Dos amigos, juventud, ignorancia y divinos tesoros... estos sencillos ingredientes se funden a fuego lento en un modesto ensayo literario a dos bandas a modo de palas de cal y de arena (o de sal y azúcar, siguiendo la analogía culinaria). Relatos de una Noche de Invierno es una recopilación de vivencias desde un punto de vista único, que son dos, al más puro estilo improvisación. Quizá no encuentre verdades fundamentales en estas líneas, o quizá encuentre la senda del unicornio, quizá simplemente se entretenga leyendo un rato, pero, seguramente, y sólo quizá, se dé cuenta usted que en el fondo de nuestro saco de piel, todos somos un poquito iguales y todos tenemos ciertas necesidades, entre ellas la de hacernos preguntas. Sólo entonces comprenderá que son estas preguntas las que nos acompañan cuales maletas, viejas o nuevas, a lo largo del gran viaje que es nuestra vida. Algunas se llenarán con respuestas y conocimiento, aterrador y hermoso, otras se irán vaciando a medida que dejamos de saber o nos desprendemos de bultos. Mas lo importante, al final del camino, es haber usado tantas maletas como nos haya sido posible, porque es lo único que acreditará en nuestra aduana que hemos hecho el viaje de nuestras vidas.

Pasen y vean, la cocina está lista y el horno a punto...


24.-Después de Todo


DESPUÉS DE TANTO TIEMPO



“Si tan sólo me dejaran llevar una cosa a una isla desierta, me llevaría un ordenador y si sólo me permitieran hablar con una persona, tú serías mi único contacto...”



      Todo empieza con algo... un beso, una frase, un gesto, una caricia, un abrazo... todo es provocado por algo. Todas las palabras que componen este pequeño relato fueron inspiradas, sacadas de mi mente gracias a un consejo que me dio una buena amiga, uno de los buenos, de los que te hacen pararte a pensar.


      Después de tanto tiempo te das cuenta que los consejos no son algo milagroso. Según la Real Academia, un consejo es un parecer o dictamen que se da o toma para hacer o no hacer algo. Tomar un consejo de alguien es consultar lo que se debe ejecutar o seguir en algún caso dudoso. Pero sin embargo, un consejo, por muy bueno que sea, tiene dos pequeños defectos: las personas que los dan suelen ponerlos poco en práctica, es decir, son mejores donantes que receptores de consejos; el otro inconveniente es que, o descubres el consejo que te han dado por tus propias experiencias y vivencias, o habrá caído en saco roto. Lo mejor de los consejos, y lo mejor de éste en particular es que me ha hecho pensar, y mucho, y por ello estoy escribiendo estas palabras, que como poco son de agradecimiento y como mucho, de un cariño inimaginable para la persona a la que se lo escribo...


      Después de tanto tiempo y de encontrarte en ciertas situaciones, te paras en el camino de la vida. Te paras y te preguntas... reflexionas... ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué es lo que me ha traído hasta aquí? ¿Hacia dónde camino? Nuestro presente es tan sólo el cúmulo de circunstancias y experiencias vividas en nuestro pasado, nos define, nos modela, nos hace crecer y andar en ciertas direcciones. Es verdad eso que dicen que el pasado siempre termina llamando a tu puerta. A veces con buenos recuerdos, a veces con malas experiencias, recordándote cosas tan contradictorias que volverían loca a una persona cuerda. Pero queridos amigos, siento comunicaros que el tiempo no lo cura todo, quizás filtre algunas cosas, las buenas, y las deje en tu memoria, relegando las malas a un extremo olvidado de nuestra mente consciente. Qué difícil es olvidar, aquel beso, aquel sitio, aquella conversación tonta con la que tanto te reíste hablando de un deporte absurdo lleno de fiambreras y tíos con patines y escobas, aquellas despedidas en la estación, aquellos paseos, aquel banco en el que pasaste momentos para enmarcar... hay tantas cosas que no quiero olvidar...


      Después de tanto tiempo, surge en tu cabeza un maremagno de recuerdos, fotos, imágenes, sentimientos, conversaciones, sensaciones, todas buenas, filtradas por el tiempo y mantenidos todos por unos pilares robustos con el letrero de “amistad” pintados en ellos. Todos buenos recuerdos. Ahora puedo decir algo que no dije en su día, y es que después de tanto tiempo, me doy cuenta de lo que perdí cuando te perdí y lo que he encontrado, sí, después de tanto tiempo...


      Porque amigo, después de tanto tiempo, y de tantas vivencias experimentadas, lo que te recomiendo es que te pares a pensar, reflexiones, y quién mejor que tú para darte tus propios consejos. Después de todo este tiempo, he aprendido lecciones valiosísimas, que una vez más, casi nunca pongo en práctica. Podría poner un compendio de todos los consejos que os daría después de tanto pensar, pero sólo voy a poner uno, el más importante, el que sobresalía entre todos...



“Nunca es tarde para recuperar una amistad”.



      He llegado a escribir cosas en mi vida que han dejado de tener sentido cuando han sido leídas tan sólo una vez, y he escrito frases y párrafos enteros que albergaban sentimientos que no han variado desde que se originaron, sentimientos de tristeza, rencor, alegría, impotencia, cariño, amor... Las palabras se las lleva el viento, lo escrito también, pero lo que siempre perdurará serán los hechos, que al fin y al cabo nos definen con cada gesto, cada acción. Somos lo que hacemos, y esta persona me ha demostrado que su amistad es maravillosa. Eso no se lo podría llevar ni el más fuerte de los vientos del norte, que sopla impasible arrastrando a su paso aquello que encuentra... esto no se lo podrá llevar jamás...





Las palabras que hoy he escrito son para

Alguien muy especial:

Una amiga que me ha apoyado siempre

Recordándome que después de todo,

Aún quedan personas increíbles en esta vida...

23.-La Delgada Línea... Sin Color


LA DELGADA LINEA



Hasta ahora en mi humilde opinión, pensaba que sólo había tres motivos por los cuales una persona escribía unas palabras: la extrema felicidad, la motivación económica y la extrema tristeza. En el primer caso la motivación y la inspiración vienen a cargo de una persona querida, amada. En el segundo, tu trabajo depende de la inspiración y la motivación corre a cargo de la editorial. En la extrema tristeza, las palabras son un simple vector para desahogarte con la esperanza de que algunos de tus amigos lean esas palabras y comprendan cómo te encuentras. Pero recientemente he encontrado una delgada línea que paradójicamente separa los dos extremos. Voy a intentar explicar y definir esa línea, aunque creo que no vaya a poder. Lo más conveniente será un exempli gratia que, como no podría ser de otra forma, cobrará vida física en un relato.


