Cuentos que contar...
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Había una chica que solía ver, andaba por la calle 42. Iba
de camino al trabajo y hacía que el aire que le rodeaba fuera de un olor muy
dulce. Solía sentarme en una cafetería, algunas veces incluso me tomaba una
taza. Y cuando ella pasaba, el cielo brillaba de una forma muy especial, como
cuando el sol lo ilumina. Allí estaba, de pie, esperando junto a la parada del
autobús, el conductor abría la puerta, yo sólo la veía cómo se sentaba,
cogiendo el 104. Me gustaría darle mi número, me gustaría decirle mi nombre, me
gustaría subir a bordo de aquel autobús que cruzaba el pueblo. Tener al menos
una pequeña esperanza de que ella sintiera lo mismo. Solo es otra historia más,
todo el mundo tiene un cuento que contar, y como los cientos de hombres antes
que yo, caí en su hechizo de amor.
Algunas
cosas permanecen, otras simplemente tienes que dejarlas ir. Parece que las
cosas que no puedes tener son las que más quieres. Pienso en ella a veces, me
pregunto si era real. Si alguna vez la encontrara, le diría cómo me siento, sólo
es otra historia más que contar, porque todo el mundo tiene una que contar. Y
sigue siendo la misma historia vieja de siempre, el mismo juego viejo. Aquí en
el pueblo la vida sigue como siempre. Ella nunca supo mi número, nunca sabrá mi
nombre, ella subió en el autobús que cruza el pueblo y nunca más la volví a ver.
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Cada vez que veo una masa de
gente, me paro y me quedo de pie viéndola como un tonto, quizás no sea la cosa
más correcta que hacer, pero a lo mejor tú estás allí. Me voy caminando después
de la medianoche, muy solitario, no es el sitio ni el momento para buscarte,
pero a lo mejor tú estás allí. Dijiste que tus brazos siempre me acogerían,
dijiste que tus labios serían míos para besarme, ahora después de todas las
cosas que me dijiste, ¿por qué tiene que acabar de esta manera? Algún día mis
plegarias serán oídas, oigo pasos en la escalera… mi corazón late ansioso
corriendo hasta a la puerta, es posible que estés allí.
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Cuenta una historia, el viaje de
un aventurero que viajaba por todo el mundo, visitando distintas culturas,
había viajado mucho y ahora se encontraba en un lugar precioso. Era un campo
lleno de césped que irradiaba un color verde intenso. Corría una ligera brisa
hasta su cara y se estaba muy bien allí. A unos pocos metros, mientras seguía
andando vio una especie de verja de color blanco, hecha de madera muy bonita. Allí
habían esparcidas un montón de piedras y era un recinto cerrado. Dentro se
podía ver que había un señor mayor. El viajero nunca vio eso en ninguno de sus
viajes, y la curiosidad le movió a acercarse para descubrir que era aquello.
Entro por una pequeña puerta que no tenía cerrojo alguno y vio aquel hombre
mayor que había visto de lejos. Su cara estaba triste y su expresión también
arrojaba tristeza. El viajero comenzó a mirar las piedras. Tenían unas
inscripciones: María: vivió 5 años, 6 meses, 3 semanas y 3 días. El viajero
leía disimulado las piedras: Pedro: vivió 8 años, 8 meses, 2 semanas y 21 días.
Mónica: vivió 3 años, 9 meses, 1 semana y 17 días. El viajero se dio cuenta de
que esas piedras no estaban allí por casualidad, habían más de las que había
visto por el césped, eran lapidas. La gente no vivía mucho tiempo en aquella
ciudad, así que una vez más la curiosidad le picó y le preguntó a aquel hombre
el porqué de aquella extraña enfermedad que hacía que no vivieran mucho tiempo
sus habitantes. El hombre lo miró y sonrió, y le explicó lo siguiente. Cada
persona tiene un libro, es el libro de su vida. En él van apuntando todos
aquellos momentos felices y lo que han durado. Un beso a mi amada: 15 segundos.
Un abrazo: 30 segundos. Compartir con una amiga momentos muy especiales: 12
horas. Cuando la persona se moría se anotaba todo el tiempo y se sumaba y se
inscribía en la piedra, porque ese era el verdadero tiempo que esa persona
había vivido su vida, sus momentos felices…
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Me dirijo a vosotros, mis
pequeños, porque ya es hora que sepáis de mí. Desde hace eones permanezco
dormida y durante siglos habéis crecido sin saber que yo estaba entre vosotros.
