REFLEXIONES DE UN GRANO DE ARENA
-¿Me das la mano?
-Sí, ¿por qué no?
-¿Me das un beso?
-Sí, ¿por qué no?
-¿Me das puntos suspensivos? (A buen entendedor…).
-Sí, ¿por qué no?
-¿Me das algo más?
-¿Algo más? ¿Por qué? ¿Qué me va a costar eso? ¿Me dolerá? No sé, dar algo más es raro… creo que nunca lo he hecho. De hecho creo que sería mi primera vez. ¡Oye, sería mi primera vez! ¡Mi primera vez es mía y me la llevo! A ver qué te has creído.
Oye, qué razón tiene esta persona, que la primera vez es algo nuevo, y lo nuevo es raro, y lo raro asusta, y mientras se pasa el susto te lo piensas… ¿por qué no unos cuantos añitos viendo la caja tonta y engordando felizmente mientras tanto? ¿Quién no ha deseado nunca una entrañable y cómoda vida vacía? Lo cierto es que las decisiones suelen ser difíciles a partir de los dieciséis, sí, esa edad en la que las pocas neuronas que han conseguido sobrevivir a los decibelios, el alcohol, tabaco, drogas varias, familiares y resto de fauna agresiva por fin consiguen despertar del trauma del parto y sus trágicas consecuencias y se ponen a funcionar. Podrán pensar ustedes que algunos despiertan antes, cierto, privilegiados, otros después, cierto, hay quien muere recién escupido del útero, no hay duda al respecto, sólo pregúntenle a algún político. Bueno, pensándolo a fondo, sólo hagan eso si quieren recibir una respuesta plenamente insatisfactoria, a estos es mejor mirarlos de lejos. Pues bien, ciñéndonos al grano (qué expresión más asquerosa, por cierto) y volviendo a los dieciséis, año arriba, año abajo, es cuando empezamos a tomar decisiones. Ojo, teñirse la mitad del pelo de verde e incrustarse un piercing rojo metalizado de 15 centímetros en plena clavícula no lo considerábamos una decisión importante. Cuando empezamos a decidir por nosotros mismos es el mejor momento de nuestras vidas. Al fin somos libres, pero libres para empezar a cagarla como cosacos. Disculpen mi lenguaje, el mundo me ha hecho así.
A menudo me planteo si es la misma meta la que nos fijamos todos en ese momento, yo creo que sí, nos proponemos ser felices. En el fondo todo deseo que tenemos en el momento en que tomamos las riendas de nuestra vida es buscar la felicidad. ¿Alguna vez ha sido feliz, feliz de verdad? ¿Cuánto tiempo duró? ¿Lo puede describir con palabras? Yo creo que la felicidad existe, pero la de verdad, esa que aún no he visto. Con esto no quiero decir que no haya sido feliz, mi infancia fue maravillosa, tengo amigos que pienso me durarán más que un diamante, mi familia siempre está ahí cuando lo necesito, la sangre es para siempre. Muchas veces he sido feliz, muy feliz, esa felicidad explosiva que te sale por todos los poros del cuerpo y lo inunda todo a tu alrededor. Infinidad de veces me ha asaltado la alegría y he reído sin motivo, he bailado aun sin saber o me he atrevido a cantar ante multitudes. He vivido segundos que no se podrían comprimir ni en diez años y que me han dejado una alegría infinita y al mismo tiempo un enorme vacío ya que un segundo, un segundo es, y pasa. La felicidad que digo es aquella que es fortaleza inexpugnable, inamovible, eterna y sólida, compartida. Creo que ya saben a qué me refiero. A veces he creído que la había tocado, que aunque difícil de mantener ya era mía, en mis manos la llave del futuro estaba. Luego llegan otros tiempos, la sombra te traga y los castillos caen. No hay dónde esconderse y las más terribles pesadillas se hacen realidad, locura, desesperanza.
Una vez le dije a una persona a la que quiero mucho, más pequeña que yo pero quizás más experta en la vida, que ante la muerte sólo se pueden hacer dos cosas, llorar y aprender. Ambas sirven de mucho en esos casos, las dos por igual yo creo. Si bien la muerte no es lo peor del gran libro del mundo. Hay cosas para las que no estamos preparados, una es la soledad, y no hay mayor soledad que la que prosigue al compartir de una vida, de un alma, la conjunción con otra persona. Si esa unión falla, si se pierde, es mucho peor que la muerte. No hay consuelo en el llanto ni aprendizaje satisfactorio. Es una pasada cruel, se mire como se mire. La soledad de ese momento es la más triste y negra que se pueda dar. En otro momento profundizaré más en esto ya que aunque sombrío y ominoso es el tema, pienso que mucho bueno se puede sacar de aquí, seguro.