      Aquella fue una tarde calurosa. El sol que ya se estaba muriendo, se filtraba por las rendijas que tímidamente quedaban, iluminando de forma tenue la habitación. Allí estábamos los dos, agotados, cansados, pero con muchas cosas pendientes por hacer. Sin decir una palabra y con una invitación muy clara, invité a Sara a que su espalda, su cuerpo y su mente descansaran y se relajaran con un placentero masaje. En cuanto mis manos impregnadas con loción tocaron su espalda, ella su tumbó invitándome a que me explayara todo lo que quisiera, y que disfrutara dando el masaje tanto como ella recibiéndolo. Mis manos resbaladizas empezaron a recorrer su espalda lentamente. En cuanto la loción quedó esparcida levanté mis manos apoyando mis dedos, recorriendo otra vez cada rincón de su piel, relajándose más y más... mi recompensa fue inmediata, ella cerró sus ojos, su respiración cada vez era más pausada y aquellos suspiros esporádicos me mandaban un mensaje que era inequívoco. Seguí masajeando aquella piel suave y brillante, pero mis ojos se centraban en algo realmente bello, allí, con los ojos cerrados, aquella tranquilidad, sin duda era un ángel atrapada por los lazos de Morfeo. Y mis dedos continuaban con su placentero trabajo, hasta que por fin, poco a poco, lentamente, fueron alzándose con el mismo cariño con el que empezaron. En el último roce, sentí cómo ella no podía estar más a gusto, dejándose llevar por Morfeo en un sueño profundo y tranquilo... me recliné sobre ella, deslicé suavemente un beso en su mejilla y le susurré con una voz apenas imperceptible... te quiero...


      Todo y nada. Los dos extremos separados por una delgada línea sin color. De un abrazo eterno a sentir que se escapaba entre mis dedos como arena de playa... tan cerca y tan lejos... todo en un momento.


      ¿Cómo me siento?... extremadamente triste, extremadamente feliz, caminando por la fina línea que los separa.


      Diese Wörter sind für dich, Sara, mit Liebe und einer Menge Neigung.

22.-Un Día Cualquiera


UN DÍA CUALQUIERA



Cada vez que respiras, cada paso que das, cada sonrisa que me dedicas, cada beso que me robas, cada suspiro, cada abrazo, cada mirada en esos ojos tan profundos que tienes, eres increíble, y por eso te quiero. Cada caricia, cada gesto que te hago, cada vez que respiras, yo estaré a tu lado, dándote lo que necesites. Cada vez que respiras, mi corazón late por ti, anhelando estar a tu lado para sentir tu corazón, cómo palpita, cómo desprende esa energía que tanto me gusta de ti, mi corazón se volvió loco cuando te vio y casi estalla de emoción cuando te di el primer beso. Ahora cada vez que te veo no puedo hacer otra cosa que sonreír por poder estar contigo y mi corazón late y late cada vez más fuerte, te siente cerca y escucha cómo respiras. Por esto y por mucho más, hoy como nunca, te echo de menos, contando cada segundo para estar contigo y volver a sentir cosas contigo que no había sentido nunca. Es una sensación maravillosa.


        Hoy más que nunca, me gustaría decirte lo que ya sabes que siento por ti, y como ves nunca me faltan palabras bonitas para decirte. Y por eso, un día cualquiera, me siento en el teclado y con todo el cariño que te tengo, te escribo:


        Te quiero...


                                                                       Tony

21.-San Valentín


SAN VALENTÍN



Hoy es martes, un martes cualquiera. Me voy a levantar pronto por la mañana para ir a una clase que no sé si tengo y después más y más clases. Comer y descansar un poco para reponer fuerzas. Por la noche harán la programación típica de los martes, casi siempre aburrida y monótona sin un ápice de calidad. Un día como cualquier otro. Para mayor de las suertes, hoy es San Valentín, día comercial donde los haya. Todo está inundado de cosas rojas, de corazones, de tartas cursis de color de rosa que ponen “Te quiero”, hasta las tiendas de los chinos, es todo un acontecimiento. Es un acto consumista de cosas inútiles con las que se intenta demostrar que la quieres por el simple mero hecho de haberle comprado una tarta, cuando lo importante es cuidar a tu pareja durante todo el año, dándole el mejor de los regalos, el amor. Que por cierto, he estado investigando el porqué de esta celebración consumista y me he encontrado la sorpresa de ver que hay más de tres comienzos de esta leyenda, unos dicen que fue un rey, otros un sacerdote, y otros que fue una continuación de una fiesta pagana. De todas formas este año está siendo innovador, han hecho una cosa para regalar que es asombrosa, o al menos a mí me lo parece... poner una foto de la pareja en cuestión dentro de una rosa… sí, sí, impresa en los pétalos de una rosa o algo así he oído. Y digo yo, ¿no será mejor regalarle un marco con una foto de ambos ampliada, bonita, que dure mucho tiempo y no hasta que se marchite la rosa? A lo mejor soy un bicho raro, pero creo que es mejor, al menos es más lógico. Incluso preferiría regalar una rosa o un ramo de rosas sin fotografía, bien adornado, son bonitas y aunque no duren para siempre, al menos la foto no se marchita. Lo bueno de todo esto es que después del 14 de Febrero, todo desaparece de las tiendas, es que no queda nada absolutamente... y mi pregunta es la siguiente, ¿y si hay alguien que quiere regalarle una tarta cursi de color rosa el 16 de Febrero, no puede? Y lo que más me atormenta es si podré poner una foto en una rosa pasado el 14 de Febrero, no creo que hoy pueda dormir hasta que me lo aclaren.

      Porque... ¿dónde están los caballeros que le hacen detalles a sus parejas muy gentilmente cuando menos se lo esperan? Esos son los que más se valoran, sin ningún motivo en especial, para demostrar que estás ahí, que la quieres, que todos los días piensas en ella, todos y cada uno de los días. Creo que ese es uno de los motivos por el que escribo estas líneas. No voy a regalar tartas rosas, ni rosas con fotos que se marchiten. En lugar de eso voy a escribir unas palabras especiales a una chica muy especial que seguro que ahora mismo me va a dedicar una sonrisa cuando lea que es para ella. Es posible que lo haga el día de San Valentín aprovechando la ocasión, pero no es el primer detalle ni el último para sorprenderla y para decirle una vez más que la quiero con toda mi alma.

      Porque hoy no es un día como otro cualquiera. Hoy es un día muy especial. Hoy será un día en el que quede poco para que llevemos un año saliendo juntos. Hoy es un día en el que te echo muchísimo de menos, contando los días que quedan para verte de nuevo y darte un beso. Tengo tiempo para quererte pero los segundos se acaban, no me da tiempo a decirte, a besarte con sentimientos, a estremecerte con caricias, tengo tiempo para amarte si este segundo es eterno. Me gustaría tenerte cerca de mí, segundo a segundo, todo el tiempo del mundo para poder decirte cosas con gestos y caricias que no puedo decirte con palabras. Gestos que te lleguen al corazón y los sientas como yo los siento. Estar a tu lado, contemplarte, mirarte, besarte, sentirte cerca, saber que existes y que eres dueña de mis sueños más profundos. Son esos sueños, todas las noches en los que apareces junto a mí, deseando que cuando despierte estés a mi lado.

      Por estas palabras, por estos sentimientos y por lo que yo siento por ti, hoy es un día muy especial, no por ser San Valentín, sino porque un día más te siento cerca y estás a mi lado. Hoy es un día especial, anoche soñé contigo; mañana será un día especial, me levantaré pensando en ti, y pasado mañana también será especial porque te diré: Te quiero, te quiero, y te quiero.

      Para la chica de mis sueños, y la inspiración de estas palabras, para ella, por siempre...

      Te Quiero. . .

20.-Ríos de Nostalgia


RÍOS DE NOSTALGIA



Hace algún tiempo amé a una persona como no he amado a nadie. Hace tiempo quise a alguien por encima de mi propia vida, por encima del precio de vender mi alma por ella. Como al final de los tiempos entre nosotros ella misma me dijo, no se lo merecía. Pero he dejado correr ríos de tinta enfadados, heridos, tremendamente dolidos por lo que esa persona hizo… no he escrito nada sobre otras cosas que hicimos juntos. No creo que sea justo dejar pasar eso por alto como si nunca hubiese ocurrido, nada justo.

