Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


18.-Hasta Donde la Espalda Pierde su Casto Nombre


HASTA DONDE LA ESPALDA PIERDE SU CASTO NOMBRE


Aviso: voy a quejarme, que nadie se sorprenda después o se escandalice.

       
      Punto primero: estoy harto.
       
      Punto segundo: estoy harto por muchas cosas.
       
      Punto tercero: estoy harto por demasiadas cosas.
       
      Punto cuarto: estoy harto por tantas cosas que incluso algunas se me olvidan de vez en cuando y cuando las redescubro vuelvo a estar harto de ellas pero me parecen nuevas, por lo que las considero una cosa más por la que estar harto. ¿Difícil de entender? Pues coged la teoría de la relatividad, eso sí es arduo de asimilar neuronalmente. Quién tuviese la capacidad de Einstein para muchas cosas.
       
      Punto quinto: “por el culo te la hinco”. Célebre frase para este feliz 2005 que es lo que te repite todo el mundo, o las mismas circunstancias te lo hacen autorreflexionar, cuando te das de bruces en el lodo (uy, qué peliculesco me ha quedado, por Odín...).
       
      Pues sí, cuando algo se tuerce tiene, casi siempre, todas las papeletas para que además te toque a ti, no sé cómo se las apaña el universo para ello. La verdad es que hoy no ha sido un buen día: tengo décimas de fiebre, me duelen todos los músculos del cuerpo, he ido a la Santa Faz (el día de la Santa Faz... sólo alguien que lo haya vivido en sus propias carnes sabe las nefastas y funestas consecuencias que ello de por sí implica, por lo que no voy a entrar en detalle). Por sólo citar una suculenta escena, hemos estado parados media hora entre un grupo reducido de sudorosas y bulliciosas personas (de unas 1000 a 2000 personas, sólo) en una calleja estrecha de esas que improvisan en los mercadillos y ferias de los pueblos en verano con ese calor sofocante y aromas exóticos de todas las nacionalidades (y no precisamente de café y canela). En dicho lugar he tenido que soportar momentos tan incívicos como los que el lector puede llegar a imaginarse: gente metiendo los codos (que se los podían cortar por las ingles, por cierto), empujones, gritos, altercados callejeros tipo barrios bajos de New York City pero con menos glamour, comentarios soeces y estúpidos por parte de madres desalmadas que llevan a sus hijos de poco más de un año en carrito a ese atroz espectáculo que es la Santa Faz y luego tienen la barra de quejarse porque “alguien las ha empujado”... señora, hay más de doscientas personas en cien metros cuadrados, no hace falta ser muy avispado para saber que salimos a medio metro cuadrado por barba, en su caso sólo a bigote, señora, por cierto, el carrito de su bebé (que seguro que estaría más a gusto en su casa babeando sobre el reborde de un pulcro tacatá y no en medio de semejante nido de bacterias y mal rollo), sí, ese carrito que me está pisando los tobillos, está ocupando la mitad de mi medio metro cuadrado, pero usted no sufra que yo no la empujo. Eso por no hablar de los quinceañeros que llegan subidos a su más que mítico carrito del Mercadona o sucedáneo comercial cargado de su mortífero arsenal de espirituosidad etílica (de mala calidad, todo sea dicho de paso), su radiocasete también llamado “loro” y, atención por favor, el elemento que no puede faltar: un cachorro de perro con un pañuelo de la Santa Faz atado al cuello en estado de semiestrangulación. No hace falta decir que el cachorro de perro acaba hasta las narices de toda la humanidad entre tal océano de gente. Que si se me ha caído el cubata... ay, que el perro estaba debajo; que si súbelo para que salude a la Mari que pasa por allá al fondo; que si ahora lo atamos en este árbol pelado, sin hojas, sin ramas, al sol abrasador e inmisericorde, sin agua ni comida ni “na” de “na” mientras nos hacemos el segundo peta (el segundo detrás de cien que es cuando se pone el contador a cero). Luego a la gente le extraña que aparezcan casos de perros agresivos, pues si lo raro es que no se hagan satánicos los perros después del mal trago. En fin, como podéis ver no es que me divierta mucho ir a estos sacrosantos lugares en estas fechas tan bonitas y señaladas.
       
