ANÉCDOTAS VARIAS.
Yendo para nuestro antiguo colegio, fuimos hablando en el
coche, como algún que otro viernes.
- ¡Eh, tío! Mira que tía
más buena…
- Joder…
- Pótale, pítale…
(El copiloto se apresura a bajar la ventanilla…)
- Piii Piiii
- ¡¡¡¡ GUAPA !!!!!
(...)
De vez en cuando
contamos anécdotas, cosas graciosas, chistes, refranes que nos gustan, en fin,
un sinfín de cosas casi inconexas que parecen no tener sentido nada más que
para nosotros. Todo cambia cuando a alguno de nosotros
se nos enciende la bombillita esa que dicen que tenemos encima de la
cabeza, pero que en realidad no deja de ser una fantasía de dibujos animados.
De pronto se dice, se plantea, se deja en el aire la siguiente cuestión: ¿y si
lo pusiéramos en nuestro libro? Al principio suena un poco descabellado, pero
si lo piensas bien, otras personas van a disfrutar de las cosas graciosas que
viviste. ¡Pero ojo! Hay todo tipo de anécdotas, algunas incluso
comprometidas que fueron contadas como secreto de sumario, o si no, algo muy
parecido. Ese tipo de anécdotas son un tanto peligrosas para ser contadas ahora
mismo, dejaremos un poco de tiempo para contarlas, pero todo se andará. De
momento el lector se tiene que conformar con las anécdotas graciosas. No son
pocas, y esperamos poner todas las que podamos. Supongo que este capítulo será
uno de esos actualizables, a lo mejor entras una semana y hemos puesto seis
historietas más.
Voy a empezar con algo
que incluye una situación y un refrán, pero que no se podría incluir como
anécdota, simplemente fue algo que me gustó mucho.
Era una tarde
tranquila, mi tío me había llamado porque había surgido un problema técnico en
unas cámaras que instalamos. Fui al taller y allí estaba un amigo suyo de hace
mucho años, y me lo presentó. Como parecía que no había mucha prisa nos fuimos
a tomar un café los tres tranquilamente. Tuvimos que hacer un poco de tiempo
hasta que una persona del lugar donde íbamos a reparar los aparatos llegara.
Así que tranquilamente estábamos en el bar contando un montón de cosas. Mi tío
hablaba con su amigo y éste solía preguntarme mi trabajo con mi tío. Hablamos
de cámaras, de electricidad, de antiguos compañeros de mi tío, y de trabajo. Me
di cuenta de que había hecho grandes cosas con mi tío como instalador y me
sentía orgulloso de que confiara en mí. Pasó un tiempo y vino mi tía donde
estábamos tomando el café, y conforme nos vio dijo: “reunión de zorros…”. Tuve
la impresión de que era un refrán, y que continuaba, pero ella no dijo nada
más, así que se lo pregunté. Claro, al preguntárselo supo que no me lo sabía, y
me miró con una cara de sorpresa. “Reunión de zorros, perdición de gallinas.”
Ahora tenía sentido, parecía que los tres estuviéramos planeando algo, como una
conspiración. De un modo extraño era verdad, en aquella reunión informal nos
contamos cosas sobre trabajo que nadie debería saber. Desde aquel día me ha
encantado el refrán y más de una vez lo utilizaré.
……………………………………………………………………
Ya era muy tarde
aquella madrugada de sábado. La luna brillaba, la noche había caído sobre la
ciudad con gran peso. Hacía una buena temperatura y se estaba bien. Salíamos
del 4 Gatos (para aquellos que no lo sepan es un club de Jazz donde se
organizan conciertos y se pone buena música, de Jazz y Blues, claro) y nos
dirigíamos hacia el aparcamiento, donde con gran delicadeza, había hecho una
gran maniobra aparcando el coche, todo hay que decirlo. A mi lado, una gran
chica, llamada ficticiamente para el libro, Verónica. Ella estuvo conmigo
disfrutando del Jazz, y de alguna que otra guitarra española que sonó en el
estéreo del bar. Toda la noche estuvimos hablando de derrotas y fracasos en
casi todos los campos de la vida posibles, desde las amistades, hasta los
concursos. Creo que sacamos buen provecho de lo que dijo cada uno allí, y
aprendimos el uno del otro.