       

        Todo lo contado aquí y mil historietas más han sucedido realmente. En su momento, todas ellas fueron bellas y me aportaron gran felicidad y calma. Como dijo una profesora mía una vez, ni si quiera un diamante es para siempre. Pero como digo yo: hay recuerdos que pueden ser eternos. De esos los cuento por miles.


        Por todo aquello que te debo, por todos los momentos de felicidad y paz que me diste, en honor al recuerdo que con afecto guardo en lo más profundo de mi corazón a salvo de mis iras, a ti, a quien decidí olvidar amargamente te dedico este último regalo, ojalá tuviera la certeza de que tú viviste cada segundo conmigo como yo lo hice contigo. Recuerda que, hace algún tiempo, te quise más que a mi vida:


        Una vez me llevé a un grupo de amigos y amigas a casa, entre ellos estaba ella. Hacía casi un año que habíamos roto pero por aquel entonces estábamos en proceso de reencontrarnos. Pasamos toda la noche a base de cafés, tés e infusiones preparadas con las hierbas de mi propio jardín, recogidas con amor por sus manos y las mías, entre abrazos y besos dulces como la miel en los labios. Aunque a la mañana siguiente nos esperaba el duro encuentro con la realidad académica de la universidad estábamos tranquilos. El examen era sobre una de mis especialidades, los hongos, por lo que me deleité haciendo de anfitrión y solucionando dudas sobre los más variopintos temas. Siempre me ha encantado estar rodeado de mis amigos y, en aquella noche tan rara, además la tenía a ella a mi lado. Hacía mucho tiempo que no venía a mi casa, mucho que no veía a mi familia, la cama en la que dormimos tantas y tantas noches abrazados, en la que hicimos tantas veces el amor en silencio ahogado, los jardines por los que paseábamos, las rosaledas de las que cada día le intentaba llevar una rosa a su cuarto. Realmente aquella noche fue muy rara. Yo no sentía ningún miedo por el examen, al contrario, estaba totalmente confiado. Mis amigos, en cambio, no lo veían con demasiado optimismo, pero entre todos hicimos de aquellos ratos de estudio más un pasatiempo afortunado que un mar de lamentación y llanto. Por fin decidimos retirarnos en los brazos de Morfeo y mientras mis amigas se acostaron en mi cama, otro de mis amigos, ella y yo optamos por quedarnos estudiando un poco más en los sofás del salón, al amparo de mantas y una luz tenue de lamparilla victoriana que nos daba la bienvenida. Mi amigo Víctor fue el primero en caer en un estado letárgico. Nosotros dos nos quedamos un rato más, esperando, viendo la reacción del otro, como si deseásemos que pasara algo imposible. En este punto hay que decir que yo por aquel entonces había pasado una época de sueños premonitorios, sí, con ella, con quién si no. Y el contenido de aquellos sueños me atraía y me inquietaba por igual. Finalmente decidimos apagar las luces. Cada uno eligió un sofá distinto y nos tapamos con una manta de lana. Oscuridad. Silencio…


        -Mmmm.

        -¿Estás bien? –dije yo ante el leve gemido que profirió- ¿quieres que te traiga algo?

        -Hace un poco de frío –me comentó ella.


        Sin mediar palabra me levanté con una sonrisa en la cara que ocultaba la oscuridad del salón aliada en mi favor. Cogí una manta más grande y suave de detrás del sofá y se la eché con amor por encima de su cuerpo encogido como el de un bebé. Me agaché sobre ella como si pudiese presentir que cerraba los ojos bajo el peso de la manta y le besé la frente deseándole buenas noches. Me incorporé y con un suave gesto le retiré uno de sus rubios mechones de la frente y volví a sonreír. Cuando volví a estar tapado noté un golpecito en la mano: era la suya buscándome. Nos cogimos y permanecimos así unos minutos que se hicieron eternos. Fuera de la manta hacía frío pero el solo hecho de poder rozar su piel merecía con creces pagar ese tributo insignificante. Finalmente le dije que se durmiera, que yo estaba a su lado, mañana había que madrugar y demostrar nuestros conocimientos. Ambos retiramos las manos y nos dormimos.

       

       A las ocho de la mañana pude oír cómo mis abuelos salían de casa para llevar a mi hermana al colegio. Estábamos los cinco solos en casa, mis amigos y yo: Rebeca y Alba en mi cama, Víctor y Aurora en el salón conmigo. No me dio tiempo de entreabrir un ojo cuando noté su cálido cuerpo pegado al mío, bajo la manta que hacía escasos segundos sólo me cubría a mí. Se colocó dándome la espalda, su posición preferida, se giró y me dio un beso en la mejilla, me cogió de la mano derecha y la pasó por encima de su espalda colocándola finalmente en frente de su pecho. Hizo un gesto para que le pasara la otra mano por debajo de ella y la rodease así con los dos brazos; lo hice… Permanecimos abrazados una hora en esa posición, casi sin respirar, esperando a que los segundos pasaran más despacio, rezando porque tuviesen la osadía de desafiar a su señor y detenerse. No lo hicieron, pero la intensidad de ese momento aún inunda mis mejores sueños. El olor de su pelo después de tanto tiempo, la suavidad de su cuello bajo mi barbilla, bajo el roce de mis labios furtivos, descarados que ella tan a gusto consentía… Jamás lo olvidaré, gracias por aquel momento Aurora, recuerda que ese día te quise más que nunca.

       

       Dos meses después estábamos en Sevilla. Íbamos a un curso internacional sobre Micología aplicada a la agricultura (como ya he dicho, una de mis especialidades). Un mes antes la había convencido para que se sentase conmigo en el viaje de ida y para compartir habitación con la excusa de que estaba más tranquilo con ella que con nadie más y que de ese modo me aseguraba descansar bien después de las jornadas agotadoras que constituían el curso, todo en inglés científico demasiado denso para almas de 21 años. Finalmente aceptó mi proposición. El día que salimos de viaje fui realmente feliz sólo de pensar en mis esperanzas, en nuestro futuro, en lo bien que lo íbamos a pasar, en pensar en esos más de quinientos kilómetros sentado a su lado. Ese día te habría cultivado un jardín de rosas sólo para ti.

       

       Cuando llegamos a Sevilla ella se puso enferma durante el segundo día de  curso. En todo momento la acompañé y no la dejé ni a sol ni a sombra. La saqué de la sala de grados y pedí las llaves de una sala más pequeña a las azafatas del curso. Una vez allí la hice tumbarse sobre unos sillones para que descansara, le di unas pastillas y me quedé a su lado con las luces bajas, las persianas entornadas y mirándola, atento a cada movimiento suyo, a cada respiración que me pareciese anormal. Finalmente cuando llegamos al hotel en la capital andaluza ya estaba mucho mejor. Decidimos ducharnos y dormir la siesta para reponer fuerzas. Hay que decir que la noche anterior no pude dormir nada. Estaba intranquilo, salimos por la zona de pubs de Sevilla y no paraba de fijarme en ella. La deseaba, necesitaba tocarla, acariciarla, besarla no como un amigo sino como un amante apasionado. La sangre me ardía de verla tan cerca y tan lejos de mí. Hacía poco menos de un año que habíamos cortado y las fechas tampoco me ayudaban demasiado, me traían tantos y tantos recuerdos… Esa noche había intentado hablar con ella, pedirle que me diera otra oportunidad para demostrarle que había cambiado, que ya nunca más le haría daño de ninguna forma, que respetará todos sus puntos de vista, sus tradiciones, sus más mínimos defectos. Pero ella no confiaba en mí y me dijo que aquello no podía ser, que le había hecho demasiado daño… realmente reconozco que la cosa fue así, desgraciadamente. Esa noche no dormí, me quedé mirándola en su cama, a pocos centímetros de la mía, llorando en silencio, lleno de amargura y de odio hacia mí mismo por haberla perdido un año atrás. Esa noche, querida Aurora, habría matado para demostrarte mi fidelidad, habría sido tu esclavo para que me perdonaras todo el daño que te hice.


