Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


2.- Otra Historia Más. Esta vez feliz



UNA NOCHE, SIN DUDA, INOLVIDABLE

       Dicen que lo prometido es deuda. Anteriormente dije en este relato, que contaría las cosas buenas también, y así lo voy a hacer. Porque no siempre lo que te pasa es malo, aunque a veces sí que lo parezca. Sólo a un pesimista muy bueno, le parecía esta noche muy mala.

        Personalmente me encanta la noche, tan oscura, tan llena de misterios, cosas que pasan sin saberlo, es una gran aliada si la tienes de tu parte, y una buena confidente. Te arropa con su frío incluso en algunas noches calurosas de verano. Es el momento del día que más me gusta, suelo trasnochar muchas veces, porque hay tranquilidad. Se puede aprovechar para leer, para encontrarse con uno mismo, para escribir las mejores cartas dedicadas a antiguas novias o amigas que hace tiempo que no ves, y que sin embargo, las aprecias tanto como para no mandarle un frío mail. Hay muchas más cosas que se pueden hacer por la noche, salir con los amigos, jugar al billar, pasear a la luz de la luna, por la playa, por el campo. Son cosas que serían distintas sin la noche, ésta las hace un poco más especiales. Pues bien, lo que pasó a continuación me ocurrió por la noche, uno de tantos días de Agosto. Fueron unas horas muy impresionantes, con muy buena compañía, no creo que lo pueda llegar a olvidar.

        Conocí a una chica muy maja en un encuentro de jóvenes en Málaga, en la época de Pascua. Me decidí ir allí por otra amiga de Valencia, que me animó para vernos y hablar un rato entre nosotros. Me tuvo que animar porque no tenía muchas ganas de ir, estaba un poco desmotivado, pero he de reconocer que tuve la gran oportunidad de conocer a una gran chica. Esta chica en cuestión es de Madrid y a continuación os cuento todos los sucesos que desencadenaron en esa noche fantástica.

        Lo primero que tuvo que pasar es que yo hablara con esta amiga de Valencia que ya os he comentado. El encuentro no fue casual y estuvimos mucho tiempo hablando por Internet. Fue ella quien me dijo la posibilidad de ir a la pascua de Málaga. Después de pensarlo un poco me decidí a ir, pensando en que algo bueno me tenía que pasar, porque no era una buena época para mí. Después de hacer todas las maletas, partía de la estación de autobuses con dos personas más de Alicante para Málaga. El viaje fue muy normal, no pasó nada destacable. Me encanta viajar, y sabía que iba a conocer a gente interesante y esta es la segunda cosa que más me gusta. Después de unas horas sentados, llegamos a la estación de Málaga. Allí nos esperaban dos responsables del encuentro para llevarnos hasta la zona donde estaban ya todos. Después de dejar todas las cosas en los “dormitorios”, estábamos en medio de 50 personas que no conocíamos de nada, con las que íbamos a compartir unos días juntos. Nos presentamos a todos como pudimos, intentando recordar algunos nombres, sobre todo los de las chicas más guapas. Una vez con un maremagno de nombres en la cabeza, y cuando sólo podrías asociar algunos nombres con sus caras, exploramos un poco todo aquello, paseando y hablando con algunas personas, a las que tenías que pedirles por favor que repitieran sus nombres. Lo que pasa siempre es que sueles coger un poco más de confianza con las personas que sueles tener más cerca, por cualquier motivo. Por ejemplo cuando comíamos charlábamos y afianzábamos la amistad aquella de compartir una misma pascua, o cuando desayunábamos, o simplemente por el hecho de formar parte de un mismo grupo de trabajo.


