contiene ningún doble juego, no te ata cual
cadena a nada que yo sea, no te produce ningún mal sino que lo aleja de ti, te
protege incluso de mí porque lo que representa es más fuerte que yo, el anillo
es tuyo y sólo tuyo, y como a su dueña te protege hasta el final de los días.
Si no quieres llevarlo déjalo abandonado en una caja o lánzalo al mar para que
vuelva al lugar de donde salió su poder pero no lo regales a nadie, no
pertenece a nadie nada más que a ti. Una vez me preguntaste que por qué no
había mandado grabar nuestros dos nombres junto a la fecha de dentro. La
respuesta es sencilla: sabía que tú y yo no acabaríamos juntos. ¿Recuerdas que
en la nota que puse junto al anillo el día de Navidad ponía que si te querrías
casar conmigo algún día? Ojalá pudieses ver mi sonrisa amarga en este momento
mientras lo recuerdo, mientras recuerdo tu cara de felicidad al ver al
pequeño Mofly con un lacito rojo dentro de una caja de zapatos. Aun a
sabiendas de cómo terminaríamos te escribí eso, porque realmente te quería.
Quise darte la opción de que lo conservaras aun sabiendo que la fecha que
encierra es la del día que nos conocimos como pareja oficialmente pero no
quería que apareciese ningún nombre en él salvo el tuyo.
Quizá ahora
lo entiendas, quizá no, de todas formas el secreto ya está confesado. Quizá
nunca leas esto, da lo mismo. Yo hace mucho tiempo que hice las paces conmigo
mismo. Y ahora creo que ya te he dicho todo cuanto tenía que decirte. Mi
dulce Mei’dawäh, tú fuiste la luz de mis ojos, por eso siempre tendrás un
lugar especial en mi corazón, por mucho que llegue a odiarte por todo el mal
que me hiciste, debes saber que yo te quise y que con palabras no podré
expresar todo lo que sentí por ti en su día. Ahora, por desgracia, te has
convertido en una bruma en mi recuerdo, cada día que pasa los momentos que pasé
contigo se van esfumando, pierden detalle y realismo, parecen un sueño difuso y
me causa dolor. Pero como te digo me hice muy fuerte con todo esto y aprendí a
convivir con el dolor y a no verlo como tal. Me has ayudado tanto en la
felicidad como en el sufrimiento, no sabes cuánto. A veces me gustaría pensar
que yo a ti te pude ayudar tanto, que pude acercarme a eso que tú significaste
para mí. Lamentablemente no hay nada que me haga pensar eso, de lo contrario
muchas de las cosas que ocurrieron al final no tendrían ningún sentido. Es una
pena que aún hoy tengo que arrastrar y convivir con ella día tras día.
Conservo todas
tus fotos, no he quemado ninguna ni me he deshecho de ellas. Las de cuando
fuimos con un trineo improvisado a la nieve. ¿Recuerdas esas caídas por al lado
de la carretera sobre la bolsa de basura, mientras mi hermana nos tiraba bolas
de nieve y mis padres nos grababan en vídeo? Hace unos meses vi la
cinta, casi lloro. Nos caíamos al suelo entre la nieve y nos quedábamos abrazados
sin importarnos el frío, riéndonos a carcajada limpia. Qué bonito era aquello.
Muchas gracias por todos los momentos en tu casa con tu familia, llegué a
quererlos como a la mía propia, a ellos también les deseo lo mejor. En realidad
te escribo esto continuando con un capítulo que tenía aparcado desde hace
varios meses. Que un amigo mío haya encontrado por fin un rincón de felicidad
con otra de mis amigas me ha hecho acordarme de que el amor existe y que,
aunque la estabilidad no sea tan sólida, siempre hay esperanza de encontrar
algo que nos llene, algo que nos aporte cosas buenas. He querido recordar esto
porque hasta la fecha tú has sido, con todo, una de las personas que más me ha
aportado en la vida y, aunque triste por cómo hemos acabado, debo reconocer que
te estoy agradecido por muchas cosas. Decir lo siguiente quitará un gran peso
de mi alma:
Hasta
siempre na serín Mei’dawäh, que la tormenta de tus ojos nunca se
apague, aunque a veces deje de brillar por un momento, recuerda que los rayos
que cruzan tus ojos fueron lo que me hizo enamorarme de ti como un niño. Ya no
te guardo ningún rencor, pero también he decidido olvidarte. Lo siento, cada
día recuerdo menos cosas de ti y así debe ser. Busca la felicidad, no te des
por vencida, espero que algún día encuentres a ese jinete que una vez te dije y
que a su lado no necesites nada más. Que mi último abrazo vaya contigo. En
da kirash Mei’dawäh. Adiós.
0 comentarios:
Publicar un comentario