       Pero al día siguiente, durante la siesta ocurrió algo. Cuando salí de la ducha ella estaba en mi cama, haciéndose la dormida. Me acosté a su lado, abrazándola por la espalda, como a los dos nos gustaba, pero ella se giró y se quedó mirándome en medio de aquella tenue oscuridad. El azul de sus ojos se hizo casi negro. Su silencio habló por ella, sus movimientos sutiles de los músculos lo expresaban todo mejor que las palabras: nostalgia, miedo, deseo, ira, llanto contenido, recuerdos a flor de piel. La cogí de los brazos y acerqué mi cara a la suya, nos besamos, nos seguimos besando, nos abrazamos, inseguros, temblorosos los dos, llenos de miedo y de magia. Mientras duraba aquello nos íbamos quitando la ropa lentamente, sin ninguna prisa. Ese día sí se detuvo el tiempo, se hizo la noche en medio de la tarde de marzo. Juntos, como hacía más de un año, qué digo, como nunca antes, hicimos el amor durante casi dos horas que parecieron dos años. En dos horas recuperamos el fuego de todo un año sin vernos como pareja. Fue maravilloso. En las culturas precristianas el acto de hacer el amor era un medio para acercarse y ver a la deidad creadora. Yo aquella tarde vi a todo el panteón sobre la bóveda celeste, augurando tiempos de felicidad y plenitud. Esa tarde yo vi a la Diosa, estuve en la misma cama en la que su cuerpo reposaba, fue inigualable, creo que, sin mucho miedo a equivocarme, la mejor experiencia de mi vida. Aurora, gracias por ese instante eterno que llevo siempre conmigo, esa tarde habría bajado a las estrellas del firmamento para que se postrasen ante ti a adorarte. Esa noche en pleno día yo habría dado mi vida por ti.


       Cuando llegamos a Alicante tres días después nos dimos un último apretón de manos, un abrazo y un beso a escondidas en el autobús. Habíamos hablado, no nos arrepentíamos de nada, éramos dos personas nuevas, más maduras, más fuertes pero más jóvenes de espíritu. En el aire quedaron una pregunta y una respuesta que aún me revolotean por los oídos: “¿Y ahora         qué?”, “Ahora a ver qué pasa, a empezar de nuevo…”. Y así fue, y, durante algunos meses fue maravilloso, mucho más que en todo el año anterior, mucho más que con nadie que haya estado. Al bajar del autobús y verte marchar, querida Aurora, sentí que te convertías en la estrella de mi mañana, sentí que tu luz me protegía. Aquel día yo habría pintado las calles de colores por ti, habría llenado las fachadas de todos los edificios de Alicante de poesía y cuento para ti.


        Un mes más tarde ella tuvo que pasar la mayor parte del día en la universidad trabajando. Yo la noche anterior me había quedado a dormir con ella en su piso, a cenar con ella, a ver la tele abrazado junto a ella. Estar tan cerca suyo me daba de respirar, me alimentaba. Cuando se fue yo me quedé durmiendo en su cama un rato más. Al cabo de unas horas me levanté y limpié la cocina, me puse a estudiar y me hice la comida. Como sabía que ella vendría tarde y yo quizá ya no estaría en su casa decidí prepararle una sorpresa. Antes de comer cogí las llaves del piso y me fui a una floristería que conocía. Compré dos rosas en tallo largo: una blanca y otra roja. Las entrelacé y las uní con una cinta verde. Cuando llegué de nuevo a su piso se las coloqué sobre la cama y encendí el quemador con esencias para que notara la fragancia nada más entrar a su cuarto. Al llegar estaba agotada así que le preparé una infusión y yo me hice otra igual que la suya. La tomamos los dos en el sofá de su salón viendo (o haciendo que veíamos) un programa en la tele. En realidad pasábamos más tiempo dándonos besitos y abrazos que mirando la caja tonta. Llegado el momento hice el amago de ponerme la chaqueta y de irme hacia la puerta. Le di un beso en los labios y me despedí. Ella fue corriendo a su cuarto para coger algo antes de que me fuese. Yo ya estaba en el umbral cuando oí, mientras sonreía, unos pasitos alocados por el pasillo y de pronto la vi aparecer en medio de las sombras con su reluciente sonrisa en la cara. Me pareció la persona más dulce de la Tierra en ese momento. Sin darme tiempo de salir de mi ensimismamiento se abalanzó sobre mí y me dio el beso más largo que me han dado nunca. Por el recuerdo de ese beso, Aurora, no te hubiera dado más que mi alma imperfecta. Por el recuerdo de ese beso, sólo por eso, te deseo que algún día seas feliz. Porque no es justo que crea para siempre que no me diste nada, porque sí me diste, me diste más de lo que esperabas darme y eso, querida Aurora, es algo que ni el paso de las vidas que me queden por pasar podrá quitar de mi conciencia. Por estas pequeñas cosas y por muchas más que no me veo con fuerzas de escribir te deseo que seas feliz. Si alguna vez lees esto quiero que sepas una cosa más…


       Una vez te forjé un anillo. De plata y platino mandé que lo hicieran porque es el símbolo del espíritu y de la magia en su estado puro. Sobre ese anillo que mandé forjar sólo para ti, para nadie más, hice grabar un símbolo. Como bien sabes es tu nombre en una lengua muy, muy antigua que a todos nos trasciende, es la lengua de la primera magia que cruzó el mundo en sus orígenes. Tu nombre, querida Ojos de Tempestad, es el que está grabado en ese anillo y sólo a ti puede pertenecer, a nadie más. Una vez hecho el anillo, durante tres días y tres noches, bajo el sol de mediodía y la luna llena, infundí en él una magia igual de antigua que los símbolos que se dibujan sobre su superficie. El anillo es capaz de hacer tres cosas: te hace soñar con mundos lejanos, con cosas que sucederán, con aquello que deseas y añoras; el anillo te hace ver la naturaleza en todo su esplendor y todos sus habitantes deben respetarte; y por último y más importante, el anillo te lleva a la magia y hace que todos los guardianes te protejan de todo mal si realmente lo deseas, si realmente crees. Como bien sabes la mitología y la magia son dos de mis pasiones… no creo que haya un objeto igual de poderoso en el mundo porque nació de mi amor hacia ti, nació de mi deseo de fidelidad eterna, de protegerte y darte todo cuanto yo era. En un metal puro dejé grabados todos mis buenos deseos, mis buenas intenciones y todo aquello que represento para que siempre te acompañara y nunca te sintieras sola. No te engaño, ese anillo no contiene ningún doble juego, no te ata cual cadena a nada que yo sea, no te produce ningún mal sino que lo aleja de ti, te protege incluso de mí porque lo que representa es más fuerte que yo, el anillo es tuyo y sólo tuyo, y como a su dueña te protege hasta el final de los días. Si no quieres llevarlo déjalo abandonado en una caja o lánzalo al mar para que vuelva al lugar de donde salió su poder pero no lo regales a nadie, no pertenece a nadie nada más que a ti. Una vez me preguntaste que por qué no había mandado grabar nuestros dos nombres junto a la fecha de dentro. La respuesta es sencilla: sabía que tú y yo no acabaríamos juntos. ¿Recuerdas que en la nota que puse junto al anillo el día de Navidad ponía que si te querrías casar conmigo algún día? Ojalá pudieses ver mi sonrisa amarga en este momento mientras lo recuerdo, mientras recuerdo tu cara de felicidad al ver al pequeño Mofly con un lacito rojo dentro de una caja de zapatos. Aun a sabiendas de cómo terminaríamos te escribí eso, porque realmente te quería. Quise darte la opción de que lo conservaras aun sabiendo que la fecha que encierra es la del día que nos conocimos como pareja oficialmente pero no quería que apareciese ningún nombre en él salvo el tuyo.


