HASTA DONDE LA ESPALDA PIERDE SU CASTO NOMBRE
Aviso: voy a quejarme, que nadie se sorprenda después o se
escandalice.
Punto primero: estoy
harto.
Punto segundo: estoy
harto por muchas cosas.
Punto tercero: estoy
harto por demasiadas cosas.
Punto cuarto: estoy
harto por tantas cosas que incluso algunas se me olvidan de vez en cuando y
cuando las redescubro vuelvo a estar harto de ellas pero me parecen nuevas, por
lo que las considero una cosa más por la que estar harto. ¿Difícil de entender?
Pues coged la teoría de la relatividad, eso sí es arduo de
asimilar neuronalmente. Quién tuviese la capacidad
de Einstein para muchas cosas.
Punto quinto: “por el
culo te la hinco”. Célebre frase para este feliz 2005 que es lo que te repite
todo el mundo, o las mismas circunstancias te lo hacen autorreflexionar,
cuando te das de bruces en el lodo (uy, qué peliculesco me ha
quedado, por Odín...).
Pues sí, cuando algo se
tuerce tiene, casi siempre, todas las papeletas para que además te toque a ti,
no sé cómo se las apaña el universo para ello. La verdad es que hoy no ha sido
un buen día: tengo décimas de fiebre, me duelen todos los músculos del cuerpo,
he ido a la Santa Faz (el día de la Santa Faz... sólo alguien que lo haya
vivido en sus propias carnes sabe las nefastas y funestas consecuencias que
ello de por sí implica, por lo que no voy a entrar en detalle). Por sólo citar una
suculenta escena, hemos estado parados media hora entre un grupo reducido de
sudorosas y bulliciosas personas (de unas 1000 a 2000 personas, sólo) en una
calleja estrecha de esas que improvisan en los mercadillos y ferias de los
pueblos en verano con ese calor sofocante y aromas exóticos de todas las
nacionalidades (y no precisamente de café y canela). En dicho lugar he tenido
que soportar momentos tan incívicos como los que el lector puede llegar a
imaginarse: gente metiendo los codos (que se los podían cortar por las ingles,
por cierto), empujones, gritos, altercados callejeros tipo barrios bajos
de New York City pero con menos glamour, comentarios soeces
y estúpidos por parte de madres desalmadas que llevan a sus hijos de poco más
de un año en carrito a ese atroz espectáculo que es la Santa Faz y luego tienen
la barra de quejarse porque “alguien las ha empujado”... señora, hay más de
doscientas personas en cien metros cuadrados, no hace falta ser muy avispado
para saber que salimos a medio metro cuadrado por barba, en su caso sólo a
bigote, señora, por cierto, el carrito de su bebé (que seguro que estaría más a
gusto en su casa babeando sobre el reborde de un pulcro tacatá y no en medio de
semejante nido de bacterias y mal rollo), sí, ese carrito que me está pisando
los tobillos, está ocupando la mitad de mi medio metro cuadrado, pero usted no
sufra que yo no la empujo. Eso por no hablar de los quinceañeros que llegan
subidos a su más que mítico carrito del Mercadona o sucedáneo
comercial cargado de su mortífero arsenal de espirituosidad etílica
(de mala calidad, todo sea dicho de paso), su radiocasete también llamado
“loro” y, atención por favor, el elemento que no puede faltar: un cachorro de
perro con un pañuelo de la Santa Faz atado al cuello en estado
de semiestrangulación. No hace falta decir que el cachorro de perro acaba
hasta las narices de toda la humanidad entre tal océano de gente. Que si se me
ha caído el cubata... ay, que el perro estaba debajo; que si súbelo para que
salude a la Mari que pasa por allá al fondo; que si ahora lo atamos en este
árbol pelado, sin hojas, sin ramas, al sol abrasador e inmisericorde, sin agua
ni comida ni “na” de “na” mientras nos hacemos el segundo peta (el segundo
detrás de cien que es cuando se pone el contador a cero). Luego a la gente le
extraña que aparezcan casos de perros agresivos, pues si lo raro es que no se
hagan satánicos los perros después del mal trago. En fin, como podéis ver no es
que me divierta mucho ir a estos sacrosantos lugares en estas fechas tan
bonitas y señaladas.