      Todo sería distinto si en lugar de ir con mis adorables padres y hermana como anexo, yo tuviese una novia, pareja, compañera sentimental, amiga especial, grupo de amigos cachondos y divertidos, colegas de fraternidad americanoide con chaquetas diseñadas a juego y/o divertimento similar o aproximado. Tampoco pido tanto, si es que incluso podría ir yo solo y conocer a alguien divertido en el camino, en plan peregrinación o romería pseudoespiritual con un conjunto poblacional de mi edad, con seres humanos de mi mismo nicho ecológico. Pero no, es que en esta ocasión no lo tengo, en estos momentos estoy hasta donde la espalda pierde su casto nombre y pasa a engrosar las filas de las palabrejas tabúes que repiten los niños de cuatro años como si les diesen superpoderes. Y eso me aburre, ya no me agota porque le puse remedio no hace tanto tiempo, simplemente me aburre.
       
      Llegados a este punto puedes abrir un amplio abanico de opciones para liberar la energía acumulada: quejarte, matar... ¿he dicho ya matar? Bueno, a lo mejor no son tantas. Podría decir aquello de “se puede salir por ahí de viaje con tu novia y así os desestresáis los dos juntos y hacéis locuras salvajes que nunca vienen mal”... ay, mira tú por dónde, si lo acabo de decir, que no tengo, oye. ¿Dónde está mi espada? No, ahora en serio, la violencia nunca sirve para nada (salvo en contadas ocasiones en las que bien utilizada puede ser de gran ayuda...)... ¡¿alguien quiere traerme mi maldita espada?! Afilada, por favor, los dos filos, gracias.
       
      Como me considero una persona civilizada y estoy en contra de la violencia física de toda índole voy a optar por la queja constructiva. Esto es un simple ejercicio de reflexión personal y desahogo emocional muy recomendable. Cuando estéis tan hasta las narices de vuestra vida que no le veáis solución a nada, ponedlo por escrito, puede que después tampoco le veáis solución, de hecho es más que fiable que no la encontraréis, pero, ¿y lo a gusto que te quedas después?
       
      Empecemos, a ver, a ver, sí, tengo una muy buena de esta tarde mismo, de después de salir del cine. Había dos niños jugando al balón, una pelota de esas de playa que si no te impacta a novecientos kilómetros por hora ni la notas, inofensiva al fin y al cabo. Estaban en la plaza central de un centro comercial, de esos que tienen unas personas deficientes contratadas (con todos mis respetos hacia los deficientes) que se llaman agentes de seguridad que hacen de todo menos que te sientas seguro. Pues la cosa es que los niños en sí, por raro que parezca, estaban jugando normal, a la antigua usanza, sin molestar a nadie ni con comportamientos agresivo-vandálicos, simplemente se limitaban a chutar suavemente la pelota y la dejaban rodar por el suelo a una velocidad moderada. Vamos, que mi abuela la podía haber esquivado sin demasiado esfuerzo. Y entonces ha intervenido el agente de la ley y el orden. Resulta que él tampoco es que tenga la culpa, eso es política y normativa de empresa pura y dura pero ¿dónde va a quedar esa España profunda y tradicional donde los niños jugaban al balón en las calles? Las calles ya son intransitables, mucho menos jugables. En los grandes centros comerciales si no hay espacios especialmente destinados a ello también es ilegal y motivo de persecución como si los niños fuesen herejes. Todo patio de vecinos que se precie de ostentar cierta categoría social debe contar con una placa metalizada donde verse “prohibido jugar al balón en el patio” y si la finca es más de renombre a lo primero se añade la muletilla “... montar en bicicleta y patinar”. Señores de España: cómanse un pastel.
       
