Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


10.-Desperté con Afrodita


DESPERTÉ CON AFRODITA

Y de entre los edredones mullidos surgió ella, con movimiento lento, sinuoso, casi felino. Los rizados cabellos impedían discernir su inmaculado rostro de porcelana. Desperté de entre mi pausado sueño llevado por la sensación de ligereza y suavidad que recorría mi piel desnuda. Sus pequeñas y blancas manos robaban la poca ropa que quedaba sobre mi cuerpo, deslizándose y contoneándose sutil pero fuertemente sobre mí; penetraba en mis poros su fragancia, su candente energía. Aquellos traviesos dedos recorrían raudos uno por uno mis músculos, acariciaban mi cuello para deslizarse lentamente, tocando cada fibra, hasta lo más profundo de las sábanas de roja y aterciopelada seda. Sobre la tela viviente se dibujaba su suave perfil, esbelto, apasionado, joven cual una estrella al nacer, apasionado en cada sutil movimiento. Aparecía de las sombras para desvanecerse lentamente en el mismo punto en el que surgía. Cada movimiento era en sí un éxtasis profundo, un gemido contenido en susurro rasgado que corría por mis huesos en todas direcciones. Mi piel ardía y se encrespaba presa del placer, al borde del colapso más extremo.

Mientras recobraba el razonamiento arrebatado por la noche iba descubriendo con asombro el alcance de sus actos. Indefenso, sofocado entre las sedas de mi propia cama, en mi más sagrado refugio, turbado y mirando a ninguna parte… a su entera merced me disponía a contemplar impotente los acontecimientos de aquella mañana tan inusual. A medida que comprendía que mis sentidos se aguzaban, imprimía mayor fuerza a sus movimientos, haciéndolos rápidos, casi imperceptibles cuando la temperatura de la piel llegaba al extremo. Comprimía su cuerpo contra el mío como si bajo una montaña quisiera sepultarme. Lo cierto es que aquello no me hubiera importado si sobre mí la hubiese tenido a ella por siempre. No podía moverme, no tenía control alguno sobre los acontecimientos. La frente me quemaba. Sacó de nuevo su mano para posarla sobre mi cuello. Cerré los ojos extasiado, incapaz de hacer nada por detenerla, incapaz de querer hacer nada por detenerla. Sus  delicados dedos jugueteaban con mis zonas más sensibles ya al rojo vivo. Quería abrazarla, tocarla con mis manos como ella hacía conmigo. De repente rozó sus mojados labios en mi mentón, bajando lentamente por la comisura de la mandíbula, llegando rauda al cuello para seguir descendiendo con la punta de la lengua hasta llegar a la clavícula. Allí se detuvo, mordiendo delicadamente el perfil de aquella curva… y siguió bajando, despacio, muy despacio, presionando los músculos con las yemas de sus dedos, soplando cálidamente, besando con fervor. Su voluptuoso cuerpo se imprimía sobre el mío. Cada una de sus curvas excitaba al tocarme toda mi rígida anatomía. De pronto bajó más e hizo algo para lo que no me encontraba preparado. Fue una total sorpresa que me desconcertó. La adrenalina inundó mi cuerpo, me tensé tanto como me fue posible, arqueando mi espalda y haciendo que las sábanas se deslizasen hasta llegar a la mitad de mi cintura. Quise cogerla en ese instante, detenerla y devolverle multiplicadas por mil aquellas sensaciones. Tensé los dedos y lancé mis manos contra su indefenso cuerpo pero… estaba más indefenso de lo que pensaba. El sofoco al que me tenía sometido había nublado mi tacto. Durante todo el tiempo que la dejé hacer a su voluntad no me di cuenta de las limitaciones que me había impuesto. Mis muñecas estaban atadas al cabezal de la cama con finos pañuelos de tela roja. Estiré con las pocas fuerzas que me restaban, febrilmente, siendo consciente de la inutilidad de mis acciones. Nada logré con eso. Consciente de su superioridad y mi sorpresa, volvió a emerger de las mantas de seda. Sonreía malévola como nunca la había visto. Las profundas turquesas de sus ojos hirieron los míos penetrando hasta lo más hondo de mi alma, jugando con ella con mayor facilidad de como lo hacía con mi cuerpo. Apoyando ambas manos sobre mi pecho se colocó como un felino que acorrala a su presa contra un muro de piedra. Desde su posición elevada se regodeó unos segundos en contemplar mi situación. Clavó sus uñas en mi piel provocando que cerrase mis ojos un momento. Aprovechando aquel acto juntó sus labios con los míos. No abrí los ojos, aunque el leve dolor del pecho cesó al instante. La dulzura de su lengua, mientras jugaba con la mía, se juntó con el ambarino perfume de su cuello, con el sensual movimiento de sus caderas comprimiendo mis firmes abdominales, rozando lentamente, a un lado y a otro. La tensión era máxima, era casi demencial. Sus manos, raudas, intrépidas pero sigilosas, acariciaron mi nuca, mi pelo, se deslizaban a una velocidad vertiginosa erizándome los cabellos. Mis muñecas enrojecían ante el constante e intenso roce con los pañuelos. Sus iris de marcadas vetas verdeazuladas me tenían rodeado, me conminaban al silencio más glacial en medio de un flamígero sol candente.
       