        Ahora mismo recuerdo muy bien algunos nombres y muchas caras, y todo lo que pasamos juntos. Pero no es motivo de este libro recordarlos a todos, sino contar las cosas que realmente me han hecho crecer como persona, aunque indudablemente hubo algunas de aquellas personas que me aportaron cosas. Pero solo fue con Ella con la que pasé una noche maravillosa. Siguiendo con la política de este libro de no mencionar nombres reales, inventaré uno para ella. No es tarea fácil asignarle un nombre a una chica que ya de por sí tiene un nombre precioso, pero lo intentaré. Esta chica se llamará Rebeca. Con ella tuve la oportunidad de compartir muchos desayunos y comidas, hablar con jerga tecnológica, y otras actividades que allí hicimos para el encuentro. Haciendo referencia a una frase que me encanta, parece que lo que pasó fue eso: “la vida atrae a la vida.” Descubrí poco a poco que teníamos muchas cosas en común, que le gustaban las ciencias, la música, la playa, era muy inteligente, era simpática. Sin darnos cuenta estábamos hablando de cosas muy interesantes, la veía muy viva, tenia mucha fuerza para vivir, y muy inquieta por descubrir cosas nuevas y seguir aprendiendo. Eso es algo que me fascinaba, y me sigue fascinando. Todo se terminó cuando nos tuvimos que ir a nuestros respectivos lugares de origen, Madrid, y Alicante, aunque ella nació en Elche.

        El contacto más tarde se hizo como se pudo, mensajes de texto, por teléfono o por Internet, estando tan lejos es lo único que se puede hacer. Después de varios meses recibí un mensaje suyo diciendo que ella venia a disfrutar de las hogueras de Alicante y que por qué no me iba con ella a pasear un rato. Así lo hice, se trajo a una amiga de Elche y lo pasamos muy bien, hablando y escuchando música por las abarrotadas calles de Alicante en hogueras. Fue ese mismo día cuando me dijo que en Agosto se pasaría de nuevo por Alicante, pero esta vez sin su amiga, que podríamos volver a quedar. Me hizo mucha ilusión cuando por fin me llega un mensaje diciéndome que estaba en Alicante. Así que la llamé, miré un concierto de Jazz en Alicante y quedamos para verlo y cenar tranquilamente. En cierto modo tenia muchas ganas de salir en buena compañía, sería la primera vez que voy a un concierto que me gusta con una chica. Me arreglé un poco y cogí el coche para ir al sitio donde quedamos. Allí estaba yo, en el coche, con camisa color negro y un tanto nervioso. Contarlo ahora no es lo mismo, porque no sé expresar exactamente cómo me sentía. Lo único que sabía es que si era yo mismo, todo saldría bien.

-¡¡Hola Rebeca!!
-Hola….
-Qué guapa que estás.
-Gracias, ¿cómo estás?
-Muy bien, has sido muy puntual, espero no haber tardado mucho, estaba aparcando.
-Sólo han sido unos minutos, no has llegado tarde.

                                                             (. . . )

-Bueno, ¿qué te apetece hacer?
-No sé, tú eres el de Alicante, dímelo tú. (sonrisa)
-Jejejeje, vale, vamos al centro, paseamos y cenamos por allí. ¿Vale?
-Estupendo, ¿por dónde se va?
-Tengo el coche allí aparcado.

                                                       (. . . )

        Todo el trayecto nos dedicamos a ponernos al día en cuanto al tiempo que hacia que no nos habíamos visto: carreras, notas, amigos en común, familia, un poco de todo, lo necesario para saber cómo esta la otra persona. No habíamos empezado a andar todavía y me fijé en sus zapatos negros, preciosos, con unos tacones un tanto altos, pero no exagerados.

-¿Puedes andar con eso? –le dije mirando a sus zapatos.
-Claro, son muy cómodos, aunque tú tranquilo, me quejaré. Soy muy quejica.
-Madre mía, yo no podría andar con eso, ¿no te hacen daño los gemelos?
-No, me he acostumbrado.
-Son como los que trajiste para las hogueras de Alicante.
-Si, aunque los que llevaba entonces eran más incómodos.

     El trazo de la carretera por donde íbamos andando no era muy estable, porque tenía algunos agujeros, y de vez en cuando vacilaba en dónde poner el pie para no meter el tacón fino en algún agujero.

       No pasó mucho tiempo cuando estábamos paseando por el puerto, recuerdo que hacia calor, calor que no se veía mermado por la proximidad al agua, si no más bien lo contrario. Había allí organizado un concurso de chicos y chicas o algo así, la verdad es que no me fijé, el caso es que pasaban por una pasarela, vistiendo poca ropa en forma de bañador y bikinis. Le propuse a Rebeca que participara, nos reímos un buen rato. En pocos segundos y como algo inesperado, pasó algo más cómico aun: Rebeca se quedó fijada al suelo, como pegada, sin poder moverse. Me paré, vi que se había quedado pegada al suelo, y me di cuenta que uno de sus tacones, el de la pierna izquierda, se había metido en una de las rendijas del suelo de madera que tapizaba todo el paseo. Después de unas risas, pudimos desatascar a la dama en apuros y continuamos nuestro paseo.