        Quizá ahora lo entiendas, quizá no, de todas formas el secreto ya está confesado. Quizá nunca leas esto, da lo mismo. Yo hace mucho tiempo que hice las paces conmigo mismo. Y ahora creo que ya te he dicho todo cuanto tenía que decirte. Mi dulce Mei’dawäh, tú fuiste la luz de mis ojos, por eso siempre tendrás un lugar especial en mi corazón, por mucho que llegue a odiarte por todo el mal que me hiciste, debes saber que yo te quise y que con palabras no podré expresar todo lo que sentí por ti en su día. Ahora, por desgracia, te has convertido en una bruma en mi recuerdo, cada día que pasa los momentos que pasé contigo se van esfumando, pierden detalle y realismo, parecen un sueño difuso y me causa dolor. Pero como te digo me hice muy fuerte con todo esto y aprendí a convivir con el dolor y a no verlo como tal. Me has ayudado tanto en la felicidad como en el sufrimiento, no sabes cuánto. A veces me gustaría pensar que yo a ti te pude ayudar tanto, que pude acercarme a eso que tú significaste para mí. Lamentablemente no hay nada que me haga pensar eso, de lo contrario muchas de las cosas que ocurrieron al final no tendrían ningún sentido. Es una pena que aún hoy tengo que arrastrar y convivir con ella día tras día.


       Conservo todas tus fotos, no he quemado ninguna ni me he deshecho de ellas. Las de cuando fuimos con un trineo improvisado a la nieve. ¿Recuerdas esas caídas por al lado de la carretera sobre la bolsa de basura, mientras mi hermana nos tiraba bolas de nieve y mis padres nos grababan en vídeo? Hace unos meses vi la cinta, casi lloro. Nos caíamos al suelo entre la nieve y nos quedábamos abrazados sin importarnos el frío, riéndonos a carcajada limpia. Qué bonito era aquello. Muchas gracias por todos los momentos en tu casa con tu familia, llegué a quererlos como a la mía propia, a ellos también les deseo lo mejor. En realidad te escribo esto continuando con un capítulo que tenía aparcado desde hace varios meses. Que un amigo mío haya encontrado por fin un rincón de felicidad con otra de mis amigas me ha hecho acordarme de que el amor existe y que, aunque la estabilidad no sea tan sólida, siempre hay esperanza de encontrar algo que nos llene, algo que nos aporte cosas buenas. He querido recordar esto porque hasta la fecha tú has sido, con todo, una de las personas que más me ha aportado en la vida y, aunque triste por cómo hemos acabado, debo reconocer que te estoy agradecido por muchas cosas. Decir lo siguiente quitará un gran peso de mi alma:


       Hasta siempre na serín Mei’dawäh, que la tormenta de tus ojos nunca se apague, aunque a veces deje de brillar por un momento, recuerda que los rayos que cruzan tus ojos fueron lo que me hizo enamorarme de ti como un niño. Ya no te guardo ningún rencor, pero también he decidido olvidarte. Lo siento, cada día recuerdo menos cosas de ti y así debe ser. Busca la felicidad, no te des por vencida, espero que algún día encuentres a ese jinete que una vez te dije y que a su lado no necesites nada más. Que mi último abrazo vaya contigo. En da kirash Mei’dawäh. Adiós.

19.-Gracias


GRACIAS



Justo en el momento que ya empezabas a no creer en nada, es ese momento que creías que el amor no existía, en el que estabas a punto de cerrar tu corazón, aparece una persona especial que te hace experimentar sentimientos que creías que no pertenecían a esta vida. Me ha abierto los ojos, me ha abierto el corazón que tenía casi cerrado, me ha hecho sentir cosas que nunca pensé que me pasaran a mí. He tenido la maravillosa oportunidad de pasar un fin de semana entero con ella y de disfrutar cada momento con intensidad, con alegría, compartiendo todo lo que hay dentro de mí, y por eso, quiero darle las gracias en este capítulo. Quiero expresarle una vez más lo que siento por ella, quiero decirle que la quiero.

      Gracias. Gracias por todos esos momentos, que aun pequeños algunos, hemos podido compartir. Me he sentido muy bien contigo. Gracias por aquel abrazo en la estación, fue la mejor recompensa que tuve después de un viaje un poco pesado. Aunque estaba lloviendo, pude ver el sol en tus ojos brillar, brillaban de felicidad y entonces, mi sonrisa nació de la nada, para no dejar de sonreír hasta el último momento.

      Gracias por las risas que nos echamos de camino a tu casa, andando, sin saber por dónde iba. Aunque perdido en aquella ciudad, sabía que estando contigo no me iba a perder. Te seguiría allí donde fueras para poder estar contigo.

      Gracias por aquellos besos improvisados de camino a casa, en aquellas calles desconocidas y frías para mí. Era el calor que me movía.

     Gracias por aquel primer beso en el ascensor, más tierno, más cariñoso, en el que nos decíamos sin palabras: “te he echado tanto de menos, pero estoy feliz, ahora estás aquí conmigo”. Me has enseñado que a veces las palabras sobran, y que se pueden expresar muchas cosas con un beso.

      Gracias por la mirada de complicidad cuando estaba en tu casa. No me dejaste sólo en ningún momento y me hiciste sentir muy cómodo.

      Gracias por aquellas caricias en el coche. Por fin estábamos juntos y no desaprovechamos ningún momento. El suave tacto de tu piel me decía que aquello no era un sueño, y que estabas ahí, a mi lado.

      Gracias por los momentos que pasamos por la noche, aun en la reunión tan aburrida en la que estábamos, estar sentado junto a ti me hizo desconectar totalmente de lo que estaban diciendo, me sentía tranquilo y bien. Lo único que hacía era mirarte y abrir más los ojos para saber que no eras una ilusión.

      Gracias por enseñarme la exposición. Fue muy bonito compartir lo que más te gusta, tu carrera contigo en un sitio tan grande. Estabas contenta, íbamos de un lado para otro buscando lo que más nos gustaba, hablando, riéndonos, compartiendo sueños e ilusiones para el futuro.

      Gracias por enseñarme Valencia, por mostrarme todos los caminos, por enseñarme a situarme, me hiciste sentir como en mi casa, me hiciste sentir como si no fuera un extraño.