Todo sería distinto si
en lugar de ir con mis adorables padres y hermana como anexo, yo tuviese una
novia, pareja, compañera sentimental, amiga especial, grupo de
amigos cachondos y divertidos, colegas de fraternidad americanoide con
chaquetas diseñadas a juego y/o divertimento similar o aproximado. Tampoco pido
tanto, si es que incluso podría ir yo solo y conocer a alguien divertido en el
camino, en plan peregrinación o romería pseudoespiritual con un conjunto
poblacional de mi edad, con seres humanos de mi mismo nicho ecológico. Pero no,
es que en esta ocasión no lo tengo, en estos momentos estoy hasta donde la
espalda pierde su casto nombre y pasa a engrosar las filas de las palabrejas
tabúes que repiten los niños de cuatro años como si les diesen superpoderes. Y
eso me aburre, ya no me agota porque le puse remedio no hace tanto tiempo,
simplemente me aburre.
Llegados a este punto
puedes abrir un amplio abanico de opciones para liberar la energía acumulada:
quejarte, matar... ¿he dicho ya matar? Bueno, a lo mejor no son tantas. Podría
decir aquello de “se puede salir por ahí de viaje con tu novia y así
os desestresáis los dos juntos y hacéis locuras salvajes que nunca
vienen mal”... ay, mira tú por dónde, si lo acabo de decir, que no tengo, oye.
¿Dónde está mi espada? No, ahora en serio, la violencia nunca sirve para nada
(salvo en contadas ocasiones en las que bien utilizada puede ser de gran
ayuda...)... ¡¿alguien quiere traerme mi maldita espada?! Afilada, por favor,
los dos filos, gracias.
Como me considero una
persona civilizada y estoy en contra de la violencia física de toda índole voy
a optar por la queja constructiva. Esto es un simple ejercicio de reflexión
personal y desahogo emocional muy recomendable. Cuando estéis tan hasta las
narices de vuestra vida que no le veáis solución a nada, ponedlo por escrito,
puede que después tampoco le veáis solución, de hecho es más que fiable que no
la encontraréis, pero, ¿y lo a gusto que te quedas después?
Empecemos, a ver, a
ver, sí, tengo una muy buena de esta tarde mismo, de después de salir del cine.
Había dos niños jugando al balón, una pelota de esas de playa que si no te
impacta a novecientos kilómetros por hora ni la notas, inofensiva al fin y al
cabo. Estaban en la plaza central de un centro comercial, de esos que tienen
unas personas deficientes contratadas (con todos mis respetos hacia los
deficientes) que se llaman agentes de seguridad que hacen de todo menos que te
sientas seguro. Pues la cosa es que los niños en sí, por raro que parezca,
estaban jugando normal, a la antigua usanza, sin molestar a nadie ni con
comportamientos agresivo-vandálicos, simplemente se limitaban a chutar
suavemente la pelota y la dejaban rodar por el suelo a una velocidad moderada.
Vamos, que mi abuela la podía haber esquivado sin demasiado esfuerzo. Y
entonces ha intervenido el agente de la ley y el orden. Resulta que él tampoco
es que tenga la culpa, eso es política y normativa de empresa pura y dura pero
¿dónde va a quedar esa España profunda y tradicional donde los niños jugaban al
balón en las calles? Las calles ya son intransitables, mucho
menos jugables. En los grandes centros comerciales si no hay espacios
especialmente destinados a ello también es ilegal y motivo de persecución como
si los niños fuesen herejes. Todo patio de vecinos que se precie de ostentar
cierta categoría social debe contar con una placa metalizada donde verse
“prohibido jugar al balón en el patio” y si la finca es más de renombre a lo
primero se añade la muletilla “... montar en bicicleta y patinar”. Señores de
España: cómanse un pastel.
A mí me gusta ir en
bicicleta. ¿Alguien se acuerda de cuando todavía había caminos de tierra entre
campos de almendros, olivos y huertas por las afueras de Alicante y de los
pueblos de alrededor? Pues yo sí. Me encantaba ir con mi padre por esos campos
en bici, una gozada. De vez en cuando veías un rebaño de cabras o a un señor en
caballo que se dignaba a saludarte. Era otro mundo. Si alguien ha vivido eso
podrá decirme si recuerda haber visto al señor en caballo con casco. ¿A que no?