Todo cuanto veis nació de mis entrañas, yo soy la fuente de toda vida a vuestro
alrededor. Mis nombres se cuentan por miles y en cada rincón del mundo se
narran distintas historias de mi nacimiento. Algunos me veneran como a un dios
y otros me temen como si de un ente oscuro me tratara. Ni una cosa ni otra soy,
sólo vuestra madre, ni más ni menos. Yo soy el origen de todo cuanto veis y de
muchas cosas que están por llegar. Si no me he mostrado antes es porque
confiaba en vosotros, erais mis elegidos, mis paladines, mi confianza en el
futuro… ahora ya no estoy tan segura. No me he presentado entre vosotros porque
no era ese mi deseo, ahora las cosas van a cambiar. Sois tan jóvenes que no
prestáis atención a la historia que os precede, aún tenéis mucho que aprender y
el tiempo se agota, más os vale apresuraros.
Yo ya soy vieja, no sabéis
cuánto, mucho más que las piedras que pisáis, también hijas mías. He visto
pasar el tiempo desde mi trono de roca, fuego y agua. Día tras día, estación
tras estación, civilizaciones enteras han nacido y han caído ante mis ojos y yo
sigo inmutable como las estrellas sobre el cielo. Desde que tengo uso de razón
he creado y cuidado de infinidad de especies. Las plantas dieron la atmósfera
que os permite caminar bajo las nubes, y millones de vidas han sido necesarias
para que podáis teneros sobre las rodillas. No sabéis lo dependientes que sois
de los que os rodean, vuestra fuerza está en vuestro entorno. Al principio
pensé que erais mis nuevos guardianes, pues habéis de saber que he tenido otros
antes que vosotros, pero eso es otra historia. Cuando empezasteis a andar vi en
vuestras manos un enorme potencial y en vuestros ojos una fuerza cegadora, una
brillante luz que pensé sería la salvación de todos mis hijos. Os di bosques
con frutas y animales para que os alimentaran, os di montañas con profundas
grutas que os proporcionaran refugio. Durante siglos he vigilado vuestros
pasos, en silencio, en la distancia, esperando que crecierais, que maduraseis.
Habéis logrado maravillas, ya sois capaces de habitar cualquier lugar sin mi
protección, me siento muy orgullosa de vuestros progresos. Incluso habéis
conseguido llegar al espacio y colonizarlo. Sinceramente, no esperaba que
llegarais tan lejos en tan poco tiempo. No pasa el día en el que no rece para
que acudáis en mi ayuda pues debéis saber también que hay entes superiores a
mí, yo no soy una excepción en el universo, siempre hay algo más grande, algo
que nos supera a todos.
Aunque muchos de vosotros lo
sabéis, mi poder es inmenso. En mi mano está la capacidad para dar vida o
quitarla. Puedo protegeros de los rayos letales de mi padre, el sol; mi enorme
cuerpo impide que os traguen las corrientes del cosmos, manteniéndoos abrazados
a mí; os proporciono materia para crecer, para construir vuestras ciudades,
vuestros hogares; mis infinitos cielos detienen las rocas de fuego que caen del
espacio exterior y las más grandes son absorbidas por mis profundos mares para
que no os abraséis entre llamas. Desgraciadamente habéis elegido el camino equivocado.
Habéis diezmado a mis hijos del mar, exterminando a sus crías, contaminando sus
aguas, desecando mis lagos y ensuciando mis ríos. Estáis envenenando mi sangre.
Acabáis con los recursos que os proporciono sin tener en cuenta que podríais
mantenerlos durante siglos sin desgastarlos. Tenéis la tecnología suficiente
para producir energía limpia, ilimitada, y en lugar de eso decidís quemar
combustibles contaminantes y ensuciar mis cielos. Por vuestra culpa ya se
derriten los hielos en mis glaciares milenarios y vuestras amadas costas están
a punto de desaparecer, al menos como las conocéis ahora. No sois conscientes
del daño que me estáis causando, a mí y a vuestros hermanos pequeños. Nos
morimos poco a poco, debéis ayudarnos, o de lo contrario…
Mi poder es inmenso, al igual
que os he protegido tanto tiempo puedo borraros de la faz del mundo. Mis golpes
sacuden la tierra haciendo caer vuestros edificios como motas de polvo; mis
palabras levantan tempestades y ciclones que arrasan vuestros campos e inundan vuestras
ciudades. No soy una pobre indefensa, mi brazo no tiembla a la hora de aplicar
justicia y castigo. Cuando me enfado los volcanes escupen fuego desde mis
propios cimientos y puedo dejaros sin protección ante las energías del universo
con sólo pensarlo. En realidad no sois nada si os oponéis a mí. Vosotros erais
nuestra esperanza, nuestro futuro, nuestros protectores. Se acercan grandes
amenazas, nuevas sorpresas para las que ni yo misma estoy preparada, debéis
madurar ya. No os daré muchas más oportunidades, sois grandes, demostradlo
ahora. Vuestra mente supera de largo a las de los que os han precedido, vuestro
potencial es ilimitado, ayudadme a mantener con vida el planeta
No es mi intención haceros daño,
os quiero con locura, daría mi vida por vosotros si sólo de mí dependiera, si
de mí renegarais y nadie más sufriese el castigo. Pero no es así, yo soy la
madre de muchos y acudiré en su auxilio. Sólo me defiendo de vuestros ataques,
sólo defiendo a mis pequeños, a vuestros hermanos pequeños, a las viejas
montañas que os sirvieron de refugio, a los profundos bosques que os abrigaron
y os dieron de comer cuando aún ni hablabais. Por favor, despertad, ¿acaso no
veis lo que nos estáis haciendo? No nos aniquiléis, ayudadnos a sobrevivir… o
lo pagaremos todos a muy alto precio.
