Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


15.-Un Sueño


UN SUEÑO


“Hay algo que me mantiene con fuerzas para seguir caminando por la vida, y es que me he dado cuenta que en las situaciones más tontas o inesperadas puedes llegar a encontrar gente que conociéndola tan poco llegue a significar tanto para mí, que te dediquen una sonrisa tras otra, que te animen cuando estas decaído y que te apoyen aunque estén lejos, cosas que mucha de la gente que conoces no ha hecho nunca y nunca lo hará.”


      Por eso eres especial para mí…


      La luz de la mañana empezaba a entrar tímida por la ventana de la habitación, invadiéndola poco a poco. Los primeros rayos me iluminaban las piernas, después el cuerpo para terminar acariciando mi cara. Fue entonces cuando empecé a despertar poco a poco de mi sueño, aquel sueño maravilloso que pareció durarme una eternidad, lleno de alegría, sonrisas y sucesos que escribirías en tu diario para que nunca se te olvidara… La luz natural del sol ya era omnipresente, brillante, cálida y difuminada por las cortinas que hacían que la habitación tuviera un ambiente como mágico, ese mismo color que aparece en los sueños más bonitos. Abrí los ojos lentamente, otro día había amanecido, algo tan obvio para todo el mundo, y algo tan bonito el simple hecho que la noche dé paso al día, para muchos ya una rutina, sólo para algunos, un milagro… esta vez algo había cambiado, me sentía distinto tumbado en aquella cama, me sentí amado. Un suave perfume me hizo estremecer, no era mío. Mi pelo estaba entrelazado con otro pelo más oscuro, moreno, rizado que compartía con el mío una parte de la almohada blanca, resaltando más aún el brillo de aquel pelo. Alargué mi mano y toqué su pelo, tenía un tacto suave y era largo. Instintivamente mi mano dejó de tocar su cabello negro y con un gesto de cariño se desplazó paralela a mi cuerpo hasta que encontró y acarició su mano. Lentamente, para no despertarla, me incorporé, miré que su cara de ángel iluminaba más que los rayos de sol de cualquier mañana. Uno tras otro, los besos iban rozando sus mejillas, suavemente, sin hacer ruido. Entreabrió los ojos, pero no paré de besarla, ella giró su cabeza buscándome, sus labios buscaban los míos. Mi mano, arropada por la suya, se separó por un momento para deleitarse con las caricias en las mejillas. Sonrojadas, suaves, con esos ojos tan expresivos de los que me había enamorado. Con un ligero susurro de mi voz aunque no despierta pero dulcemente, le dije: «Buenos días...»


      Hacía un tiempo increíble, el sol brillaba, sólo había algunas nubes blancas como de algodón que surcaban los cielos sin obstáculos movidas por la suave brisa que rozó mi cara cuando salí al patio. La temperatura era muy agradable, así que en un momento pensé que sería genial dar un paseo, ir a la playa y hacer algunas fotos. Cuando entré de nuevo en casa, me acerqué a ella, con cara de travieso, sin decir nada, me veía las intenciones con sólo ver mi cara y mis ojos. Le di un beso con más cariño aún que los de la cama y mirándola a los ojos, sin volver a decir nada, apoyé mi mejilla contra la suya y le dije en tono cómico: «¿Posarías en la playa para que un fotógrafo aficionado te hiciera unas fotos?». Me aparté para ver su reacción, sonrió de forma graciosa, le había gustado lo que le pregunté, le pareció divertido, entonces ella, se me acercó, me apoyó la mejilla, y susurrando graciosamente como yo lo hice dijo: «Lo haré sólo si el fotógrafo eres tú…»


       El aire soplaba un poco más fuerte en aquel castillo dedicado a visitas turísticas de mi ciudad. Separados del resto de gente, en los rincones más bonitos, estábamos los dos, ella guapísima con el vestido que se había puesto y yo con la cámara haciendo las fotos que siempre deseé hacer a una chica tan especial. Ella posaba para mí como una modelo, se reía con las cosas que le decía, estaba consiguiendo rasgos muy naturales en ella y las fotos que le hacía, eso me gustaba de ella, no tenia vergüenza por lo que estábamos haciendo y se divertía al mismo tiempo. El siguiente destino fue la playa, donde seguí haciéndole fotos. La playa era sitio mejor para aquel reportaje de fotos, donde me posaba con mi cámara en cualquier parte de su cuerpo, realzando cada curva, buscando que la luz fuera la correcta, y por supuesto, el momento, ese que determina si una foto es buena o no lo es.


      Con tantas fotografías y lo bien que lo pasábamos casi se nos olvidó que teníamos que comer. A ella le gustan mucho los restaurantes italianos, comer pasta, y las salsas que preparan. Ella también era una enamorada de Italia como yo y de sus parajes más bonitos, como también de Grecia. Uno de mis sueños es visitar una región de Grecia, Festo, Cárpatos, Sérifos, Sifnos, islas pequeñas con pocos habitantes con vistas al mar Mediterráneo. Tranquilidad, paseos a la luz de la luna por las calles y por la playa, con una persona especial a mi lado, cogidos de la mano y compartiendo la misma luna.