         Cerca de allí había unos billares en el centro comercial. Hablando de hobbies, una de tantas cosas de las que hablamos, le propuse la idea de echarnos una partida. Ella no sabía jugar en absoluto, pero me dijo que estaba dispuesta a aprender si yo la enseñaba. Y la verdad es que sí que aprendió, hizo unos golpes muy buenos para ser la primera vez que jugaba y yo le enseñé lo básico, disfrutando de cada palabra que le decía, cada gesto que hacía, en fin, para qué contaros: estaba guapísima esa noche, hiciera lo que hiciera. Me lo estaba pasando genial, hacía tiempo que no me reía así con alguien y pude ver que era el verdadero YO el que estaba con Rebeca. Parecía que todas mis relaciones con las anteriores chicas las había olvidado, y como si fuera mi primera cita, la disfruté y me sorprendía cada vez más con lo que hacía. Es como si la vida te brindara otra oportunidad de volver a vivir una experiencia bonita, de nuevo, por primera vez.

       Por si eso fue poco, un restaurante Italiano al que suelo ir (me encantan) era la próxima parada, por supuesto, para cenar. El camarero nos sentó en una mesa para dos personas, tranquila, zona no fumadores. Es en este punto donde tengo que decir que no tenía mucha hambre, pese a que hacía un montón de tiempo que no comía nada. Tenia una especie de cosquilleo por el estómago, y una especie de nervios, pero no lo asociaba con Rebeca. Más tarde me daría cuenta de que sí que era así. Buena música y buena comida y cuando nos quisimos percatar de la hora, cogimos el coche y nos fuimos a ver el concierto de Jazz.

         En pocos minutos llegamos al Club de Jazz, el 4 Gatos. La gente charlaba entre ella, y al fondo los músicos se preparaban los instrumentos para empezar a tocar. Al entrar ya estaba sonando la trompeta y el saxofón por los altavoces de algún disco que había puesto Alfredo, alguno de sus favoritos.

-Hola Alfredo, buenas noches
-Hola, ¿Qué tal lo llevas?
-Genial, ya estamos aquí para ver otro concierto de los que organizas.
-Muy bien, hombre, además habéis llegado en buen momento, están a punto de empezar.
-Menos mal, creí que había llegado tarde. – de pronto alguien gritó el nombre de Alfredo al fondo. Antes de irse a atender a los músicos me preguntó que quería tomar.
-Dos cervezas muy frías.

                                                             (. . . )

      El grupo era un tanto particular, un hombre bajito, procedente de Málaga que se le entendía mejor cuando cantaba en inglés que cuando hablaba en castellano, vocal y guitarrista. Otro hombre alto con gafas, muy gracioso, guitarra también. Y un contrabajista que tenía una forma de tocar las cuerdas un tanto extraña, pero que Rebeca me explicó que no dejaba de ser Pizzicato, una de las dos únicas formas de las que se puede tocar el contrabajo. Es una chica muy inteligente, y sabe mucho de música, me sorprendía cuando me daba detalles técnicos sobre los instrumentos o sobre la técnica que utilizaban los músicos. Creo que su inteligencia e inquietud eran las cosas que más me atraían de ella. De nuevo, brillaba, era distinto a todo lo que me había pasado, era maravilloso. Estaba en un Club de Jazz, escuchando la música que más me gusta, con una compañía inolvidable.

       El concierto se acabó. Rebeca y yo estuvimos hablando del concierto fuera, cuando fuimos a coger un poco de aire “limpio” ya que el del Club estaba un poco viciado y Alfredo en uno de sus ratos libres cuando no servía copas también me preguntaba cosas sobre el concierto y me advertía y aconsejaba de los que iba a traer en meses próximos.