      Gracias por mi primera clase de introducción al italiano, fue muy especial que me enseñaras lo que estudias y me animaras a estudiar a mí también un idioma que me gusta. Me sentí muy lleno con aquellos momentos, aprendiendo contigo, fue un momento muy especial.

      Gracias por la confianza y seguridad que me transmites.

      Gracias por abrazarte a mí cuando hacía frío y pedirme que te diera calor, por sentirte cerca, gracias por tu cariño.

      Gracias por poder compartir un día con tu grupo en aquella convivencia, siendo monitores de un grupo, juntos, los dos.

      Gracias por los momentos del césped con tanta tranquilidad que vivimos, donde noté que me dabas todo el amor que tenías dentro, y aprovechábamos los últimos segundos juntos.

      Gracias por todos aquellos momentos que tan sólo tú y yo sabemos que ocurrieron, tan sólo tú y yo sabemos lo que realmente sentimos, gracias por esos instantes que sólo son tuyos y míos y que guardaré siempre en mi memoria.

      Gracias por las risas en la convivencia en aquella dinámica que salió tan bien, disfruté muchísimo viendo cómo te reías.

      Gracias por el paseo tranquilo que dimos cuando teníamos unos momentos de descanso en la convivencia. Abrazos, besos, estábamos los dos, en aquel sitio tan bonito disfrutando juntos.

      Gracias por acompañarme hasta el final del viaje, abrazados, donde no dejaste de compartir conmigo todo lo que sientes.

      Gracias por el gesto de despedida, porque aun habiéndonos despedido, volviste corriendo para que te diera un beso más.

     ... de espaldas, ella volvía por el camino que habíamos andado, sin dejar de mirarla, ella se volvió y me un hizo un gesto de despedida con la mano. Mientras se lo devolvía, ella desapareció detrás de unos árboles que estaban en el camino. Sin dejar de volver la vista hacia otro sitio, mis ojos se quedaron fijos en el infinito y dos pequeñas lágrimas resbalaron por mi cara hasta caer al suelo...

Gracias por todo lo que hemos compartido, y gracias por hacerme ver, que aunque mis ojos estén llenos de lágrimas puedo llegar a escribirte algo tan bonito como son estas palabras”.

18.-Hasta Donde la Espalda Pierde su Casto Nombre


HASTA DONDE LA ESPALDA PIERDE SU CASTO NOMBRE


Aviso: voy a quejarme, que nadie se sorprenda después o se escandalice.

       
      Punto primero: estoy harto.
       
      Punto segundo: estoy harto por muchas cosas.
       
      Punto tercero: estoy harto por demasiadas cosas.
       
      Punto cuarto: estoy harto por tantas cosas que incluso algunas se me olvidan de vez en cuando y cuando las redescubro vuelvo a estar harto de ellas pero me parecen nuevas, por lo que las considero una cosa más por la que estar harto. ¿Difícil de entender? Pues coged la teoría de la relatividad, eso sí es arduo de asimilar neuronalmente. Quién tuviese la capacidad de Einstein para muchas cosas.
       
      Punto quinto: “por el culo te la hinco”. Célebre frase para este feliz 2005 que es lo que te repite todo el mundo, o las mismas circunstancias te lo hacen autorreflexionar, cuando te das de bruces en el lodo (uy, qué peliculesco me ha quedado, por Odín...).
       
      Pues sí, cuando algo se tuerce tiene, casi siempre, todas las papeletas para que además te toque a ti, no sé cómo se las apaña el universo para ello. La verdad es que hoy no ha sido un buen día: tengo décimas de fiebre, me duelen todos los músculos del cuerpo, he ido a la Santa Faz (el día de la Santa Faz... sólo alguien que lo haya vivido en sus propias carnes sabe las nefastas y funestas consecuencias que ello de por sí implica, por lo que no voy a entrar en detalle). Por sólo citar una suculenta escena, hemos estado parados media hora entre un grupo reducido de sudorosas y bulliciosas personas (de unas 1000 a 2000 personas, sólo) en una calleja estrecha de esas que improvisan en los mercadillos y ferias de los pueblos en verano con ese calor sofocante y aromas exóticos de todas las nacionalidades (y no precisamente de café y canela). En dicho lugar he tenido que soportar momentos tan incívicos como los que el lector puede llegar a imaginarse: gente metiendo los codos (que se los podían cortar por las ingles, por cierto), empujones, gritos, altercados callejeros tipo barrios bajos de New York City pero con menos glamour, comentarios soeces y estúpidos por parte de madres desalmadas que llevan a sus hijos de poco más de un año en carrito a ese atroz espectáculo que es la Santa Faz y luego tienen la barra de quejarse porque “alguien las ha empujado”... señora, hay más de doscientas personas en cien metros cuadrados, no hace falta ser muy avispado para saber que salimos a medio metro cuadrado por barba, en su caso sólo a bigote, señora, por cierto, el carrito de su bebé (que seguro que estaría más a gusto en su casa babeando sobre el reborde de un pulcro tacatá y no en medio de semejante nido de bacterias y mal rollo), sí, ese carrito que me está pisando los tobillos, está ocupando la mitad de mi medio metro cuadrado, pero usted no sufra que yo no la empujo. Eso por no hablar de los quinceañeros que llegan subidos a su más que mítico carrito del Mercadona o sucedáneo comercial cargado de su mortífero arsenal de espirituosidad etílica (de mala calidad, todo sea dicho de paso), su radiocasete también llamado “loro” y, atención por favor, el elemento que no puede faltar: un cachorro de perro con un pañuelo de la Santa Faz atado al cuello en estado de semiestrangulación. No hace falta decir que el cachorro de perro acaba hasta las narices de toda la humanidad entre tal océano de gente. Que si se me ha caído el cubata... ay, que el perro estaba debajo; que si súbelo para que salude a la Mari que pasa por allá al fondo; que si ahora lo atamos en este árbol pelado, sin hojas, sin ramas, al sol abrasador e inmisericorde, sin agua ni comida ni “na” de “na” mientras nos hacemos el segundo peta (el segundo detrás de cien que es cuando se pone el contador a cero). Luego a la gente le extraña que aparezcan casos de perros agresivos, pues si lo raro es que no se hagan satánicos los perros después del mal trago. En fin, como podéis ver no es que me divierta mucho ir a estos sacrosantos lugares en estas fechas tan bonitas y señaladas.
       
      Todo sería distinto si en lugar de ir con mis adorables padres y hermana como anexo, yo tuviese una novia, pareja, compañera sentimental, amiga especial, grupo de amigos cachondos y divertidos, colegas de fraternidad americanoide con chaquetas diseñadas a juego y/o divertimento similar o aproximado. Tampoco pido tanto, si es que incluso podría ir yo solo y conocer a alguien divertido en el camino, en plan peregrinación o romería pseudoespiritual con un conjunto poblacional de mi edad, con seres humanos de mi mismo nicho ecológico. Pero no, es que en esta ocasión no lo tengo, en estos momentos estoy hasta donde la espalda pierde su casto nombre y pasa a engrosar las filas de las palabrejas tabúes que repiten los niños de cuatro años como si les diesen superpoderes. Y eso me aburre, ya no me agota porque le puse remedio no hace tanto tiempo, simplemente me aburre.
       