-Qué bien se está dentro del
coche –dijo ella.
-Sí -olí un poco y se notaba
el tabaco del aire viciado del club.
-Pero huele un poco a tabaco.
-Es inevitable, ya se sabe…
en los bares…
-Son 3,45 € -interrumpió
desde una ventanilla el cobrador.
(...)
Salimos de aquellas
estrellas calles de la ruta de la madera y llegamos a un semáforo que daba a la
plaza de toros. Extrañamente cuando frené, ya que estaba en rojo, puse el freno
de mano. Detrás no había nadie, no había pendiente, y no tenía motivo para
poner el freno de mano, pero de todas maneras, lo puse, y de una forma ruidosa.
-¿Qué
haces? ¿Por qué has puesto el freno de mano?
Me quedé algunos segundos pensando
en porqué lo hice, y después de un momento, le dije:
-
¡Para darte un beso!
Ella no se esperaba esa
respuesta supongo, aunque creo que no hay otro motivo para poner el freno de
mano en esa situación si no es la de distraerse totalmente de la carretera,
aunque estés parado. Y no tranquilo con lo que le dije, añadí:
- ...además
cada vez que lo ponga querrá decir que te quiero dar un beso.
Con una chica guapa
como Verónica os aseguro que os gustaría utilizar el freno de mano en lugar del
freno normal, así que así lo hice. Cuando había un semáforo ya no tocaba el
freno normal, sino que paraba poco a poco con el freno de mano. Una vez
totalmente parados, me acercaba a ella y le daba un beso en la mejilla. Después
de dos semáforos y sus respectivos besos le dije:
-¿Podría acostumbrarme
a esto sabes?
-(ella rió)
-(yo sonreí)
Me lo pasé realmente
bien.
La conversación
continuó normalmente camino a casa. A esas horas no se suelen coger muchos
semáforos, porque hay poco tráfico. Noté que cuando un semáforo se ponía en
rojo y tenía que detenerme, ponía la mano en el freno, y ella empezaba a
reírse, sin decir nada, estuviéramos hablando de lo que estuviéramos hablando,
ella se reía cada vez que hacía el numerito del freno de mano, porque además
iba poco a poco tirando de la palanca, y hacía el ruido típico de
una carraca. Cuando estábamos quietos, beso que le daba.
Después de muchos besos
y de muchos semáforos, ella ya me acercaba la cara para que le diera el beso.
Estuvimos de cachondeo todo el trayecto con el juego del beso, y nos reíamos
como nunca me había reído.
Llegó ya el que
sabíamos que iba a ser el último semáforo que íbamos a coger. Puse el freno de
mano, y le di otro besazo. Ella de cachondeo dijo que menos mal que ese ya era
el último semáforo hasta llegar a su casa. Tenía razón, era el último, pero lo
que iba a hacer le sorprendió muchísimo, incluso yo me sorprendí a mí mismo:
aun el semáforo continuaba en disco rojo, quité el freno de mano, y lo volví a
poner de una forma tan escandalosa como siempre hacía. Ella me miró por un
momento y vio lo que hice. Se quedó congelada por un momento y después estalló
en una carcajada. Cómo no, me había merecido ese beso, y esta vez me lo dio
ella, me lo gané a pulso.
La acompañé a
casa como haría un buen caballero y me retire a la mía para descansar un poco.
Este trayecto me gustó
mucho, os lo podéis imaginar. Disfruté un montón y me lo pasé genial con ella y
con todo lo que nos reímos. Lo incluyo en el apartado de anécdotas, porque
realmente fue así, Verónica es una buena amiga mía y el resto de libro es para
hablar de las relaciones fallidas o no tan fallidas con el sexo femenino. Si
ella lo lee, que espero que algún día lo haga, sabrá que es ella aunque no se
llame Verónica. Desde aquí pongo el freno de mano de mi ordenador, parando este
fragmento de capítulo, y cómo no, acompañado de ese beso, que le doy a ella con
mucho cariño:
Un beso muy fuerte,
Multiflora...
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