Si en lo más profundo de vuestro
corazón encontráis algo de amor hacia lo que os rodea es urgente que acudáis a
mi encuentro. Un enorme abrazo de vuestra vieja madre que os quiere y no os
olvida. Después de millones de años, aún tengo fe en vosotros.
Gaya
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Siempre he sentido una
cierta admiración por Groucho Marx, componente de aquel mítico grupo
cómico llamado “Marx Brothers”, o los Hermanos Marx, como prefiera el
lector. No todos los directores de cine eran capaces de dirigir esas películas,
que ya por el año 1921 arrojaban un humor que a mí, particularmente, me sigue
gustando como si se tratara de humor de febrero del año pasado. Son tantas las
partes graciosas que recuerdo de sus películas, que recordar sólo una sería una
pena, pero si tuviera que elegir una, sin duda, aquella escena donde se juntan
en un camerino donde apenas cabían 2 personas, chicas de la manicura,
fontaneros, personas de la limpieza, incluso una mujer que andaba buscando a su
tía, a lo que Groucho le dice a esta última mujer: “Pase, pase, y
búsquela entre la multitud”. El momento cumbre de la escena ocurre cuando los
camareros que traían toda aquella cena llena de huevos de ganso, abren la
puerta y salen disparados todas aquellas personas hasta el pasillo... sublime...
Y como no podía
ser menos y para terminar de introducir este “cuento”, podríamos estar hablando
aquí de miles de cosas, y anécdotas, pero me gustaría terminar con una de sus
frases célebres:
“Es una tontería mirar debajo de la cama. Si tu mujer tiene
una visita, lo más probable es que la esconda en el armario. Conozco a un
hombre que se encontró con tanta gente en el armario que tuvo que divorciarse
únicamente para conseguir dónde colgar la ropa.”
¿POR QUE LO LLAMAN AMOR CUANDO QUIEREN DECIR SEXO?
Detesto empezar a hablar del matrimonio, del amor y del noviazgo (creo que los
he citado a la inversa, pero en realidad no representa gran diferencia, a menos
que se esté enamorado). Como tengo tres hijos, es justo que supongas que he
estado casado... aunque he oído hablar de ciertas excepciones a la regla.
No estoy tan loco como para embarcarme en este tema. En la historia de la
humanidad no hay otro tópico que haya sido tan rastreado, hecho trizas y
machacado como los lazos sagrados para no mencionar los menos sagrados. Ninguna
revista que se estime en algo ha aparecido en los quioscos sin publicar por lo
menos dos artículos definitivos sobre el matrimonio y el noviazgo
(frecuentemente escritos por un grupo de célibes o de vírgenes, si es que queda
alguna). Ningún diario puede sobrevivir sin una columna de consejos
sentimentales, probablemente contigua a la sección cómica, la parte más
importante de la publicación. Por lo menos la mitad de las películas que se
hacen para la gran masa tratan del muchacho que conoce a la chica y del lazo
corredizo que el público se ha acostumbrado a esperar en el último rollo de la
película. Cada tarde en la televisión hay tres horas dedicadas a variaciones
sobre el tema de "La vida puede ser un éxtasis" y en la radio ocurre
otro tanto.
(...)
Mi primer matrimonio tuvo lugar en Chicago. Teníamos la licencia y dos dólares
y hubiésemos podido casarnos inmediatamente y sin trabas en el ayuntamiento,
pero mi novia insistió en que deseaba cierta atmósfera religiosa. Cualquiera que
se haya casado sabe que a esta altura de las relaciones, el novio, febril de
deseo, está dispuesto a conceder cualquier cosa.
No sé si Chicago ha mejorado, pero fuimos acribillados a preguntas
por cinco sacerdotes antes de encontrar a uno que consintiese en celebrar la
ceremonia. Parece que los cinco que nos rechazaron tenían objeciones religiosas
que oponer porque no éramos los dos de la misma fe. Además, cuando descubrieron
que ambos trabajábamos en el teatro, se apresuraron a acompañarnos hasta la salida.