      Llegados a este punto puedes abrir un amplio abanico de opciones para liberar la energía acumulada: quejarte, matar... ¿he dicho ya matar? Bueno, a lo mejor no son tantas. Podría decir aquello de “se puede salir por ahí de viaje con tu novia y así os desestresáis los dos juntos y hacéis locuras salvajes que nunca vienen mal”... ay, mira tú por dónde, si lo acabo de decir, que no tengo, oye. ¿Dónde está mi espada? No, ahora en serio, la violencia nunca sirve para nada (salvo en contadas ocasiones en las que bien utilizada puede ser de gran ayuda...)... ¡¿alguien quiere traerme mi maldita espada?! Afilada, por favor, los dos filos, gracias.
       
      Como me considero una persona civilizada y estoy en contra de la violencia física de toda índole voy a optar por la queja constructiva. Esto es un simple ejercicio de reflexión personal y desahogo emocional muy recomendable. Cuando estéis tan hasta las narices de vuestra vida que no le veáis solución a nada, ponedlo por escrito, puede que después tampoco le veáis solución, de hecho es más que fiable que no la encontraréis, pero, ¿y lo a gusto que te quedas después?
       
      Empecemos, a ver, a ver, sí, tengo una muy buena de esta tarde mismo, de después de salir del cine. Había dos niños jugando al balón, una pelota de esas de playa que si no te impacta a novecientos kilómetros por hora ni la notas, inofensiva al fin y al cabo. Estaban en la plaza central de un centro comercial, de esos que tienen unas personas deficientes contratadas (con todos mis respetos hacia los deficientes) que se llaman agentes de seguridad que hacen de todo menos que te sientas seguro. Pues la cosa es que los niños en sí, por raro que parezca, estaban jugando normal, a la antigua usanza, sin molestar a nadie ni con comportamientos agresivo-vandálicos, simplemente se limitaban a chutar suavemente la pelota y la dejaban rodar por el suelo a una velocidad moderada. Vamos, que mi abuela la podía haber esquivado sin demasiado esfuerzo. Y entonces ha intervenido el agente de la ley y el orden. Resulta que él tampoco es que tenga la culpa, eso es política y normativa de empresa pura y dura pero ¿dónde va a quedar esa España profunda y tradicional donde los niños jugaban al balón en las calles? Las calles ya son intransitables, mucho menos jugables. En los grandes centros comerciales si no hay espacios especialmente destinados a ello también es ilegal y motivo de persecución como si los niños fuesen herejes. Todo patio de vecinos que se precie de ostentar cierta categoría social debe contar con una placa metalizada donde verse “prohibido jugar al balón en el patio” y si la finca es más de renombre a lo primero se añade la muletilla “... montar en bicicleta y patinar”. Señores de España: cómanse un pastel.
       
      A mí me gusta ir en bicicleta. ¿Alguien se acuerda de cuando todavía había caminos de tierra entre campos de almendros, olivos y huertas por las afueras de Alicante y de los pueblos de alrededor? Pues yo sí. Me encantaba ir con mi padre por esos campos en bici, una gozada. De vez en cuando veías un rebaño de cabras o a un señor en caballo que se dignaba a saludarte. Era otro mundo. Si alguien ha vivido eso podrá decirme si recuerda haber visto al señor en caballo con casco. ¿A que no? Y que yo recuerde ni mi padre ni yo llevábamos casco para circular a 10 Km/h por esos magníficos campos con nuestros biciclos desmotorizados. ¿Realmente es necesario? Yo me niego a ponerme un casco con forma de pepino metálico para dar una vuelta con la bici por los alrededores de mi casa. Oigan, que si quiero matarme en el asfalto (porque ya no quedan caminos de tierra, ni olivos, ni almendros, ni huertos ni señores amables en caballo, por desgracia) es cosa mía y sólo mía. Si yo no quiero hacer responsable a nadie de que yo no lleve casco. La cultura de la protección de los países del primer mundo está muy bien. Creo que se la inventó un listo con gafas que se dio cuenta de que esos países estaban envejeciendo y no nacían muchos niños. Seguramente se le ocurrió la magnífica idea de que si encerraba a toda la población adulta entre algodones las bajas por mortalidad se reducirían drásticamente y todos contentos... pues yo no, mire usted por dónde me da dentera el algodón, prefiero notar el viento en la cabeza al salir en bici, gracias. Pero no, la cosa no es tan sencilla. Si la guardia civil te detiene o la patrulla de turno de la policía local de tu pueblo ha tenido un mal día por no haber llegado a tiempo al reparto matinal de dónuts glaseados se abre todo un universo de posibilidades de fantasía y ensueño: además del casco reglamentario y homologado debes estar equipado con bandas reflectantes en las ruedas (2 por rueda para ser preciso), luces delanteras, reflectante trasero y, en el caso que se circule después de una hora antes del ocaso, por si acaso, un chaleco también reflectante (todo, absolutamente todo, bien reglamentado y homologado, que no se os olvide). Que no lo llevas: sanción por falta de precaución. Te dan ganas de decirle al agente: mire, que ya si eso me requisan la bici, me ingresan en prisión preventiva por malhechor de la humanidad y ya, cuando esté a punto de cumplir la cadena perpetua rebajada a 30 años por buen comportamiento, si usted quiere, señor/-a agente, ya me compro un tanque para que no me pase nada al salir de casa... pero si salgo una hora antes del ocaso me meto un tubo de neón fluorescente por el culo para que pueda ser fácilmente detectado por un vehículo que se aproxime por detrás (que es por donde le van a dar a usted como me ponga una multa por tener las ruedas un poco flojas de aire, pedazo de melón).
       
      Que no, que no me da la gana ir con casco por fuera de mi casa, si me matan que me maten, uno menos, si somos más de seis mil millones, qué más da uno menos o uno más. Y por la noche cuando salgo a pasear por el poco campo que queda a las afueras de las ciudades no me sale del alma vestirme como Pumuki o como una drag queen en fallas. Los chalecos para cuando salgo de pesca y para las bodas, y a veces ni eso. ¿Pero qué se creen, que cuando paseo de noche me pongo en mitad de la carretera y cuando veo a un coche me quedo en plan mimo en medio del asfalto? ¿Pero es que son ustedes aneuronales o qué? Cuando paseo por la calle procuro ir por fuera del arcén, repito, no por el arcén, sino por fuera. Considero que hay un amplio margen de seguridad y si eso no es suficiente no creo que un chaleco del color de la madre de ET vaya a salvarme la vida. La cultura de la protección del ciudadano no sólo asfixia al propio ciudadano, lo que es peor, considera al ciudadano un lerdo descerebrado que no sabe obrar con sentido común. Parece el sueño de un malvado catedrático de derecho que pretende estipular y normativizar todo el comportamiento de los seres vivos inteligentes. Si algo no está estipulado en las leyes no puede usted hacerlo. Me niego, me declaro en rebeldía absoluta. Quizá tenía razón aquella amiga mía hippie en decirme que yo era un alma antisistema. Pues si he de serlo bienvenido sea, me niego a que aplasten mis libertades y vicios inofensivos más básicos, como el notarme el viento entre el pelo cuando salgo con mi mountain bike. ¿Por qué los políticos y letrados tratan tan obcecadamente de salvaguardar contra su propia voluntad a los contribuyentes? Si ellos van a cobrar lo mismo.
       