Pues bien, eso que creí alcanzar en multitud de ocasiones no era mucho más distinto de mis segundos eternos, eternos momentos, sí señor, pero la eternidad también se acaba. Todo esto me hace reflexionar sobre la idea de las almas gemelas. Se supone que si la encuentras, la tuya, claro está, eso es felicidad completa, ya está, ya lo demás da igual. Debe ser la sensación más maravillosa e increíble del mundo y parte del extranjero (Suecia incluida). Tener una persona que te quiere como eres, que te comprende, que te abre su alma hasta lo más profundo del DNI, que te cuenta sus problemas y no tienes que preguntarte el porqué, simplemente se abre a ti, para darte todo, para recibirlo todo sin egoísmo ni codicia, el perfecto compartir. Sería perfecto encontrar una persona a la que no te haga falta acudir en los momentos en los que más lo necesites sino que ella ya te haya buscado porque sabía que estabas en apuros, y al revés, ojo. Sería un dar sin esperar porque ya sabes que nunca te hará falta esperar, que esa persona te lo dará todo sin más, porque te quiere, porque ta ama más que a su misma existencia. Quizás soy un romántico, quizá esto no es más que un cuento de duendes y hadas, algo que sólo exista en nuestro mundo mágico. A lo mejor esto es lo que se alcanza en la novena vida de los druidas, la última reencarnación, la de la unidad con el todo, el TAO. Fíjense en su alrededor: gente ahorrando desesperadamente porque no llegan a comprarse el último coche del mercado; yendo de maratón turístico por toda Europa para acumular una ingente colección de fotografías capaz de llenar el álbum de sus vidas; o estudiando doce carreras universitarias y recopilando columnas de curriculum para ser el número uno de su campo. ¿Y de qué sirve todo eso? ¿Un chalet de trescientos millones te puede abrazar cuando estás deprimido? ¿Realmente un auditorio repleto de gente hasta la bandera gritando enfervorecidamente tu nombre puede hacer algo porque duermas dulcemente cada noche tras recibir un beso en la mejilla? Lo material no es nada. Gente como Jesucristo, Mahoma o Sidarta ya hace algunos días que se dieron cuenta de esto. Bueno, quizá ellos habrían escrito algo mejor que estas líneas… creo que lo hicieron, ¿no?
Encontrar a alguien así debe ser lo más importante de la vida. Debe ser lo que nos dé la felicidad de verdad, esa que aún no he encontrado. Al menos, encontrar a esa persona debe ser el paso previo para cosas más importantes, si las hay. Dicen que las tres cosas más importantes para hacer en una vida son plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo. ¿Cuántas de ellas ha hecho usted? Yo, de momento, una… y media. Otra debería ser encontrar tu alma gemela, esa se la olvidaron. Ojalá nos mandaran una de esas cartas tontas de publicidad que te cuenta que has ganado un fabuloso premio para que vayas hasta un tugurio donde un avieso vendedor intentará encasquetarte un mamotreto de juego de cacerolas verde lima resistentes al ácido fenilbenzoico (yo es que no cocino con aceite). Volviendo a la susodicha carta, imaginen que al despegar la etiqueta mágica de “premio seguro, compruebe su número”, encontráramos debajo: “ha ganado usted un alma gemela, enhorabuena, además disfrute de nuestra promoción especial y por 1,95 Euros reciba también un juego de manoplas de cocina con motivos florales clásicos”. Sería una gozada y no lo de la Teletienda. Pues no. Hay que ir por la vida pegando tumbos relación tras relación, preguntándose todos los días si mañana saldrá el sol por el mismo sitio o si por lo contrario lloverá en Cuenca, lo cual me intriga tanto que no puedo dormir. Y es que esto es así, al menos lo que yo he vivido. Todo parece ir bien y la armonía cósmica ser perfecta cuando de pronto todo, sin saber cómo, cambia, se encoge, se atrofia y deja de funcionar y cuando vas a leer el libro de instrucciones para intentar arreglarlo recuerdas la trágica frase del vendedor que en su día ignoraste por verlo todo rosa: “las instrucciones están en ruso”. No hay ningún problema entonces, si eres ruso. El resto de mortales intentamos hacer algún truco de magia o de Bricomanía, probamos con la poesía o la canción salvadora, acudimos a los sentimientos más profundos y sinceros, no resulta, preguntamos, escuchamos sin poder entender, sufrimos, lloramos con la esperanza de que algún ente astral muy superior a ti tenga la benevolencia de intervenir, seguimos sufriendo, nos planteamos que la muerte después de todo no es tan mala y, entonces, con mucha suerte, acuden a ti amigos de los de verdad y consiguen que tomes algo de aire antes de hundirte con la soga al cuello. En esos momentos sería genial poder volver a la etapa previa a los 16, ¿recuerdan? Cuando el cerebro adornaba tanto, y eso. Desgraciadamente eso ya no es posible, somos adultos, qué terror cuando te das cuenta. Ahora los abrazos de mamá no consuelan como antes ni se te pasa todo si te pones a jugar a pillar con tus amigos del 5ºA, esos mellizos con un hermano pequeño cabezón que tanto relajaba al pegarle calvotes. Luego piensas en ahogar las penas con bebidas espirituosas pero resulta que las muy hijas de la Gran Bretaña (las penas) aprendieron a nadar en un curso de verano con Delfi y sus amigos, vamos, que no las hunde ni el meteorito que mató a Piecito y su familia de cuellilargos. Pobrecitos, por cierto.