(...)
No quiero ser irreverente, pero creo que estarás de acuerdo en que quienquiera
que creó el sexo ciertamente sabía lo que hacía. Aunque todo el mundo está loco
por él, la palabra en sí, pese a su brevedad, parece asustar a muchísima gente.
Los autores de canciones, en especial, siempre suprimen esta adorable palabrita
y la sustituyen por "amor". Ningún cantante (ni siquiera un tenor) se
atrevería a cantar El sexo es algo maravilloso. Con ese título la canción
obtendría un éxito multitudinario, pero el cantante sería puesto en la lista
negra por algún comité de moralidad. ¿La acusación? Incitar a la gente a que
haga una cosa perfectamente natural.
El amor abarca una multitud de emociones y de actitudes. Creo que puedes amar a
Dios, a un niño, al vecino (o a su esposa, elegir uno o el otro), e incluso a
un chucho. Pero el amor matrimonial nunca se define con claridad.
Cuando la gente ve a una pareja joven paseando sin rumbo, cogida del brazo,
ajena al mundo entero y tan apretada como dos plátanos en la misma piel,
invariablemente exclama:
-¡Oh, qué pareja más encantadora! ¡Qué enamorados están! ¿Verdad que es bonito?
Bueno, aquí es donde el viejo Groucho, experto en nada, saca fuerzas de
flaqueza y descubre su alma ante un mundo hostil. Lo llaman amor, pero, para
ser sinceros, en la mayoría de los casos no lo es. Se trata sólo de dos
personas que se encuentran sexualmente atractivas y que esperan, si hay suerte,
estar pronto uno en los brazos del otro.
Me gustaría saber lo entusiasmado que este Romeo se mostraría acerca de esta
Julieta si ella fuese patizamba, tonta y su busto estuviese manufacturado
en Akron, Ohio. Supongamos que tanto ella como él tuviesen patas de gallo.
Me pregunto lo fuerte que sería su amor en este caso, a menos, desde luego, que
resultara que ambos fuesen gallos, en cuyo caso se sentirían irresistiblemente
atraídos.
No niego que incluso las personas espantosas se casan (tómeme a mí, por
ejemplo), pero la mayoría de los jóvenes se casan porque sienten avidez por esa
sublime experiencia sexual que han estado acariciando en su subconsciente desde
que iban a la escuela, alentada por sus amigos, por las películas y por las
novelas baratas.
En La gata sobre el tejado de zinc, Tennesse Williams hace
que la madre señale una cama y diga: "Ahí es donde se deciden los
matrimonios". Si el señor Williams cree que en el matrimonio no
hay más que esa cama, le sugiero que repase de nuevo la obra y la escriba otra
vez.
No hay duda de que el sexo es la fuerza responsable de la perpetuación de la raza
humana. Si no existiese, la vida desaparecería en pocas décadas, lo que tal vez
no fuese mala idea. Creo, sin embargo, que el verdadero amor aparece sólo
cuando se han amortiguado las primeras llamaradas de pasión y quedan sólo las
ascuas. Este es el verdadero amor, que guarda sólo una relación remota con el
sexo. Sus partes integrantes son la paciencia, el perdón, la comprensión mutua
y una larga tolerancia hacia los defectos ajenos. Creo que esta es una base
mucho más firme para la perpetuación de un matrimonio feliz. Pero ¿por qué he
de divagar acerca de esto? Pongámoslo todo en manos del maestro, G.B.S.
(Shaw para ti), a quien cito: "Cuando dos personas están bajo la
influencia de la más violenta, la más insana, la más ilusoria y la más fugaz de
las pasiones, se les pide que juren que permanecerán continuamente en esa
condición excitada, anormal y hasta agotadora hasta que la muerte los
separe".
Ahora que el señor Shaw y yo hemos definido el amor y hemos hecho con
él un paquete pequeño, primoroso y superficial, prosigamos. Creo que la soledad
es responsable de más matrimonios que el tan traído y llevado sexo. He leído
muchísimas biografías describiendo la vida plácida del soltero, pero no te lo
creas. Un amigo mío llamado Devlin (hermano de sangre de Delaney)
me dijo una vez con cierto arrepentimiento que si durante los días de su
noviazgo hubieran existido la televisión y las comidas en lata, nunca se
hubiera casado. Hay la suficiente verdad en su afirmación para hacerme creer
que desearía no haberse dejado atrapar jamás.