      Es como la evolución del cinturón de seguridad. Antes sólo el conductor y el copiloto estaban obligados a llevarlos, ahora son todos los pasajeros. Antes no había air-bag, ahora va a ser obligatorio en todos los asientos y laterales de un vehículo. Me parece muy bien que traten de velar por nuestra seguridad, pero no se pasen, por amor del dios que ustedes quieran. En vez de tanto dispositivo sacaeuros (que eso es lo que son al fin y a la postre: como los famosos dos triangulitos homologados para el coche y el chaleco amarillo) dediquen sus esfuerzos en una mejor educación vial, en enseñar desde pequeños aquello que no nos daban en las escuelas y nos tenían que contar la rana Gustavo, Coco y el Monstruo de las Galletas. Enseñen educación vial en las escuelas y dejen de obsesionarse por la seguridad, que el ser humano es capaz de cuidarse perfectamente él solito sin necesidad de artificios que son las leyes y los cascos para triciclos de bebés. Enséñenle a esa madre que no debe llevar a su hijo a una concentración de más de medio millón de personas bajo un sol sofocante y alborotos. A lo mejor, con algo de suerte, de esta forma no hacen falta ni autoescuelas que te cobren un pastón por enseñarte que es una infracción aparcar en un carril bici.
       
      Cambio de tercio: quiero tener una vida que sea mía. Quiero una casa, un horario, unas obligaciones, un jardín, un perro, una lavadora que poner, una mesa con comida que preparar de dos a cuatro veces al día, una cama que hacer todas las mañanas y que deshacer todas las noches, quiero ir al supermercado más cutre de la ciudad a hacer la compra para llenar mi (sí, he dicho “mi”) despensa. Quiero tener en la nevera la comida que a mí me guste y alguna exquisitez para mis invitados. Con 23 años nadie debería vivir con sus padres. Yo a mi familia la quiero mucho, en muchos aspectos es el arquetipo que me he formado de familia modelo, en resumen mi familia “mola mazo”. Pero en estos momentos mi casa no es mi casa, es la casa de mi familia, y mi vida no es mía sino compartida. Mi intimidad es un sueño que no se sostiene ni con escayola y hormigón armado. Estoy hartísimo de escuchar frases como “¿dónde vas?”, “¿con quién sales?”, “¿vas a tardar mucho en llegar?”, “¿has cenado, te hago algo?”. Son las típicas frases que se contestan con lo que sigue respectivamente: “Me voy a hacer la mili mamá”, “salgo con Tarzán que se ha hecho gay y lo conocí en la Ostra Azul anoche mientras nos hacíamos unos tripis”, “llegaré temprano, a eso del desayuno, o mejor, no vendré”, “sí, he cenado seis veces pero como he echado siete polvos tengo que repostar así que hazme cochinillo al horno, poco hecho, con salsa barbacoa y patatas de luxe grandes, bebida también grande, gracias mamá... no tendrás condones, ¿verdad? es que se me han acabado”, sólo por poner ejemplos de lo que se me pasa por la cabeza decirle a veces.

      Tengo muchísimas ganas de tener un cuarto que sea un lugar santo, donde no tenga que pedir permiso o dar explicaciones o soportar miradas furtivas e inquisidoras cuando meto a una chica dentro (aunque sea para jugar al parchís). Quiero poder gritar en mi casa todo cuanto quiera, sean obscenidades, jadeos, palabrotas o la tabla periódica de los elementos químicos con lantánidos y actínidos incluidos. Quiero regar mis macetas y que nadie me critique por la forma en la que he podado los setos o planchado una camisa. Sé cocinar, coser, lavar, comprar, organizar una despensa y/o nevera en condiciones, sé respirar por mí mismo y desde que cumplí un año me sobro y me basto para hacer mis necesidades y procurarme un aseo corporal digno y aséptico. Es más: sé hacer todo eso por mí mismo y si fuese necesario para alguien que no sea yo. Y a todo esto añado un amasijo de virtudes que no acaban de despuntar por falta de tiempo y espacio (quién tuviera una singularidad cuántica para alterar el mundo a su antojo). Entre tales virtudes destaco (ya que hoy nadie me ha echado un piropo) las de gustarme el buen cine, dar masajes, salir de excursión a la naturaleza, tener conocimientos básicos de medicina y primeros auxilios, escribir, dibujar, pintar, modelar arcilla, construir hormigueros, diseñar jardines, salir por la noche, hacer deporte, ir a nadar a la playa, mirar las estrellas con admiración, descubrir cada mañana un amanecer nuevo, adquirir animalillos sin techo, leer como un ninfómano de la palabra escrita, quedar con mis amigos cuando puedo, emborracharme (con límites) también cuando puedo y sobre todo cuando debo, nunca solo, siempre por una buena causa, y la más importante de todas mis virtudes: quejarme, pero ojo, poniendo soluciones a lo que puedo. Y en este punto es donde puedo decir aquello de puedo prometer y prometo, poniendo a Dios por testigo, que no ha de pasar más de año y medio tras que me licencie y encuentre un trabajo digno para encontrar casa propia y trasladarme. Necesito desarrollarme como persona individual, siempre he estado rodeado de gente: familia, novia... es la necesidad la que me empuja a querer tener un espacio propio, privado de verdad, mío por muy egoísta que suene. No es egoísmo, es un peldaño de mi vida. Sin él no podré nunca tener algo más grande que a mí mismo para compartir con nadie. Y ese es mi siguiente propósito: encontrar a alguien con mis mismas inquietudes con quien pueda compartir ese espacio, esa vida.
       
      Pensaba quejarme un poco más con cosas como la “pegajosidad” de las parejitas en primavera cuando uno no tiene parejita, cuando uno la tiene es maravillosos todo, el cielo es más azul, el agua más cristalina por cloro que contenga en cantidades industriales, las flores huelen mejor aunque sean de plástico y la vida es más mejor en general, por supuesto... puaj, asco, caca. Pues no, no voy a quejarme ni de eso ni de la contaminación, ni de mi gran falta de tiempo para hacer cosas que me gusten, cosa que por otra parte es culpa mía por comprometerme en demasiadas cosas, sino que voy a empezar en este momento a ponerle remedio a pequeñas cosillas que se me iban ocurriendo mientras escribía. Os dije que escribir las cosas de las que estás harto no asegura encontrarles solución pero clarifica mucho las ideas y las vías de actuación. Yo me he trazado un plan a tres años en tres etapas que inicié la semana pasada. No es infalible, pero asienta las bases de lo que quiero y lo importante es tener claro lo que se quiere. También me he propuesto tener un hijo siendo yo joven para poder llevarlo de viaje por medio mundo y no sé si lo conseguiré, pero es un propósito bueno, y eso es lo importante, luchar por los sueños más intensos que tenemos y no cansarnos, en todo caso aburrirnos y, llegados a ese punto, quejarnos, dar una coz a la mesa y ponerle remedio a las cosas que no nos gustan y que pensamos que están mal.
       
      Lo importante, si queréis sacar algo en claro de toda esta parrafada, es seguir adelante con nuestros ideales y cuando vemos algo mal, algo que a nosotros nos parece mal, no echar la vista a un lado, no lavarse las manos y desentenderse del asunto. Ante las injusticias, antes los tocanarices no hay que callarse, hay que luchar, luchar y luchar, no con espadas (que por cierto ¿dónde está la mía? Aún no me la han traído), hay que luchar con la palabra y la razón, con la ciencia que lo cambia todo y la magia que da ilusión a todo cuanto hacemos en la vida cotidiana.
       
      Hay que seguir adelante y si te caes no hay razón para no volver a levantarse, aunque sea maldiciendo y blasfemando, la cuestión es volver a ponerse en pie. Ánimo pues, manos a la obra.