En ese instante su rostro cambió. Sus ojos se oscurecieron, su blanca tez se endureció cobrando un cariz todavía más sensual; los ojos a medio abrir se volvieron a un lado para dejar de mirarme directamente, ignorando mi presencia deliberadamente. A medida que se erguía, su figura se dibujaba en medio de la habitación, iluminada por la tenue luz del amanecer que se escurría por las cortinas. Las sábanas rodaron espalda abajo, lenta, muy lentamente, como si pudiesen saborear la caricia de aquel tacto prohibido. Arqueaba ligeramente su espalda, marcando el contorno de sus pechos, de los músculos de sus ingles. Sus hombros proyectaban sombras chinescas sobre la cama mientras intentaba contener la sonrisa que escondía dentro de sí, provocándome, incitándome aun a sabiendas que tenía pleno control sobre mí. Inclinó la cabeza hacia delante con un rápido movimiento. El largo y ondulado pelo cubrió la mitad de su cara y el blanco de sus dientes de alabastro se vislumbró como una estrella en mitad de una noche en el mar. Entonces clavó de nuevo su mirada en la mía y, mientras se arqueaba sobre sí misma hacia atrás hasta tocar con su espalda la cama, susurró: “Si esperabas algo para venir, deja de esperar y ven”. Fue ese el momento en el que descubrí que había dormido al lado de una auténtica diosa.
       
Noté cómo mi cuello, mis hombros, los trapecios, antebrazos… toda la musculatura de la parte superior de mi cuerpo aumentaba de volumen, se endurecía hasta extremos insospechados que jamás había experimentado. De un fuerte estirón rasgué la tela de uno de los pañuelos liberando la mano derecha para incorporarme al instante y soltar mi otra extremidad. Y allí estaba ella, esperando. Parecía dormida, los párpados sellados, su respiración lenta y calmada. La postura en la que se encontraba resultaba estimulante a la vista, ya de por sí excitada por los anteriores minutos de ardiente juego. La cogí entre mis manos. Sujeté con fuerza sus hombros y la levanté de la cama. Al principio dejó el cuello laxo, oscilando en el aire. La mordí, mordí su cuello indefenso al tiempo que sentía la vibración de su risa. Poco después volvía a agarrar mi nuca con sus suaves manos, volvía a besar mis labios de igual a igual mientras yo sujetaba su espalda humedecida por el sudor. Con mis dedos recorría su contorno, acariciaba sus pechos, su vientre, siguiendo por el dorso de sus piernas esculpidas. Aquella mujer perecía haber sido forjada en las entrañas de un volcán. Me hacía perder el control sobre mis actos, me hacía perder la noción del tiempo. Caí sobre ella rodeando con mis piernas las suyas, inmovilizando con mis brazos sus muñecas, recorriendo su figura como ella había hecho conmigo. Con la mano izquierda sujeté las dos suyas fuertemente a la altura de los pies de la cama. Con la diestra fui bajando mientras la miraba fijamente a los ojos, fundiéndonos en uno solo. Poco a poco abrió la boca y perdió su mirada en el techo, dejándola en blanco a cada parpadeo. Los jadeos se hacían cada vez más rítmicos e intensos, más fuertes, más impulsivos. Aquella diosa no me permitía distinguir entre arriba y abajo, las dimensiones de mi mundo resultaban indescifrables con ella al lado, dentro de ella y con ella en mí. Empezamos a girar sobre las sábanas en un ir y venir frenético. En aquel momento no éramos nosotros, no éramos conscientes de lo que hacíamos.
       
Mi vista se nubló y mis sentidos se sobrecargaron entre gemidos, olores y sensaciones que no sería capaz de describir. Todo cuanto aconteció a partir de ahí se pierde entre mis recuerdos al tiempo que se mezcla con mis deseos más recónditos e inconfesables, sin llegar a saber qué sucedió en realidad.
       
Pasaron las horas y, finalmente, sucumbí a un sueño más dulce de lo que nunca experimenté en mi vida. Unos cálidos brazos recogieron mi cuerpo arropándolo con ternura. Unos cristalinos ojos velaron a escasos centímetros los míos hasta que se cerraron agotados, rendidos por el incesante estímulo al que había estado sometido todo mi ser. Al tiempo que caía en brazos de Morfeo, escuchaba su voz, aquel etéreo susurro que me acunaba como a un niño, aquel rítmico palpitar de su pecho junto al mío, sincronizadas nuestras respiraciones en una sola, en un camino único por el mundo de los sueños que recorreríamos al mismo tiempo.
       
En aquella mañana de frío invierno encontré al fin mi placentera noche. En aquella noche encontré mi sueño, mi deseo superado en mil veces hecho realidad, a mi lado postrado, justo antes de dormirse conmigo en el mismo soñar.

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