El muy tonto no comprende que, prescindiendo de cuantas comidas en lata tragara
o de cuantos televisores tuviera en casa, seguiría estando solo. Las comidas en
lata son un invento maravilloso, pero no pueden reemplazar a una mujer enamorada
que cuida a su marido. Si tuviera que definirlo con una sola frase, tal vez
utilizaría esta: "El mejor banquete del mundo no merece la pena ser comido
a menos que se tenga a alguien con quien compartirlo". Y lo mismo ocurre
con todas las experiencias compartidas. La mitad del placer que supone ver la
televisión en casa consiste en que uno puede volverse hacia el compañero y
comentar los programas infames que las emisoras producen con toda deliberación.
No hay nada más espantoso que sentarse solo en el cine, sin nadie con quien
hablar. Durante mis retiradas de la vida matrimonial, con frecuencia
experimenté esta desagradable sensación.
Tal vez sea un caso excepcional, pero encuentro casi imposible ver una película
a menos que pueda lanzar a mi compañero, hombre o mujer, preguntas como: "¿No
habíamos visto el año pasado a ese gordo en Aquí
está la pubertad?”o "He olvidado quién ha dirigido esta porquería;
¿cómo se llama?" o "¿Crees que ella es verdaderamente culpable?"
Comprendo que esta clase de charla estúpida puede ser enloquecedora para mi
compañero, para no mencionar a los espectadores que nos rodean, pero es un
impulso que, por desdicha, no puedo dominar. Y ése fue el origen de una
aventura horrible.
Un sombrío fin de semana, sintiéndome con ánimo romántico, viajé
hasta Palm Spring. Cuando llegué estaba lloviendo. Había reservado
una habitación en un destacado club de tenis y, según tengo por costumbre,
andaba en busca de alguna compañía femenina. Aquel año el tiempo había sido
desusadamente malo (según la Cámara de Comercio) y en el club apenas encontré
elementos del sexo opuesto. Cené solo. Con excepción de mi respiración
profunda, la única distracción que había en el amplio comedor era el
atemorizador sonido que producía un viejo caballero situado en un rincón
lejano. Estaba deshaciendo una tostada en la sopa de almejas con la esperanza
de que este aditamento hiciera potable aquel mejunje.
(...)
Era una noche fría y húmeda, de modo que puse unos cuantos troncos en el hogar.
Aparentemente, algo iba mal en el tiraje porque, en lugar de aquellas llamas
alegres y cálidas que debían haberse alzado hacia la chimenea, la habitación y
yo empezamos a llenarnos de humo.
Me coloqué el sombrero y desplazando un poco mi úlcera hacia un costado, decidí
que antes de convertirme en un verdadero salmón ahumado era preferible
dirigirme al cine local. No recuerdo lo que se proyectaba. Sólo me sentía
atraído hacia ese cine por un anuncio que decía: "Se permite fumar en la
sala".
Al entrar, el empresario me saludó con toda la deferencia debida a un gran
artista. Dijo:
-¡Hola, Groucho! Quedan muchas localidades buenas. ¡Ja, ja, ja!
Su risa se convirtió en sollozos mientras yo penetraba en la sala.
La platea estaba vacía, con excepción de un hombre viejo que se sentaba en el
tramo central, absorto en lo que ocurría en la pantalla. Me encaminé
directamente hacia él. Como había entrado después de empezar la película, no
tenía idea de lo que ocurría ni de quienes eran los artistas. En consecuencia,
le lancé una serie de preguntas en rápida sucesión. Me respondió con otra serie
de respuestas breves y guturales. Después de esperar unos cuantos minutos, le
hice otra pregunta. En cuyo momento él recogió su gabardina y su sombrero y se
trasladó al extremo más alejado de la sala. Como no tenía a nadie más con quien
hablar, muy pronto salí del cine y regresé a mi hermoso refugio.
Abrí rápidamente todas las ventanas y me zambullí en la cama. Mientras yacía en
ella, tembloroso, un pensamiento terrible se me ocurrió. ¡Supongamos que el
hombre del cine hubiese acudido al empresario a quejarse de que un tipo
excéntrico, que había desparecido apresuradamente, había tratado de molestarlo!
¡Qué bonito titular hubiese hecho! GROUCHO MARX DETENIDO POR MOLESTAR A UN
ANCIANO EN UN CINE LOCAL.
(...)
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Una noche en Mercurio
23:47 de un jueves
otoñal. Denis, 23 años, sentado al borde de su cama mientras se esfuerza
por no dejar caer el teléfono debido a los 39º de fiebre y al constante vaivén
de estornudos y toses al tiempo que intenta hablar con Shanon, una amiga
muy (cuando digo muy es muy) especial y siete años mayor que él. Este último
dato, lejos de suponer un obstáculo para cualquier tipo de atracción entre
ambos, más que otra cosa, añade a esta relación una buena dosis de
incertidumbre, peligro, emoción y sano morbo para ambos, entre otras cosas. No
hablamos de atracción puramente sexual (que la hay) sino de un cúmulo de
circunstancias físicas, intelectuales y espirituales que en total tienen mayor
fuerza que un agujero negro engullendo toda estrella a su paso. La cosa, tras
una breve charla de más de una hora en tono jocoso y distendido sigue como
vemos a continuación:
-¿Qué llevas
puesto? ¿Estás con el pijama ya?