      A mí me gusta ir en bicicleta. ¿Alguien se acuerda de cuando todavía había caminos de tierra entre campos de almendros, olivos y huertas por las afueras de Alicante y de los pueblos de alrededor? Pues yo sí. Me encantaba ir con mi padre por esos campos en bici, una gozada. De vez en cuando veías un rebaño de cabras o a un señor en caballo que se dignaba a saludarte. Era otro mundo. Si alguien ha vivido eso podrá decirme si recuerda haber visto al señor en caballo con casco. ¿A que no? Y que yo recuerde ni mi padre ni yo llevábamos casco para circular a 10 Km/h por esos magníficos campos con nuestros biciclos desmotorizados. ¿Realmente es necesario? Yo me niego a ponerme un casco con forma de pepino metálico para dar una vuelta con la bici por los alrededores de mi casa. Oigan, que si quiero matarme en el asfalto (porque ya no quedan caminos de tierra, ni olivos, ni almendros, ni huertos ni señores amables en caballo, por desgracia) es cosa mía y sólo mía. Si yo no quiero hacer responsable a nadie de que yo no lleve casco. La cultura de la protección de los países del primer mundo está muy bien. Creo que se la inventó un listo con gafas que se dio cuenta de que esos países estaban envejeciendo y no nacían muchos niños. Seguramente se le ocurrió la magnífica idea de que si encerraba a toda la población adulta entre algodones las bajas por mortalidad se reducirían drásticamente y todos contentos... pues yo no, mire usted por dónde me da dentera el algodón, prefiero notar el viento en la cabeza al salir en bici, gracias. Pero no, la cosa no es tan sencilla. Si la guardia civil te detiene o la patrulla de turno de la policía local de tu pueblo ha tenido un mal día por no haber llegado a tiempo al reparto matinal de dónuts glaseados se abre todo un universo de posibilidades de fantasía y ensueño: además del casco reglamentario y homologado debes estar equipado con bandas reflectantes en las ruedas (2 por rueda para ser preciso), luces delanteras, reflectante trasero y, en el caso que se circule después de una hora antes del ocaso, por si acaso, un chaleco también reflectante (todo, absolutamente todo, bien reglamentado y homologado, que no se os olvide). Que no lo llevas: sanción por falta de precaución. Te dan ganas de decirle al agente: mire, que ya si eso me requisan la bici, me ingresan en prisión preventiva por malhechor de la humanidad y ya, cuando esté a punto de cumplir la cadena perpetua rebajada a 30 años por buen comportamiento, si usted quiere, señor/-a agente, ya me compro un tanque para que no me pase nada al salir de casa... pero si salgo una hora antes del ocaso me meto un tubo de neón fluorescente por el culo para que pueda ser fácilmente detectado por un vehículo que se aproxime por detrás (que es por donde le van a dar a usted como me ponga una multa por tener las ruedas un poco flojas de aire, pedazo de melón).
       
      Que no, que no me da la gana ir con casco por fuera de mi casa, si me matan que me maten, uno menos, si somos más de seis mil millones, qué más da uno menos o uno más. Y por la noche cuando salgo a pasear por el poco campo que queda a las afueras de las ciudades no me sale del alma vestirme como Pumuki o como una drag queen en fallas. Los chalecos para cuando salgo de pesca y para las bodas, y a veces ni eso. ¿Pero qué se creen, que cuando paseo de noche me pongo en mitad de la carretera y cuando veo a un coche me quedo en plan mimo en medio del asfalto? ¿Pero es que son ustedes aneuronales o qué? Cuando paseo por la calle procuro ir por fuera del arcén, repito, no por el arcén, sino por fuera. Considero que hay un amplio margen de seguridad y si eso no es suficiente no creo que un chaleco del color de la madre de ET vaya a salvarme la vida. La cultura de la protección del ciudadano no sólo asfixia al propio ciudadano, lo que es peor, considera al ciudadano un lerdo descerebrado que no sabe obrar con sentido común. Parece el sueño de un malvado catedrático de derecho que pretende estipular y normativizar todo el comportamiento de los seres vivos inteligentes. Si algo no está estipulado en las leyes no puede usted hacerlo. Me niego, me declaro en rebeldía absoluta. Quizá tenía razón aquella amiga mía hippie en decirme que yo era un alma antisistema. Pues si he de serlo bienvenido sea, me niego a que aplasten mis libertades y vicios inofensivos más básicos, como el notarme el viento entre el pelo cuando salgo con mi mountain bike. ¿Por qué los políticos y letrados tratan tan obcecadamente de salvaguardar contra su propia voluntad a los contribuyentes? Si ellos van a cobrar lo mismo.
       