Y que yo recuerde ni mi padre ni yo llevábamos casco para circular a
10 Km/h por esos magníficos campos con nuestros biciclos desmotorizados.
¿Realmente es necesario? Yo me niego a ponerme un casco con forma de pepino
metálico para dar una vuelta con la bici por los alrededores de mi casa. Oigan,
que si quiero matarme en el asfalto (porque ya no quedan caminos de tierra, ni
olivos, ni almendros, ni huertos ni señores amables en caballo, por desgracia)
es cosa mía y sólo mía. Si yo no quiero hacer responsable a nadie de que yo no
lleve casco. La cultura de la protección de los países del primer mundo está
muy bien. Creo que se la inventó un listo con gafas que se dio cuenta de que
esos países estaban envejeciendo y no nacían muchos niños. Seguramente se le
ocurrió la magnífica idea de que si encerraba a toda la población adulta entre
algodones las bajas por mortalidad se reducirían drásticamente y todos
contentos... pues yo no, mire usted por dónde me da dentera el algodón,
prefiero notar el viento en la cabeza al salir en bici, gracias. Pero no, la
cosa no es tan sencilla. Si la guardia civil te detiene o la patrulla de turno
de la policía local de tu pueblo ha tenido un mal día por no haber llegado a
tiempo al reparto matinal de dónuts glaseados se abre todo un
universo de posibilidades de fantasía y ensueño: además del casco reglamentario
y homologado debes estar equipado con bandas reflectantes en las ruedas (2 por
rueda para ser preciso), luces delanteras, reflectante trasero y, en el caso
que se circule después de una hora antes del ocaso, por si acaso, un chaleco
también reflectante (todo, absolutamente todo, bien reglamentado y homologado,
que no se os olvide). Que no lo llevas: sanción por falta de precaución. Te dan
ganas de decirle al agente: mire, que ya si eso me requisan la bici, me
ingresan en prisión preventiva por malhechor de la humanidad y ya, cuando esté
a punto de cumplir la cadena perpetua rebajada a 30 años por buen
comportamiento, si usted quiere, señor/-a agente, ya me compro un tanque para
que no me pase nada al salir de casa... pero si salgo una hora antes del ocaso
me meto un tubo de neón fluorescente por el culo para que pueda ser fácilmente
detectado por un vehículo que se aproxime por detrás (que es por donde le van a
dar a usted como me ponga una multa por tener las ruedas un poco flojas de
aire, pedazo de melón).
Que no, que no me da la
gana ir con casco por fuera de mi casa, si me matan que me maten, uno menos, si
somos más de seis mil millones, qué más da uno menos o uno más. Y por la noche
cuando salgo a pasear por el poco campo que queda a las afueras de las ciudades
no me sale del alma vestirme como Pumuki o como
una drag queen en fallas. Los chalecos para cuando salgo de
pesca y para las bodas, y a veces ni eso. ¿Pero qué se creen, que cuando paseo
de noche me pongo en mitad de la carretera y cuando veo a un coche me quedo en
plan mimo en medio del asfalto? ¿Pero es que son
ustedes aneuronales o qué? Cuando paseo por la calle procuro ir por
fuera del arcén, repito, no por el arcén, sino por fuera. Considero que hay un
amplio margen de seguridad y si eso no es suficiente no creo que un chaleco del
color de la madre de ET vaya a salvarme la vida. La cultura de la protección
del ciudadano no sólo asfixia al propio ciudadano, lo que es peor, considera al
ciudadano un lerdo descerebrado que no sabe obrar con sentido común. Parece el
sueño de un malvado catedrático de derecho que pretende estipular
y normativizar todo el comportamiento de los seres vivos
inteligentes. Si algo no está estipulado en las leyes no puede usted hacerlo.