-¿Acaso eso
importa?
-No, es
simple curiosidad, soy una niña curiosa.
-Vale… si
es por curiosidad, llevo puesto el pijama rojo burdeos de raso.
-Vaya, ¿no
estás desnudo como el otro día? ¿Por qué?
-No, mi
afonía es indicadora de que estoy resfriado, hoy no he salido a correr y por
tanto no me he quitado la ropa sudada mientras hablo contigo, como el otro día.
Parece que te gustó y todo.
-Bueno, sí,
aunque hoy no es que sea muy sexy lo que llevas puesto. ¿Lleva botones?
-Sí, desde
arriba hasta abajo. ¿También es por curiosidad? Ten en cuenta que estoy enfermo
y con fiebre, a ver qué se te está ocurriendo.
-Pues si
estuviera ahí se te pasaría la fiebre. Desabróchate los dos botones de arriba.
¿Lo has hecho ya?
-Mmmm… sí.
-Ahora mete
la mano por debajo de la camisa e imagina que es la mía. Te toco poco a poco,
acariciando tu pecho, músculo a músculo. La paso por los hombros saboreando
cada segundo, cada centímetro de tu piel. Subo hasta el cuello tocándote sólo
con la punta de mis dedos, te rozo la cara y noto esa barba de dos días que
tanto me gusta. Ahora empiezo a bajar otra vez.
-¡Puf!
-Llego de
nuevo hasta tu pecho… y sigo bajando. Esta vez no me detendrán los otros
botones.
-En serio,
te estás haciendo una niña mala. ¿Te he dicho que estoy enfermo y con fiebre?
¡Esto no es justo! ¡Dentro de un rato pensaré que ha sido una alucinación!
-No he
terminado, escucha en silencio. Imagina que estoy dentro de tu cama, contigo
bajo el edredón y que te beso.
-¿Dios! Por
curiosidad científica, ¿qué llevas puesto? Bueno… no sé si quiero saberlo
teniendo en cuenta el centenar de kilómetros que nos separan.
-Llevo sólo
las braguitas y una camiseta corta.
-Fffffffff…
me da algo. Si estuviera allí ya no llevarías eso, aunque me subiera la fiebre
y me tuvieran que llevar al hospital.
-Estoy
contigo en tu cama, cierra los ojos, déjate hacer lo que yo quiera y escucha.
Mientras la sangre te llegue donde te tiene que llegar no importa que tengas
fiebre. Cuando terminemos ya avisaré yo a la ambulancia. No abras los ojos, ya
los tengo yo abiertos por ti. ¿Puedes sentir mi cuerpo sobre el tuyo?
Suavemente, apenas sin que lo percibas, rozo tu barbilla con mi lengua y bajo
por tu cuello despacio, muy despacio, para, al final, perderme bajo las sábanas
mientras acaricio tu pecho, abriendo con mi boca los botones de tu camisa,
siguiendo con mis labios el perfil que marcan tus costillas, saboreando cada
músculo, cada latido, sintiendo su calor como si fueras un volcán recién
despertado. Y mientras tú no puedes ni moverte y sientes como la sangre se te
acumula en determinadas partes de tu cuerpo yo sigo bajando, arrancándote todo
cuanto te cubría de mi vista y mis manos, dejándote totalmente desnudo. Tus
mejillas arden, los músculos de todo tu cuerpo se tensan haciéndose más duros
con cada descarga de adrenalina. Cada segundo que pasa, el contacto de mi piel
con la tuya se hace más intenso, los roces, las caricias… te muerdo bajo las
costillas, justo en ese punto donde el placer es más intenso, puedes sentir las
cosquillas pero no puedes moverte, eres mío y no tienes a dónde ir. No tienes
fuerzas ni para quitarme la ropa. No importa, yo lo haré por ti… mientras
puedes mirar si te atreves. Y ahora, si sigues vivo, lo que tú quieras…
-…
-Denis.
-…
-¿Denis?
-…
-¡Oye! ¿Estás bien?
-¿Eh?
-¿Te encuentras bien? Dime algo.
-¿Algo? ¿Dónde estoy? Ay,
perdón, se me ha caído el teléfono de la mano. ¿Qué ha pasado? ¿Por qué veo
borroso? Necesito una enfermera.