      Es como la evolución del cinturón de seguridad. Antes sólo el conductor y el copiloto estaban obligados a llevarlos, ahora son todos los pasajeros. Antes no había air-bag, ahora va a ser obligatorio en todos los asientos y laterales de un vehículo. Me parece muy bien que traten de velar por nuestra seguridad, pero no se pasen, por amor del dios que ustedes quieran. En vez de tanto dispositivo sacaeuros (que eso es lo que son al fin y a la postre: como los famosos dos triangulitos homologados para el coche y el chaleco amarillo) dediquen sus esfuerzos en una mejor educación vial, en enseñar desde pequeños aquello que no nos daban en las escuelas y nos tenían que contar la rana Gustavo, Coco y el Monstruo de las Galletas. Enseñen educación vial en las escuelas y dejen de obsesionarse por la seguridad, que el ser humano es capaz de cuidarse perfectamente él solito sin necesidad de artificios que son las leyes y los cascos para triciclos de bebés. Enséñenle a esa madre que no debe llevar a su hijo a una concentración de más de medio millón de personas bajo un sol sofocante y alborotos. A lo mejor, con algo de suerte, de esta forma no hacen falta ni autoescuelas que te cobren un pastón por enseñarte que es una infracción aparcar en un carril bici.
       
      Cambio de tercio: quiero tener una vida que sea mía. Quiero una casa, un horario, unas obligaciones, un jardín, un perro, una lavadora que poner, una mesa con comida que preparar de dos a cuatro veces al día, una cama que hacer todas las mañanas y que deshacer todas las noches, quiero ir al supermercado más cutre de la ciudad a hacer la compra para llenar mi (sí, he dicho “mi”) despensa. Quiero tener en la nevera la comida que a mí me guste y alguna exquisitez para mis invitados. Con 23 años nadie debería vivir con sus padres. Yo a mi familia la quiero mucho, en muchos aspectos es el arquetipo que me he formado de familia modelo, en resumen mi familia “mola mazo”. Pero en estos momentos mi casa no es mi casa, es la casa de mi familia, y mi vida no es mía sino compartida. Mi intimidad es un sueño que no se sostiene ni con escayola y hormigón armado. Estoy hartísimo de escuchar frases como “¿dónde vas?”, “¿con quién sales?”, “¿vas a tardar mucho en llegar?”, “¿has cenado, te hago algo?”. Son las típicas frases que se contestan con lo que sigue respectivamente: “Me voy a hacer la mili mamá”, “salgo con Tarzán que se ha hecho gay y lo conocí en la Ostra Azul anoche mientras nos hacíamos unos tripis”, “llegaré temprano, a eso del desayuno, o mejor, no vendré”, “sí, he cenado seis veces pero como he echado siete polvos tengo que repostar así que hazme cochinillo al horno, poco hecho, con salsa barbacoa y patatas de luxe grandes, bebida también grande, gracias mamá... no tendrás condones, ¿verdad? es que se me han acabado”, sólo por poner ejemplos de lo que se me pasa por la cabeza decirle a veces.

