LA DELGADA LINEA
Hasta ahora en mi humilde opinión, pensaba que sólo había
tres motivos por los cuales una persona escribía unas palabras: la extrema
felicidad, la motivación económica y la extrema tristeza. En el primer caso la
motivación y la inspiración vienen a cargo de una persona querida, amada. En el
segundo, tu trabajo depende de la inspiración y la motivación corre a cargo de
la editorial. En la extrema tristeza, las palabras son un simple vector para
desahogarte con la esperanza de que algunos de tus amigos lean esas palabras y
comprendan cómo te encuentras. Pero recientemente he encontrado una delgada línea
que paradójicamente separa los dos extremos. Voy a intentar explicar y definir
esa línea, aunque creo que no vaya a poder. Lo más conveniente será un exempli gratia que, como no
podría ser de otra forma, cobrará vida física en un relato.
Aquella fue una tarde
calurosa. El sol que ya se estaba muriendo, se filtraba por las rendijas que
tímidamente quedaban, iluminando de forma tenue la habitación. Allí estábamos
los dos, agotados, cansados, pero con muchas cosas pendientes por hacer. Sin
decir una palabra y con una invitación muy clara, invité a Sara a que su
espalda, su cuerpo y su mente descansaran y se relajaran con un placentero
masaje. En cuanto mis manos impregnadas con loción tocaron su espalda, ella su
tumbó invitándome a que me explayara todo lo que quisiera, y que disfrutara
dando el masaje tanto como ella recibiéndolo. Mis manos resbaladizas empezaron
a recorrer su espalda lentamente. En cuanto la loción quedó esparcida levanté
mis manos apoyando mis dedos, recorriendo otra vez cada rincón de su piel,
relajándose más y más... mi recompensa fue inmediata, ella cerró sus ojos, su
respiración cada vez era más pausada y aquellos suspiros esporádicos me
mandaban un mensaje que era inequívoco. Seguí masajeando aquella piel suave y
brillante, pero mis ojos se centraban en algo realmente bello, allí, con los
ojos cerrados, aquella tranquilidad, sin duda era un ángel atrapada por los
lazos de Morfeo. Y mis dedos continuaban con su placentero trabajo, hasta que
por fin, poco a poco, lentamente, fueron alzándose con el mismo cariño con el
que empezaron. En el último roce, sentí cómo ella no podía estar más a gusto,
dejándose llevar por Morfeo en un sueño profundo y tranquilo... me recliné
sobre ella, deslicé suavemente un beso en su mejilla y le susurré con una voz
apenas imperceptible... te quiero...
Todo y nada. Los dos
extremos separados por una delgada línea sin color. De un abrazo eterno a
sentir que se escapaba entre mis dedos como arena de playa... tan cerca y tan
lejos... todo en un momento.
¿Cómo me siento?...
extremadamente triste, extremadamente feliz, caminando por la fina línea que
los separa.
Diese Wörter sind für
dich, Sara, mit Liebe und einer Menge Neigung.
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