-Si quieres yo puedo ser tu
enfermera.
-Si quieres puedes venir ahora
mismo y hacerme lo que me estabas contando, que de la última parte no me he
enterado mucho, me gustaría profundizar en ese punto.
-Posiblemente si te viera ahora
me echaría al suelo temblando, el pico hormonal que tengo no podría
contrarrestar el miedo que me das.
-¿Pico hormonal? ¡Nooooooooo! Tú
no tienes un pico, tienes una cordillera. ¿Pero tú sabes lo que me acabas de
hacer por teléfono? ¿Y dices que si me tuvieras delante ahora te echarías al
suelo temblando de miedo? Tranquila, yo te cogería antes de que cayeras… y te
sujetaría las manos para hacer contigo lo que yo quisiera, en tu cama, en la
mía o en medio de un bosque con lobos aullando a dos metros. Si estuvieras aquí
no podrías haberme contado todo eso, te lo aseguro.
-Si estuviera ahí tú tampoco
podrías hablar, tendrías la boca ocupada, te lo aseguro. Y no podrías hacerme
nada, no me dejaría, jejeje.
-Te recuerdo que soy más grande
que tú, y más joven, no puedes competir con un niño de 23 años y 1,80 de
altura, con fiebre y más hormonas que un centro de reproducción asistida.
Estarías a mi merced en unos segundos… y te gustaría.
-¿Qué me harías tú, niño pequeño
y enfermo?
-Jejeje, no me hagas hablar, que
se me va a ir la poca voz que me queda.
-Vaaaaa,
dímelo, porfaaaaaaaa.
-Mira que eres mala. Antes no
eras así.
-Antes yo era la ratita de
laboratorio y tú el doctor, ahora tú estás en la jaula pero yo estoy contigo
dentro y tengo la llave.
-Pues te la quitaré y te seguiré
haciendo experimentos.
-La tengo escondida en un sitio
donde no te atreverás a meter la mano.
-No hará falta, te la quitaré
con la boca.
-Ups.
-En cuanto te tenga a menos de
tres palmos frente a mí sólo mediará una palabra antes de que recibas una
sorpresa de la que no podrás escapar. Sé que no te gustan las sorpresas pero
esta sí te gustará. No te diré por teléfono lo que te voy a hacer en cuanto te
tenga cerca pero si quieres podemos continuarlo durante todo un fin de semana.
-¿Te vendrías conmigo un fin de
semana a Toledo?
-Sí, aunque el sitio no importa,
dudo mucho que veamos el azul del cielo mucho tiempo, tengo cuentas que saldar
contigo.
-Jejeje.
-Ríe mientras puedas, luego ya
veremos qué haces.
Historia verídica al cien por
cien. Todo añadido es fruto sólo del embellecimiento literario justo y
necesario para hacer la escena comprensible. No le ocurrió a un amigo de mi
primo que vive en Cuenca y se llama Carlos Gilberto, no, me pasó a mí. Esto no
es ficción. ¿Qué os parece? Yo esa noche tuve unos sueños muy sugerentes. Me
desperté sudando y arañando las sábanas. Impresionante, todo comentario añadido
sobra en mi opinión.
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Era ya tarde. El reloj marcaba
cerca de la hora de las brujas, cuando estaba hablando con una amiga muy
especial que es de muy lejos, de un lugar donde llueve mucho y hace frío en
invierno. Charlábamos mediante el teclado y con la ayuda de las nuevas
tecnologías estábamos viéndonos mutuamente gracias a las cámaras. La
conversación, si se preguntan cómo se sucede en una videoconferencia, es
totalmente normal, pero cuentas con la ventaja que puedes ver a la otra
persona, cómo gesticula, lo que hace, si lleva gafas. En cierto punto de la
conversación vi cómo ella cogía el móvil y se ponía a hablar. Le llamaron un
par de veces aquella noche. Así que mientras esperaba como un caballero,
indagué un poco más sobre ella en una ficha de Internet que puedes publicar
libremente. Puedes poner datos personales, lo que te gusta, lo que no te gusta.