      Tengo muchísimas ganas de tener un cuarto que sea un lugar santo, donde no tenga que pedir permiso o dar explicaciones o soportar miradas furtivas e inquisidoras cuando meto a una chica dentro (aunque sea para jugar al parchís). Quiero poder gritar en mi casa todo cuanto quiera, sean obscenidades, jadeos, palabrotas o la tabla periódica de los elementos químicos con lantánidos y actínidos incluidos. Quiero regar mis macetas y que nadie me critique por la forma en la que he podado los setos o planchado una camisa. Sé cocinar, coser, lavar, comprar, organizar una despensa y/o nevera en condiciones, sé respirar por mí mismo y desde que cumplí un año me sobro y me basto para hacer mis necesidades y procurarme un aseo corporal digno y aséptico. Es más: sé hacer todo eso por mí mismo y si fuese necesario para alguien que no sea yo. Y a todo esto añado un amasijo de virtudes que no acaban de despuntar por falta de tiempo y espacio (quién tuviera una singularidad cuántica para alterar el mundo a su antojo). Entre tales virtudes destaco (ya que hoy nadie me ha echado un piropo) las de gustarme el buen cine, dar masajes, salir de excursión a la naturaleza, tener conocimientos básicos de medicina y primeros auxilios, escribir, dibujar, pintar, modelar arcilla, construir hormigueros, diseñar jardines, salir por la noche, hacer deporte, ir a nadar a la playa, mirar las estrellas con admiración, descubrir cada mañana un amanecer nuevo, adquirir animalillos sin techo, leer como un ninfómano de la palabra escrita, quedar con mis amigos cuando puedo, emborracharme (con límites) también cuando puedo y sobre todo cuando debo, nunca solo, siempre por una buena causa, y la más importante de todas mis virtudes: quejarme, pero ojo, poniendo soluciones a lo que puedo. Y en este punto es donde puedo decir aquello de puedo prometer y prometo, poniendo a Dios por testigo, que no ha de pasar más de año y medio tras que me licencie y encuentre un trabajo digno para encontrar casa propia y trasladarme. Necesito desarrollarme como persona individual, siempre he estado rodeado de gente: familia, novia... es la necesidad la que me empuja a querer tener un espacio propio, privado de verdad, mío por muy egoísta que suene. No es egoísmo, es un peldaño de mi vida. Sin él no podré nunca tener algo más grande que a mí mismo para compartir con nadie. Y ese es mi siguiente propósito: encontrar a alguien con mis mismas inquietudes con quien pueda compartir ese espacio, esa vida.
       
      Pensaba quejarme un poco más con cosas como la “pegajosidad” de las parejitas en primavera cuando uno no tiene parejita, cuando uno la tiene es maravillosos todo, el cielo es más azul, el agua más cristalina por cloro que contenga en cantidades industriales, las flores huelen mejor aunque sean de plástico y la vida es más mejor en general, por supuesto... puaj, asco, caca. Pues no, no voy a quejarme ni de eso ni de la contaminación, ni de mi gran falta de tiempo para hacer cosas que me gusten, cosa que por otra parte es culpa mía por comprometerme en demasiadas cosas, sino que voy a empezar en este momento a ponerle remedio a pequeñas cosillas que se me iban ocurriendo mientras escribía. Os dije que escribir las cosas de las que estás harto no asegura encontrarles solución pero clarifica mucho las ideas y las vías de actuación. Yo me he trazado un plan a tres años en tres etapas que inicié la semana pasada. No es infalible, pero asienta las bases de lo que quiero y lo importante es tener claro lo que se quiere. También me he propuesto tener un hijo siendo yo joven para poder llevarlo de viaje por medio mundo y no sé si lo conseguiré, pero es un propósito bueno, y eso es lo importante, luchar por los sueños más intensos que tenemos y no cansarnos, en todo caso aburrirnos y, llegados a ese punto, quejarnos, dar una coz a la mesa y ponerle remedio a las cosas que no nos gustan y que pensamos que están mal.
       
      Lo importante, si queréis sacar algo en claro de toda esta parrafada, es seguir adelante con nuestros ideales y cuando vemos algo mal, algo que a nosotros nos parece mal, no echar la vista a un lado, no lavarse las manos y desentenderse del asunto. Ante las injusticias, antes los tocanarices no hay que callarse, hay que luchar, luchar y luchar, no con espadas (que por cierto ¿dónde está la mía? Aún no me la han traído), hay que luchar con la palabra y la razón, con la ciencia que lo cambia todo y la magia que da ilusión a todo cuanto hacemos en la vida cotidiana.
       
      Hay que seguir adelante y si te caes no hay razón para no volver a levantarse, aunque sea maldiciendo y blasfemando, la cuestión es volver a ponerse en pie. Ánimo pues, manos a la obra.

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