Me niego, me declaro en rebeldía absoluta. Quizá tenía razón aquella amiga mía
hippie en decirme que yo era un alma antisistema. Pues si he de serlo
bienvenido sea, me niego a que aplasten mis libertades y vicios inofensivos más
básicos, como el notarme el viento entre el pelo cuando salgo con
mi mountain bike. ¿Por qué los políticos y letrados tratan tan
obcecadamente de salvaguardar contra su propia voluntad a los contribuyentes?
Si ellos van a cobrar lo mismo.
Es como la evolución
del cinturón de seguridad. Antes sólo el conductor y el copiloto estaban
obligados a llevarlos, ahora son todos los pasajeros. Antes no
había air-bag, ahora va a ser obligatorio en todos los asientos y
laterales de un vehículo. Me parece muy bien que traten de velar por nuestra
seguridad, pero no se pasen, por amor del dios que ustedes quieran. En vez de
tanto dispositivo sacaeuros (que eso es lo que son al fin y a la
postre: como los famosos dos triangulitos homologados para el coche y el
chaleco amarillo) dediquen sus esfuerzos en una mejor educación vial, en
enseñar desde pequeños aquello que no nos daban en las escuelas y nos tenían
que contar la rana Gustavo, Coco y el Monstruo de las Galletas. Enseñen
educación vial en las escuelas y dejen de obsesionarse por la seguridad, que el
ser humano es capaz de cuidarse perfectamente él solito sin necesidad de
artificios que son las leyes y los cascos para triciclos de bebés. Enséñenle a
esa madre que no debe llevar a su hijo a una concentración de más de medio
millón de personas bajo un sol sofocante y alborotos. A lo mejor, con algo de
suerte, de esta forma no hacen falta ni autoescuelas que te cobren un pastón
por enseñarte que es una infracción aparcar en un carril bici.
Cambio de tercio:
quiero tener una vida que sea mía. Quiero una casa, un horario, unas
obligaciones, un jardín, un perro, una lavadora que poner, una mesa con comida
que preparar de dos a cuatro veces al día, una cama que hacer todas las mañanas
y que deshacer todas las noches, quiero ir al supermercado más cutre de la
ciudad a hacer la compra para llenar mi (sí, he dicho “mi”) despensa. Quiero
tener en la nevera la comida que a mí me guste y alguna exquisitez para mis
invitados. Con 23 años nadie debería vivir con sus padres. Yo a mi familia la
quiero mucho, en muchos aspectos es el arquetipo que me he formado de familia modelo,
en resumen mi familia “mola mazo”. Pero en estos momentos mi casa no es mi
casa, es la casa de mi familia, y mi vida no es mía sino compartida. Mi
intimidad es un sueño que no se sostiene ni con escayola y hormigón armado.
Estoy hartísimo de escuchar frases como “¿dónde vas?”, “¿con quién sales?”,
“¿vas a tardar mucho en llegar?”, “¿has cenado, te hago algo?”. Son las típicas
frases que se contestan con lo que sigue respectivamente: “Me voy a hacer la
mili mamá”, “salgo con Tarzán que se ha hecho gay y lo conocí en la
Ostra Azul anoche mientras nos hacíamos unos tripis”, “llegaré temprano, a
eso del desayuno, o mejor, no vendré”, “sí, he cenado seis veces pero como he
echado siete polvos tengo que repostar así que hazme cochinillo al horno, poco
hecho, con salsa barbacoa y patatas de luxe grandes, bebida también grande,
gracias mamá... no tendrás condones, ¿verdad? es que se me han acabado”, sólo
por poner ejemplos de lo que se me pasa por la cabeza decirle a veces.
