DESPERTÉ CON AFRODITA
Y de entre los edredones
mullidos surgió ella, con movimiento lento, sinuoso, casi felino. Los rizados
cabellos impedían discernir su inmaculado rostro de porcelana. Desperté de
entre mi pausado sueño llevado por la sensación de ligereza y suavidad que
recorría mi piel desnuda. Sus pequeñas y blancas manos robaban la poca ropa que
quedaba sobre mi cuerpo, deslizándose y contoneándose sutil pero fuertemente
sobre mí; penetraba en mis poros su fragancia, su candente energía. Aquellos
traviesos dedos recorrían raudos uno por uno mis músculos, acariciaban mi
cuello para deslizarse lentamente, tocando cada fibra, hasta lo más profundo de
las sábanas de roja y aterciopelada seda. Sobre la tela viviente se dibujaba su
suave perfil, esbelto, apasionado, joven cual una estrella al nacer, apasionado
en cada sutil movimiento. Aparecía de las sombras para desvanecerse lentamente
en el mismo punto en el que surgía. Cada movimiento era en sí un éxtasis
profundo, un gemido contenido en susurro rasgado que corría por mis huesos en
todas direcciones. Mi piel ardía y se encrespaba presa del placer, al borde del
colapso más extremo.
Mientras recobraba el razonamiento
arrebatado por la noche iba descubriendo con asombro el alcance de sus actos.
Indefenso, sofocado entre las sedas de mi propia cama, en mi más sagrado
refugio, turbado y mirando a ninguna parte… a su entera merced me disponía a
contemplar impotente los acontecimientos de aquella mañana tan inusual. A
medida que comprendía que mis sentidos se aguzaban, imprimía mayor fuerza a sus
movimientos, haciéndolos rápidos, casi imperceptibles cuando la temperatura de
la piel llegaba al extremo. Comprimía su cuerpo contra el mío como si bajo una
montaña quisiera sepultarme. Lo cierto es que aquello no me hubiera importado
si sobre mí la hubiese tenido a ella por siempre. No podía moverme, no tenía
control alguno sobre los acontecimientos. La frente me quemaba. Sacó de nuevo
su mano para posarla sobre mi cuello. Cerré los ojos extasiado, incapaz de
hacer nada por detenerla, incapaz de querer hacer nada por detenerla.
Sus delicados dedos jugueteaban con mis zonas más sensibles ya al
rojo vivo. Quería abrazarla, tocarla con mis manos como ella hacía conmigo. De
repente rozó sus mojados labios en mi mentón, bajando lentamente por la
comisura de la mandíbula, llegando rauda al cuello para seguir descendiendo con
la punta de la lengua hasta llegar a la clavícula. Allí se detuvo, mordiendo
delicadamente el perfil de aquella curva… y siguió bajando, despacio, muy
despacio, presionando los músculos con las yemas de sus dedos, soplando
cálidamente, besando con fervor. Su voluptuoso cuerpo se imprimía sobre el mío.
Cada una de sus curvas excitaba al tocarme toda mi rígida anatomía. De pronto
bajó más e hizo algo para lo que no me encontraba preparado. Fue una total
sorpresa que me desconcertó. La adrenalina inundó mi cuerpo, me tensé tanto
como me fue posible, arqueando mi espalda y haciendo que las sábanas se
deslizasen hasta llegar a la mitad de mi cintura. Quise cogerla en ese
instante, detenerla y devolverle multiplicadas por mil aquellas sensaciones.
Tensé los dedos y lancé mis manos contra su indefenso cuerpo pero… estaba más
indefenso de lo que pensaba. El sofoco al que me tenía sometido había nublado
mi tacto. Durante todo el tiempo que la dejé hacer a su voluntad no me di
cuenta de las limitaciones que me había impuesto. Mis muñecas estaban atadas al
cabezal de la cama con finos pañuelos de tela roja. Estiré con las pocas
fuerzas que me restaban, febrilmente, siendo consciente de la inutilidad de mis
acciones. Nada logré con eso. Consciente de su superioridad y mi sorpresa,
volvió a emerger de las mantas de seda. Sonreía malévola como nunca la había
visto. Las profundas turquesas de sus ojos hirieron los míos penetrando hasta
lo más hondo de mi alma, jugando con ella con mayor facilidad de como lo hacía
con mi cuerpo. Apoyando ambas manos sobre mi pecho se colocó como un felino que
acorrala a su presa contra un muro de piedra. Desde su posición elevada se
regodeó unos segundos en contemplar mi situación. Clavó sus uñas en mi piel
provocando que cerrase mis ojos un momento. Aprovechando aquel acto juntó sus
labios con los míos. No abrí los ojos, aunque el leve dolor del pecho cesó al
instante. La dulzura de su lengua, mientras jugaba con la mía, se juntó con el
ambarino perfume de su cuello, con el sensual movimiento de sus caderas
comprimiendo mis firmes abdominales, rozando lentamente, a un lado y a otro. La
tensión era máxima, era casi demencial. Sus manos, raudas, intrépidas pero
sigilosas, acariciaron mi nuca, mi pelo, se deslizaban a una velocidad
vertiginosa erizándome los cabellos. Mis muñecas enrojecían ante el constante e
intenso roce con los pañuelos. Sus iris de marcadas
vetas verdeazuladas me tenían rodeado, me conminaban al silencio más
glacial en medio de un flamígero sol candente.