Con el tiempo, mucho tiempo, las heridas cicatrizan y la piel de esas zonas se endurece. Es entonces cuando nos llega la hora de las promesas de la risa: “no tropezaré dos veces con la misma piedra”; “no lloraré más por la misma mujer”; “a buenas horas voy a dejar que me pase esto de nuevo, ya he aprendido la lección”. Permítanme una carcajada de esas que la boca se te abre hasta donde la espalda pierde su casto nombre. Siempre queda el riesgo de que se reabran las heridas, siempre queda ese riesgo.
Por todo esto es muy importante, prioritario en nuestras vidas, saber qué buscas, qué quieres y cuándo lo has encontrado. En caso de no saber esto la prioridad se transforma ligeramente en un “si no sabes lo que quieres, al menos ten muy claro lo que no quieres”, lo que no quieres ser. Esta fue una de las grandes lecciones de mi vida, me la enseñó una de los tres maestros de verdad que he tenido, la primera de ellos que citaré seguro más tarde, quien me enseñó a vivir y a ser yo mismo con mis primeros valores, aquí la llamaré Alfa. Mis otros dos maestros, Beta y Gamma, me enseñaron mi filosofía y mi futuro respectivamente. Habrá varias historias de ellos por ahí.
Creo que si encontramos a esa persona especial todo lo demás puede importar bien poco. El dinero, la salud, la fama, el prestigio, la libertad, cualquier cosa es nada al compararlo con eso. Ah, eso que tanto menciono tiene un nombre que no sé si he dado ya, algunos le llaman amor. Si comparásemos el universo con algo que nuestra mente pudiese entender sería con un desierto sahariano. Aun así, no hay suficientes granos de arena en todos los desiertos de la Tierra como para igualar en número a las estrellas del cosmos. ¿Creen que pueden imaginar lo enorme que es? Si alguien se ha atrevido a responder a esto afirmativamente, por favor, le suplico encarecidamente que deje de perder su maravilloso tiempo leyendo esto y se dirija a la NASA o la ESA (es lo mismo). Las ciencias Astrofísica y la Astronomía necesitan tener en plantilla al genio más superdotado que ha pisado nuestro modesto planeta en más de tres millones de años, en serio, no desperdicie su vida, parta sin demora al cosmódromo más cercano. Un neurofisiólogo y matemático célebre estableció una vez que el cerebro humano no es capaz ni de comprender la inmensidad que supone el número un millón. Es un buen ejercicio, intente imaginar la extensión y morfología de un millón de objetos idénticos dispuestos uno junto a otro, con canicas es más fácil. Para el universo hablamos de billones de billones de estrellas. Volviendo al mundo real, si entendemos esta comparación y sabemos algo de física cuántica, cada uno de nosotros seríamos como el leptón o el neutrino más diminuto del más minúsculo átomo de silicio del más pequeño gránulo de los que formaría el más nimio grano de arena de nuestro desierto imaginario… y usted que pensaba que tenía un salón amplio. ¿A qué puede aspirar dentro del todo semejante desecho de partícula subatómica? A amar y ser amado, eso es el máximo que encierra el grano de arena, no hay nada mayor ni mejor, ni más difícil. Espero no estar asustándoles, en realidad esto es divertido, y si no lo logras a la primera siempre hay nuevas oportunidades, aunque sea dentro de mil años. Ya se les avisó de que aquí tendrían tragedia y desvaríos, no se dejen impresionar que lo mejor llega con los casos puntuales.