Y así lo hice, vi que le gustaba mucho Bécquer, entonces fue cuando me dije:”
¿por qué no le leo una poesía?”. Bécquer me gusta, leí toda su prosa cuando era
obligatorio en el colegio, pero resultó ser que me llegó a gustar. Después
analicé todas mis posibilidades. Simplemente teclearla sería un poco frío,
pedirle que la leyera desde la cámara ella misma... imposible. Mandársela por
mail… muy frío también… fue entonces cuando la bombilla se me encendió. Le dije
que estuviera atenta que le iba a dar una sorpresa y le fui presentando uno por
uno los elementos de la misma. Elemento 1: le mostré mi móvil. Elemento 2: le
mostré un libro, obviamente el de Bécquer, pero ella no lo pudo ver con
claridad. Elemento 3: y me señalé a mí mismo. Segundos después vi cómo alargaba
el brazo desde mi cámara y cogía el móvil. La estaba llamando para recitárselo
con mi voz, eso sí que era romántico. Las cámaras no iban a tiempo real,
así que había cierto retardo con respecto a mi voz. Por un momento me centré
solo en su voz, esa voz tan dulce que haría temblar a cualquiera. Y con una voz
muy dulce y profunda, como sacada del mismo corazón le dije:
Te vi un punto, y, flotando ante
mis ojos,
La imagen de tus ojos se quedó,
Como la mancha obscura, orlada
en el fuego,
Que flota y ciega si se mira al
sol.
Adondequiera que la vista fijo,
Torno a ver tus pupilas llamear;
Más no te encuentro a ti; que es
tu mirada:
Unos ojos, los tuyos, nada más.
De mi alcoba en el ángulo los
miro
Desasidos fantásticos lucir;
Cuando duermo los siento que se
ciernen
De par en par abiertos sobre mí.
Yo sé que hay fuegos faustos que
en la noche
Llevan al caminante a perecer:
Yo me siento arrastrado por mis
ojos
Pero a donde me arrastran, no lo
sé.
Mi voz fue temblorosa, estaba un
poco nervioso, no sé qué me pasó. Sentía cómo ella estaba al otro lado del
teléfono, fue algo que no sé cómo explicar con palabras, hay que vivirlo para
saberlo, fue genial, eso sí que lo sé. Cuando dije la última palabra, me callé
delicadamente y durante un instante los dos nos quedamos callados. Un instante
no es mucho, si lo piensas bien, en un instante no se pueden hacer grandes
cosas. Pues en aquel inciso nos dijimos de todo, sólo con nuestro silencio. Sólo
verla con el móvil en la mano, sabiendo que estaba allí conmigo, fue suficiente
recompensa para mí. Ver cómo sonreía por la cámara, ver que no podía articular
palabra... es algo indescriptible. Cuando pudo decir algo, poco, seguimos
hablando por el teclado, pero la conversación había desparecido, se creó un
ambiente como mágico, donde estábamos absortos viéndonos mutuamente sin mediar
casi palabras. Ella estaba guapísima, estaba casi a oscuras, solo una pequeña
luz me ayudaba a ver su cara, su cuello y sus ojos, esos bonitos ojos negros.
Estas cosas de la vida son las que te hacen sentirte vivo, las que puedes
anotar en el libro de tus momentos felices, en aquel momento no me importaba
nada, sólo verla a ella y disfrutar de ese instante mágico...
Esta noche me he sentido solo y
en la soledad de la noche he salido fuera a contemplar uno de los espectáculos
más bonitos. Allí estaban todas puestas en su correcto lugar, brillando,
arrojando luz hasta que llega a nosotros. No faltaba ninguna, todas allí
dispuestas según la hora y la estación del año. Algunas forman extrañas formas
de la mitología antigua, otras, símbolos del zodiaco, otras sin embargo,
pequeñas y tímidas, surcan el cielo, errantes y solitarias sin un destino
concreto. Han significado tantas cosas para los seres humanos, desde los Incas,
las tribus africanas, los primeros moradores de este planeta ya se preguntaban
qué eran aquellas luces que salpicaban el cielo. Eran estrellas, cientos,
miles, numerosas, son incontables. Y allí estaba yo, pensando en lo que
significó para todos aquellos hombres y mujeres que habían visto ese
espectáculo antes que yo, lleno de misticismo, magia, misterio, romance e
inmensidad. Lo que sí que tenía claro fue lo que significaba para mí en
aquellos momentos de mi vida. No estaba solo, había una persona a la que quiero
un montón. Delante de todas las estrellas únicamente pude pensar en lo que la
quería, en lo guapa que era, en las caricias que me daba cuando estábamos
juntos, recordaba cada beso, cada olor, cada roce con su pelo, su tacto de sus
manos con las mías. Pero había algo más detrás de todos aquellos pensamientos
que me hacía más feliz y me hacía sentir menos solo. Pensé en mi amor hacia
ella, y vi que lo que hacíamos los humanos era reflejar nuestras
vidas en las estrellas, pues así lo hice yo también sin darme cuenta. Sentí por
un momento que cada estrella que había allí simbolizaba un poco de mi amor,
todas y cada una de ellas tenían algo de sentimientos por ella, la persona que
quería. Cuando sentí eso, me di cuenta de la cantidad de estrellas que había y
que sin embargo no eran suficientes para decirle cuánto la amaba.
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