En ese instante su rostro
cambió. Sus ojos se oscurecieron, su blanca tez se endureció cobrando un cariz
todavía más sensual; los ojos a medio abrir se volvieron a un lado para dejar
de mirarme directamente, ignorando mi presencia deliberadamente. A medida que
se erguía, su figura se dibujaba en medio de la habitación, iluminada por la
tenue luz del amanecer que se escurría por las cortinas. Las sábanas rodaron
espalda abajo, lenta, muy lentamente, como si pudiesen saborear la caricia de
aquel tacto prohibido. Arqueaba ligeramente su espalda, marcando el contorno de
sus pechos, de los músculos de sus ingles. Sus hombros proyectaban sombras
chinescas sobre la cama mientras intentaba contener la sonrisa que escondía
dentro de sí, provocándome, incitándome aun a sabiendas que tenía pleno control
sobre mí. Inclinó la cabeza hacia delante con un rápido movimiento. El largo y
ondulado pelo cubrió la mitad de su cara y el blanco de sus dientes de
alabastro se vislumbró como una estrella en mitad de una noche en el mar.
Entonces clavó de nuevo su mirada en la mía y, mientras se arqueaba sobre sí
misma hacia atrás hasta tocar con su espalda la cama, susurró: “Si esperabas
algo para venir, deja de esperar y ven”. Fue ese el momento en el que descubrí
que había dormido al lado de una auténtica diosa.
Noté cómo mi cuello, mis
hombros, los trapecios, antebrazos… toda la musculatura de la parte superior de
mi cuerpo aumentaba de volumen, se endurecía hasta extremos insospechados que
jamás había experimentado. De un fuerte estirón rasgué la tela de uno de los
pañuelos liberando la mano derecha para incorporarme al instante y soltar mi
otra extremidad. Y allí estaba ella, esperando. Parecía dormida, los párpados
sellados, su respiración lenta y calmada. La postura en la que se encontraba
resultaba estimulante a la vista, ya de por sí excitada por los anteriores
minutos de ardiente juego. La cogí entre mis manos. Sujeté con fuerza sus
hombros y la levanté de la cama. Al principio dejó el cuello laxo, oscilando en
el aire. La mordí, mordí su cuello indefenso al tiempo que sentía la vibración de
su risa. Poco después volvía a agarrar mi nuca con sus suaves manos, volvía a
besar mis labios de igual a igual mientras yo sujetaba su espalda humedecida
por el sudor. Con mis dedos recorría su contorno, acariciaba sus pechos, su
vientre, siguiendo por el dorso de sus piernas esculpidas. Aquella mujer
perecía haber sido forjada en las entrañas de un volcán. Me hacía perder el
control sobre mis actos, me hacía perder la noción del tiempo. Caí sobre ella
rodeando con mis piernas las suyas, inmovilizando con mis brazos sus muñecas,
recorriendo su figura como ella había hecho conmigo. Con la mano izquierda
sujeté las dos suyas fuertemente a la altura de los pies de la cama. Con la
diestra fui bajando mientras la miraba fijamente a los ojos, fundiéndonos en uno
solo. Poco a poco abrió la boca y perdió su mirada en el techo, dejándola en
blanco a cada parpadeo. Los jadeos se hacían cada vez más rítmicos e intensos,
más fuertes, más impulsivos. Aquella diosa no me permitía distinguir entre
arriba y abajo, las dimensiones de mi mundo resultaban indescifrables con ella
al lado, dentro de ella y con ella en mí. Empezamos a girar sobre las sábanas
en un ir y venir frenético. En aquel momento no éramos nosotros, no éramos
conscientes de lo que hacíamos.
Mi vista se nubló y mis sentidos
se sobrecargaron entre gemidos, olores y sensaciones que no sería capaz de
describir. Todo cuanto aconteció a partir de ahí se pierde entre mis recuerdos
al tiempo que se mezcla con mis deseos más recónditos e inconfesables, sin llegar
a saber qué sucedió en realidad.
Pasaron las horas y, finalmente,
sucumbí a un sueño más dulce de lo que nunca experimenté en mi vida. Unos
cálidos brazos recogieron mi cuerpo arropándolo con ternura. Unos cristalinos
ojos velaron a escasos centímetros los míos hasta que se cerraron agotados,
rendidos por el incesante estímulo al que había estado sometido todo mi ser. Al
tiempo que caía en brazos de Morfeo, escuchaba su voz, aquel etéreo susurro que
me acunaba como a un niño, aquel rítmico palpitar de su pecho junto al mío,
sincronizadas nuestras respiraciones en una sola, en un camino único por el
mundo de los sueños que recorreríamos al mismo tiempo.
En aquella mañana de frío
invierno encontré al fin mi placentera noche. En aquella noche encontré mi
sueño, mi deseo superado en mil veces hecho realidad, a mi lado postrado, justo
antes de dormirse conmigo en el mismo soñar.
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