Si alguien en este punto ya ha asumido su condición de neutrino y ha dejado de pensar que lo más grande que podía hacer era colonizar nuevos mundos con naves interestelares y dominar civilizaciones extraterrestres, quizá ya esté preparado para asumir el gran reto de entender el hilo filosófico-argumental que motiva este escrito. De no ser así siempre es bueno saber que aunque la Tierra desaparezca habrá alguno de nosotros a años luz de aquí con una flota de destructores planetarios defendiendo nuestras colonias, es un alivio, le deseo suerte pues. A los que acepten el reto más difícil de intentar comprender algo de las relaciones de pareja y su compleja metafísica, lo único que me resta por decirles es que se abrochen los cinturones, el viaje es largo y duro, de final incierto, lleven extremo cuidado y sobre todo no saquen las manos por la ventanilla. Por cierto, aún están a tiempo de plantearse la conquista espacial. Uf, sudo sólo de pensar en lo que viene.
Como ya habéis leído, este libro esta muy distante de ser uno como cualquier otro, ya sea de autoayuda o de literatura fantástica. En cuanto se vaya alargando un poco el relato podéis ir haciendo vuestras propias deducciones del mismo, del cual, estoy muy seguro que se pueden averiguar muchas cosas interesantes, tanto del propio relato como de quien lo escribe. Invito a todos los lectores a que se vayan haciendo sus propias teorías sobre este caso interesante, con las deducciones más profundas, tal y como lo haría aquel famoso londinense, amigo mío, y a quien tanto aprecio le tengo.
Me gustaría compartir con todo aquel que lea este quimérico cuento de enseñanzas y lecciones todo aquello que me ha ocurrido, y, además, en muy poco tiempo de mi existencia. ¿El motivo?, lo desconozco, pero creo que no importa. Quizás, si pensara de una forma egoísta, podría decir que es para desahogarme de todo lo que me pasa, pero nada más lejos de la realidad. Me gustaría demostrar que hay personas que defienden valores que algunos ya creen perdidos, y que dedican su vida a ello, cueste lo que cueste. Quiero demostrar que aún existen personas fuertes, capaces de enfrentarse a los más terribles enemigos en el campo de batalla, que es la vida, esos que llaman Héroes, y que esas personas maravillosas aun existen y están donde menos nos esperamos. Gente maravillosa con un valor y un corazón dignos de un cuento de hadas. Aún existen, buscan la felicidad y seguirán luchando para conseguirla…
Como todos los Héroes, hasta los más pintados, han tenido que superar grandes retos, tanto físicos, como morales. Ha sido su esfuerzo personal lo que les ha llevado al éxito, no sin cierto sufrimiento. El que algo quiere, algo le cuesta, eso está claro. En este relato se citarán, en más de una ocasión, dificultades, trabas, finales tristes, obstáculos, porque al fin y al cabo, así es la vida. Y no todo comienzo tiene necesariamente que empezar por el principio… (Bueno, yo me entiendo). Tengo que admitir que yo de igual forma tengo el mismo vicio que un compañero mío… a veces cocino con ácido fenilbenzoico, y así de esta manera comienzo mi fábula, con un final, un poco triste quizás, pero que te hace ver una cosa muy sencilla: “No hay más ciego que el que no quiere ver”.
Aun tengo en el recuerdo, una noche que significó el final de una relación que no había sido muy afortunada. Algún día contaré cómo fue la relación, porque lo que más me impresionó, sin duda, fue su última etapa. La relación no fue más que una muy corta experiencia de la que solo puedes sacar cosas que aprender.
En aquel entonces yo salía con una chica que me presentaron un sábado o un domingo, no lo recuerdo bien, a través de una amiga de carrera. Se llama Alicia, ese día fuimos 4 amigos a tomarnos un café en Alicante, corrían tiempos de invierno, eran finales de enero cuando todo esto ocurrió. La velada fue muy agradable, buena conversación, café y un buen sentimiento de mi parte sobre la nueva chica que había conocido cuando nos fuimos. El tiempo pasó, no muy deprisa, y estábamos saliendo, teníamos nuestros momentos altos y bajos, pero abundaban mas los bajos, ya que el ex-novio de Alicia le provocaba confusión y situaciones un poco comprometidas. Hasta que por fin, después algunos días, pasó lo inevitable.