       El ánimo mermó un poco y el cansancio se hacía presente, pero poco. Nunca me había sentido igual de vivo como aquella noche, y yo bien sabía que podía hacer muchas más cosas, la noche era joven. Cogimos de nuevo el coche y seguí las indicaciones para indicarme dónde vivía ella en Alicante. Llegamos a su casa, aparqué y la acompañé hasta su portal. Le dije lo bien que me lo había pasado, nos dimos dos besos y cuando me di la vuelta para dirigirme hacia el coche, ella con un tono un tanto extraño me dijo que si quería que subiera al piso a tomarnos un café. Eran sobre las 4 de la mañana y no supe cómo tomarme esa invitación a su piso. No sé cómo explicarlo, pero creo que alguna parte de mí creyó que iba a pasar algo más, aunque la otra parte de mí se lo había estado pasando tan bien con una chica que ni siquiera se lo creía. Y ya no sólo eso, me empezaba a atraer por lo simpática que era, y lo inteligente, la estaba conociendo más y cada vez que sabía algo más de ella, me gustaba un poquito más. Acepté la invitación, subimos y mientras ella se ponía cómoda, me dijo que preparara un café. Así me dispuse a hacerlo, lo tenía todo preparado, pero falló el gas. No sabemos por qué extraño motivo el gas no funcionaba, así que nos conformamos con zumo de naranja con soja.

     La conversación siguió por caminos diversos y casi inconexos, lo mismo estábamos hablando de la familia, cuando de repente hablábamos de las escalas mayores y menores del piano. Tecnología, biología, ecología, todo mezclado. Hasta que de pronto, y no recuerdo cómo, hablamos de la regla.

-Yo no os puedo entender realmente, porque nunca voy a tener la regla, pero me podría hacer una pequeña idea de lo que es, y por eso os entiendo.
-Sólo es acostumbrarse, sabes cuándo te va a venir, cómo evitar el dolor y todo eso, te acostumbras.
-Sí, es un ciclo, si conoces cómo funciona tu cuerpo es algo que puedes más o menos controlar.
-Ya, lo bueno es que son los tíos los que pagan las consecuencias – cuando dijo esto se dibujó una sonrisa en su rostro.
-Si, conozco a algunos amigos que pasan por esos suplicios y con algo de chocolate y paciencia logran reducir las consecuencias.
-Jejejeje Jose el pobrecito ya se ha acostumbrado a eso.

       Jose era un elemento más en la ecuación, que no tenía programado, pero de la manera en cómo hablo de él y los gestos que hizo, supe que no era su hermano precisamente. Fue en ese momento cuando me di cuenta de que ella tenia novio y no sé porqué, pero aunque no buscaba nada en ella, me sentí un poco raro, como estafado sentimentalmente. Fue una sensación muy extraña, creo que aunque no lo creyera, ella me gustaba inconscientemente. Haciéndome el despistado dije:

-¿Jose?
-Si, ahhhh creía que lo sabias…
-No, ¿quién es?
-Es mi novio. – mis suposiciones eran correctas.
-Anda, no lo sabía.
-Creí que estabas delante en una conversación en Málaga donde lo dije.
-Pues no.
                                                             (. . . )

     A partir de ese momento la conversación decayó, hasta que llegadas las  cinco y media de la mañana, me despedía de ella. Fue en el rellano de la escalera y con la puerta del ascensor abierta le dije:

-Bueno, ¿Cuándo vendrás por Alicante?
-Uffff ya no lo sé, el año que viene supongo, por Hogueras.
-Claro, ahora ya empezamos el curso y allí en Madrid….
-Claro.
-Bueno pues nada, espero que te lo hayas pasado bien y disfrutado del concierto. La próxima vez que vengas por Alicante y te apetezca escuchar Jazz me pegas un toque.
-Dalo por hecho. – me acerqué y le di dos besos.
-Por cierto...- con la puerta del ascensor en la mano y en tono irónico le dije- el café estaba muy bueno. – y sonreí.
-Jajajajajajaja muy bueno, sí.

      Mientras duró su carcajada y sin decir más palabras, le dije adiós con la mano. La pesada puerta del ascensor viejo se cerró tras de mí por su propia inercia y tocando el botón B de la botonera rayada y pintada, salí del edificio.

     Aquella noche sin duda inolvidable, sin duda había acabado. Y mientras me dirigía solitario por la carretera a mi casa, la luna me acompañaba cada kilómetro que hacía, y de fondo sonando alguna canción de mi radiocasete, al que no le presté mucha atención porque estaba pensando en la maravillosa noche que había tenido y en lo que había ganado y perdido.

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