Tengo muchísimas ganas
de tener un cuarto que sea un lugar santo, donde no tenga que pedir permiso o
dar explicaciones o soportar miradas furtivas e inquisidoras cuando meto a una
chica dentro (aunque sea para jugar al parchís). Quiero poder gritar en mi casa
todo cuanto quiera, sean obscenidades, jadeos, palabrotas o la tabla periódica
de los elementos químicos con lantánidos y actínidos incluidos. Quiero regar
mis macetas y que nadie me critique por la forma en la que he podado los setos
o planchado una camisa. Sé cocinar, coser, lavar, comprar, organizar una
despensa y/o nevera en condiciones, sé respirar por mí mismo y desde que cumplí
un año me sobro y me basto para hacer mis necesidades y procurarme un aseo
corporal digno y aséptico. Es más: sé hacer todo eso por mí mismo y si fuese
necesario para alguien que no sea yo. Y a todo esto añado un amasijo de
virtudes que no acaban de despuntar por falta de tiempo y espacio (quién
tuviera una singularidad cuántica para alterar el mundo a su antojo). Entre
tales virtudes destaco (ya que hoy nadie me ha echado un piropo) las de
gustarme el buen cine, dar masajes, salir de excursión a la naturaleza, tener
conocimientos básicos de medicina y primeros auxilios, escribir, dibujar,
pintar, modelar arcilla, construir hormigueros, diseñar jardines, salir por la
noche, hacer deporte, ir a nadar a la playa, mirar las estrellas con
admiración, descubrir cada mañana un amanecer nuevo, adquirir animalillos sin
techo, leer como un ninfómano de la palabra escrita, quedar con mis amigos
cuando puedo, emborracharme (con límites) también cuando puedo y sobre todo
cuando debo, nunca solo, siempre por una buena causa, y la más importante de
todas mis virtudes: quejarme, pero ojo, poniendo soluciones a lo que puedo. Y
en este punto es donde puedo decir aquello de puedo prometer y prometo,
poniendo a Dios por testigo, que no ha de pasar más de año y medio tras que me
licencie y encuentre un trabajo digno para encontrar casa propia y trasladarme.
Necesito desarrollarme como persona individual, siempre he estado rodeado de
gente: familia, novia... es la necesidad la que me empuja a querer tener un
espacio propio, privado de verdad, mío por muy egoísta que suene. No es
egoísmo, es un peldaño de mi vida. Sin él no podré nunca tener algo más grande
que a mí mismo para compartir con nadie. Y ese es mi siguiente propósito:
encontrar a alguien con mis mismas inquietudes con quien pueda compartir ese
espacio, esa vida.
Pensaba quejarme un
poco más con cosas como la “pegajosidad” de las parejitas en primavera cuando
uno no tiene parejita, cuando uno la tiene es maravillosos todo, el cielo es
más azul, el agua más cristalina por cloro que contenga en cantidades
industriales, las flores huelen mejor aunque sean de plástico y la vida es más
mejor en general, por supuesto... puaj, asco, caca. Pues no, no voy a
quejarme ni de eso ni de la contaminación, ni de mi gran falta de tiempo para
hacer cosas que me gusten, cosa que por otra parte es culpa mía por
comprometerme en demasiadas cosas, sino que voy a empezar en este momento a
ponerle remedio a pequeñas cosillas que se me iban ocurriendo mientras
escribía. Os dije que escribir las cosas de las que estás harto no asegura
encontrarles solución pero clarifica mucho las ideas y las vías de actuación.
Yo me he trazado un plan a tres años en tres etapas que inicié la semana
pasada. No es infalible, pero asienta las bases de lo que quiero y lo
importante es tener claro lo que se quiere. También me he propuesto tener un
hijo siendo yo joven para poder llevarlo de viaje por medio mundo y no sé si lo
conseguiré, pero es un propósito bueno, y eso es lo importante, luchar por los
sueños más intensos que tenemos y no cansarnos, en todo caso aburrirnos y,
llegados a ese punto, quejarnos, dar una coz a la mesa y ponerle remedio
a las cosas que no nos gustan y que pensamos que están mal.
Lo importante, si
queréis sacar algo en claro de toda esta parrafada, es seguir adelante con
nuestros ideales y cuando vemos algo mal, algo que a nosotros nos parece mal,
no echar la vista a un lado, no lavarse las manos y desentenderse del asunto.
Ante las injusticias, antes los tocanarices no hay que callarse, hay
que luchar, luchar y luchar, no con espadas (que por cierto ¿dónde está la mía?
Aún no me la han traído), hay que luchar con la palabra y la razón, con la
ciencia que lo cambia todo y la magia que da ilusión a todo cuanto hacemos en
la vida cotidiana.
Hay que seguir adelante
y si te caes no hay razón para no volver a levantarse, aunque sea maldiciendo y
blasfemando, la cuestión es volver a ponerse en pie. Ánimo pues, manos a la
obra.