      Después de comer nos fuimos a escuchar un poco de música a un bar que conozco muy tranquilo, donde la música acompañaba con el momento que estábamos viviendo los dos. En la mesa, dos infusiones de menta y en el ambiente una música que relajaba pero no hacía dormirte. Yo mirándola con unos ojos entreabiertos que expresaban placer, tanto de estar en ese sitio como de estar con esa persona. La conversación se iba sucediendo por los caminos más dispares, pero siempre me aportaba cosas buenas, ese fue otro de los rasgos por el que me enamoré de ella. Risas, sonrisas, carcajadas a veces cuando contaba alguna anécdota graciosa de las que tanto me han pasado en mis viajes y paseos por el campo. Noté que siempre podría contarle cualquier cosa, podría confiar en ella, sentía que además de lo especial que era, podría ser mi confidente. Siempre tenía algo que decirle, y ese “algo” siempre era bonito. Sólo con su mirada y su sonrisa era suficiente para saber que le había gustado, y en ocasiones, tan solo sus ojos me hablaban y me decían tantas cosas que me quedaba absorto en ellos sin poder contemplar el resto de su belleza.


      Cuando ya habíamos charlado y reído, salimos del bar paseando tranquilamente, como si el mundo que nos rodeaba pasara sin nosotros, a otro ritmo. Ella llevaba una bolsa que abultaba un poco que cogió del coche, pero no pesaba. Yo llevaba mi cámara con la que iba a fotografiarla a la luz del atardecer, con esos tonos rojos, azules, amarillos pastel, que daba ese encanto a las fotos. Pero esas fotos ya tenían un encanto de por sí: salía ella. Cuando llegamos a la playa, nos quitamos los zapatos que llevábamos para notar la arena caliente que nos acercaba al mar, y allí tumbada, sentada, con todos los gestos que le propuse, ella los interpretaba como una modelo, una vez más, siendo objetivo de mis disparos, que ya dudaba que los estuviera haciendo la cámara, era más mi corazón el que inmortalizaba esas fotos y las guardaba en la mente, en lo más profundo de ella, para que nunca se me olvidaran esos momentos, esos gestos, esa sonrisa… ella…


      Agotado por la sesión, los ojos cansados de mirar por el objetivo y ya sin luz en el ambiente, caí rendido cerca de ella, con un gesto de satisfacción, satisfecho de todas las fotos que había hecho, demasiadas pensó ella, pocas, pensé yo. Sin decir nada estuvimos mirándonos, dándonos la mano y acariciándonos, transmitiendo más cosas que si estuviéramos hablando. El lenguaje de las manos era increíble, abrazos, sonrisas, todo era mágico. De la bolsa que llevaba en las manos, sacó una manta roja muy calentita, ya empezaba a hacer frío y aunque durante todo el día había hecho una temperatura buena, por la noche hacía frío. La humedad del mar hacía también que aquel ambiente fuera un poco incómodo, pero con la manta era distinto. Dentro del espacio que creó la manta a nuestras espaldas estábamos los dos acurrucados sintiendo cómo el calor que nos dábamos era suficiente para estar bien. Mejilla con mejilla, muy pegados, cogidos de la mano y en ocasiones, labio con labio. Sobre nosotros, una noche oscura como el carbón, se tendía sobre nosotros, resaltando las estrellas que poco a poco empezaron a salir tímidamente. Con ellas, se formaban las constelaciones, las figuras de la mitología y los signos del zodiaco. Señalé al cielo algunas de las constelaciones que me sabía y le contaba las tristes historias de la mitología, llenas de desgracias y desdichas. Bueno, había una que recordaba que me gustaba mucho, era la figura de la musa, que no era triste, sino esperanzadora. Figuras que inspiraban a los escritores, músicos y pintores para realizar sus mejores obras, con el simple propósito de hacer disfrutar a las personas de sus sentimientos. Yo en aquel momento no tuve que viajar años luz para buscar estrellas que me inspiraran, ni retroceder en el tiempo para vivir las historias de las musas… tenía una justo a mi lado, inspirándome las palabras más bonitas y las fotos más logradas.


      Cuando ya era tarde, recogimos lo poco que habíamos llevado con nosotros y nos fuimos a casa a descansar. Fue un día muy bonito, con buena compañía y que nunca olvidaría. Y allí estaba ella, donde empezó todo, a mi lado, en la cama, acariciando mi cara lentamente mientras nos quedábamos dormidos. Me quedé mirando sus ojos, y cómo se cerraban poco a poco, despierto hasta que ella se durmiera, a su lado, velando por sus sueños más bonitos. Cuando ya se quedó dormida le besé delicadamente. Mis ojos empezaron a cerrarse lentamente, aunque no quería hacerlo, porque no sabía qué iba a pasar cuando me despertara. . .  ¿Fue acaso un sueño? ¿Estaría a mi lado cuando despertara? Mis ojos se cerraron.


      A la mañana siguiente me desperté de nuevo extrañado. Mi olfato no tuvo la oportunidad mágica de oler la misma fragancia que ayer, mis manos recorrieron la cama buscando a esa persona cuando aún mis ojos estaban durmiendo. No encontraron nada. El pelo aterciopelado y suave no estaba entrelazado con el mío… todo fue un bonito sueño, un día, sin duda, precioso, inspirado por una musa actual, aquí reflejado, por ella y para ella, para el disfrute de todos.


      «Para Ella, una musa actual y real propia de los mejores de los sueños, digna de los mejores escritores, pintores y músicos. Para Ella, una vez más, más que nunca. »

0 comentarios:

Publicar un comentario