Había terminado ya los exámenes de febrero, cuando unos amigos de Alicia y yo, decidimos ir a cenar a un italiano muy tranquilo que conocían. Esa misma noche, el ex-novio le había tendido una trampa a Alicia y fue a verla cuando salió de la autoescuela por sorpresa. Fue un poco tensa la situación, porque él no me tenia mucho aprecio. Como pudo, el amigo de Alicia, me sacó de la autoescuela y nos fuimos a esperarla a otra parte. Mientras en el coche, vi de reojo que mantenían una discusión bastante acalorada entre Alicia y su ex-novio, y por en medio había un ramo de flores. A partir de ahí, todo empezó a ir mal y mi cabeza por mucho que quería, desconfiaba totalmente de lo que estaba pasando, nada bueno se avecinaba. Al cabo de unos minutos ya se había librado de su ex-novio y nos encontrábamos todos en mi coche dirigiéndonos hacia el italiano. Tuve que romper un poco el hielo, porque la conversación, como os podéis imaginar, no era muy fluida y el ambiente se podía cortar con tijeras. Al final del trayecto casi sonreía, parecía que la cosa mejoraba, pero pasó algo que no me esperaba: una llamada del ex-novio cuando estábamos esperando la comida. Aún nos trajeron las pizzas y el teléfono había pasado ya por Alicia y por su amiga, y el interesado insistía más y más en que Alicia volviera con él. Después de hacerle comprender que ya molestaba, colgó, pero yo sabía que no estaba satisfecho con lo que esa noche había conseguido, aunque él no sabía que le había dado resultado, sólo hacía falta un poco de tiempo. Cenamos, una vez más con el ambiente un poco tenso, y mi mente una vez más, presagiaba el final de algo. Volvimos a casa de Alicia, sus amigos habían venido en moto, pero se la dejaron en su casa. Esa noche me acuerdo que volviendo hacia casa de Alicia, su cara ya no era la misma, ya no la hacia sonreír por mucho que me lo proponía, y estaba más pensativa que de costumbre. Una vez llegamos allí, la amiga de Alicia y ella se fueron a pasear y su amigo y yo fuimos a arreglar la moto, que tenia un cable de sujeción suelto. Yo ayudaba a su amigo a reparar la moto, pero ocasionalmente miraba a Alicia hablando con su amiga. Se veía en mi pareja unas claras muestras expresivas en su rostro que indicaban que estaba preocupada, triste, melancólica, aburrida, reflexiva. Cada vez mis suposiciones de lo que iba a pasar estaban más claras, es como si viese el futuro. Pasados unos minutos la moto estaba arreglada y ellas se acercaron a nosotros, nos despedimos y me quedé solo con Alicia hablando en el coche. Lógicamente me interesé un poco por la situación, pero yo bien sabía que no podía hacer nada para cambiarlo. Aquella llamada y aparición de su ex-novio no tenia marcha atrás posible. Estaba viviendo algo que no podía cambiar, y aún peor, sabía lo que iba a pasar, ¿cómo se sentirían ustedes ante algo así? Una conversación un tanto insípida se llevó a cabo, y segundo tras segundo sabía que lo nuestro se iba a acabar esa noche. La acompañé hasta el portal de su casa, entramos al rellano porque hacia frío, y allí le di el beso de buenas noches, con las luces apagadas de la escalera. Recuerdo muy bien que ella en esos momentos se mostraba más fría que la propia noche que nos acompañó durante aquella adversa confusión. Fue entonces cuando ya mis suposiciones se hicieron tangibles, sabía que ese iba a ser mi último beso que le diera, sabía que no iba a verla más, ni a ella ni a su familia, y ese iba a ser mi último adiós. Yo no quería que se acabara, había encontrado a alguien medianamente especial, que me entendía, con la que era un poco feliz. Quizás estaréis pensando que exageré un poco, o que pensé demasiado mal, pero ocurrió tal y como lo había imaginado: no volví a verla, no vi a su familia y después de una llamada suya diciéndome que aquella noche se había acordado de su ex, y que lógicamente aún lo echaba de menos, me armé de valor y, en la misma llamada, le dije que lo mejor sería que lo dejáramos. Ella pensó que también seria lo mejor, me lo estaba pidiendo a gritos, que la situación no era muy sostenible ya. Ella no quería hacerme daño dejándome, pero creo que más daño me hizo con todo lo que pasó aquella noche y habiendo compartido conmigo lo que compartimos cuando realmente no era la persona que ella tenía en mente.
Le prometí que no le hablaría durante algún tiempo, hasta que me recuperara de aquella traición con alevosía y nocturnidad (nunca mejor dicho) y pasaron 6 meses hasta que volví a mandarle un mail algo insípido, donde le decía que algún día volveríamos a ser amigos… algún día.
Hay que tener los ojos bien abiertos, ver lo que realmente nos está deparando la vida, y no crear un mundo en nuestro subconsciente donde todo es mejor, porque sea imaginario. En pocas palabras, aceptar la realidad y vivirla, eso sí, sin dejar de lado nuestros objetivos y metas, y mucho menos nuestros ideales.
|
0 comentarios:
Publicar un comentario